Matrimonio fallido

José me propuso matrimonio el día de mi cumpleaños. Fue algo lindo, en La Antigua, con luna llena en un sitio lleno de velas y pétalos de rosas regados en el piso del patio y de fondo el edificio de aquella iglesia en ruinas, todo montado especialmente para mí. Fue como un cuento de hadas hecho realidad. Y por supuesto que dije que sí. Desde que salí de casa ese día, sabía que eso iba a suceder. Mi familia ya lo sabía, mis hermanos bromeaban y a mis amigas les daba envidia. El problema vino después que nos comprometimos, pues nunca fijamos una fecha para casarnos. El me prometió la felicidad eterna y yo me entregue en cuerpo y alma. Pero el tiempo pasó y por diversos motivos nuestro matrimonio no se concretaba. Primero fue la muerte de su madre. Luego algunos problemas financieros, después mi obsesión por vivir en casa propia y no de arrimada en casa de sus padres, cuando ninguno de los dos ganaba lo suficiente para poder tener la casa acorde a los gustos de cada quién, así que todo se fue posponiendo. En fin, así pasaron dos años y nuestra boda se fue diluyendo, o más bien nuestro encanto. Discutíamos mucho, pasamos de ser una pareja de novios enamorados, a ser una pareja viviendo un compromiso que nunca se concretaba. El sexo de antes era rebelde, desenfadado, sin apuros, gozando cada quién con entera sincronía. El sexo del compromiso fue con prisa, pensando en la vida futura y sin las ganas del pasado, así transcurrían los días.  Hasta que cuando por fin fijamos la fecha, después de muchas presiones de ambas familias, yo no estaba tan segura de querer dar el paso. Trataba de convencerme que era lo mejor, que ya no había marcha atrás. A una semana de la boda me entró el pánico y me puse a pensar en muchas cosas. Se lo conté a una amiga y su consejo fue que tuviera una relación extra, para hacer comparaciones. Pero no era eso, en realidad, lo que quería. Después comencé a pensar en nuestra relación en la cama, el sexo que había tenido con él era bueno, pero no tenía parámetro de comparación. Nuestra relación estaba bien, pero se había convertido en rutina. Al principio, la emoción de descubrir lo prohibido, el estar locamente enamorada, etc, etc, te daba la impresión de que el sexo se pondría mejor con el tiempo, pero no era así. Entonces sucedió algo que me puso en más dudas. Mis amigas me prepararon una noche loca para la despedida de soltera. Me advirtieron que habría de todo y eso implicaba de todo. Así que por la tarde estaba completamente alcoholizada. Desinhibida por completo, con el único freno de mi hermanita, comencé a disfrutar el ambiente de la fiesta de despedida. Antes de las 6 llegaron 4 chicos a bailar. Todo iba bien, pero a eso de las 8 recibí las primeras fotos de mi novio, no se quién me las envió, lo cierto es que estaba en una casa de putas disfrutando con sus amigos la enésima despedida de soltera que le hacían, el introducía billetes de 50 entre la tanguita de una chica. Media hora después otro video entro al teléfono de mi mejor amiga, donde mi novio besaba a la prostituta. Me dio asco. Después otro video en donde tres chicas vestidas como enfermera, colegiala y otra de ama de casa le están bailando, mientras el observa con asombro y casi babeando a la chica con quién se había besado antes. En serio que me dio una cólera horrible. Asco, celos, enojo, frustración. Nunca antes me había visto de esa manera el hombre con quién me iba a casar en un par de días, que se supone que uno haga en esos casos. Se supone que después se fueron a la cama. Así que pensé en cogerme a todos los strepear que animaban mí fiesta, pero todos estaban tan feos, que me dio pena ajena y no me provocaron ningún deseo. Trate, en serio, pero no se me dio. Ahí comprobé que no podría ser prostituta, pues no me podría acostar con cualquier hombre, así por así, tendría que gustarme, seducirme, en fin, hacerme sentir especial y por, sobre todo, que él, fuera mi tipo. Pues todo eso sucedió rápido. Un día antes de la boda conocí de casualidad a un chico, de Puerto Barrios, que me sedujo, me indujo y me llevo a la cama. Esto no sucedió ese día, fue después. Al matrimonio llegue fiel, intacta y con ganas de que las cosas fueran diferentes. Pero existió un punto de quiebre en nuestras vidas y eso nunca fue reversible. Nos casamos. Debo reconocer que no le pude dar lo que me pidió y ella se lo dio. Así fue, o así creé su hermano que fue. Lo cierto es que él se enamoró de la puta. No viven juntos por el qué dirán. Pero la saco del prostíbulo donde trabajaba y le paga el alquiler de un apartamento. Eso sucedió casi de inmediato de nuestro matrimonio. Yo intuí desde el momento en que la vio de esa manera. Lo comencé a sospechar pocos meses después de nuestra boda, que pasaba sin tocarme por las noches. Y lo comprobé, cuando lo encaré y me confeso que todo lo que pensaba estaba pasando. No me dio cólera, ni rencor, ni mucho menos rabia. Acordamos seguir con la relación, así como estábamos, porque teníamos la hipoteca de la casa en conjunto. Y también por nuestras familias. Pero el estaba más que loco por la prostituta. Lo mío en cambio fue más lento. Con el chico que les cuento, me emocione de a poco y con forme el tiempo paso me enamore locamente. Le conté mi situación y pues, acepto las cosas como eran. Sus tiernas y finas manos son una delicia cuando acariciaba mi cuerpo y me provocaba los espasmos mas dulces que un orgasmo pueda provocar. Así cuando estaba segura de mis sentimientos y de los suyos, le pedí el divorcio, tome mis cosas y me marche, sin importar la familia y el que dirán. No duramos el año. Toda mi familia y la familia de mi ex, piensan que soy una malagradecida. Incluso mis amigas, lo piensa. Cómo lo podes dejar, me recriminan. Pero no saben la verdad. Y no estoy para contárselas. Cuando estoy en la cama con Ernesto, mi nuevo novio, me acuerdo de la poca cosa de mi ex marido y me doy por satisfecha de haber tomado la decisión correcta.

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