Los martes ni te cases, ni te embarques

Era martes y según dice el dicho, ni te cases de té embarques. Pero yo estaba inquieta. Adrián me había dejado fascinada. Así que como pude obtuve su número de teléfono. Me lo dio un amigo, de una amiga que al final no supo bien por qué me interesaba contactarme con él.

Cuando lo llamé se extrañó. Yo comencé con rodeos, no sabía muy bien que decir, tampoco que iba a pensar. Así que comencé preguntándole cosas, muladas. Pero eso no estaba funcionando. Entonces decidí invitarlo a vernos y tomar café. Hoy es martes, me dijo. Qué importa, conteste. Aún no comienza el mundial, replique.

Entonces me dijo abiertamente, y por qué no vienes a mi apartamento. Yo estaba loca por volver a verlo, pero no así. Solo quiero verlo me dije muchas veces, pero no pensaba en acostarme con él. Le dije que prefería el café, si no podía ese día, otro día sería. Entonces me cito en la sexta avenida, en un café nuevo que acaban de abrir.

Nos juntamos y platicamos de muchas cosas, hasta que nos cerraron el local. Le dije que me iría en taxi, que me esperaba mientras llegaba el uber, pero el insistía en que me quedara con él en el apartamento. No quiero, le dije al final. Mejor nos vemos otro día.

Cuando llego el auto, me dio un beso de despedida y eso me prendió de nuevo. Pero pasaron dos semanas y él nunca llamo. De nuevo fui yo la que tome la iniciativa y lo llame, ahora el miércoles. Hola, me dijo muy a secas. Entonces al ver que no le emocionaba mi llamada me arriesgué y le dije que me invitará a su apartamento. Sabes, ando por aquí y puedo pasar a conocerlo, sentencie.

Cuando me abrió la puerta, comenzamos a conversar animadamente, con antes. Como dos buenos amigos. Yo siempre llevaba esa mirada apasionada, pero él no estaba seguro de mis intenciones. Así que de nuevo tome la iniciativa. El primer contacto físico lo propicie. También los primeros besos. Entonces empezó a quitarme la ropa. Poco a poco fue descubriendo mi cuerpo y poco a poco se fue apasionando.

Entonces amanecí con él. Me quede esa noche y dos noches más, hasta que me pidió que me fuera. Lo dejé con mucha desazón. Su actitud no me había gustado. Pero quizás tenía razón. Había que regresar a mi casa y hacer lo que siempre hago.

La semana transcurrió en calma. El viernes me llamo y la sorprendida fui yo. Me invitaba a su apartamento, pero rechace la invitación. Entonces insistió con el café. Está bien, dije, espérame a las 7, donde siempre.

Esa noche estaba caprichosa. Le dije que me llevara a su apartamento y que me hiciera el amor, si eso deseaba. Así lo hizo. Estuve ahí hasta las dos de la mañana.

Llamé al taxi y me despedí. El insistió de quedarme, pero me negué. Esto es lo último, le dije. Esta aventura termina aquí, y quedará en el recuerdo de buenos momentos. Nada más. Adiós.

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