Los jueves

Su olor me volvía loca. Su cercanía me perturbaba completamente. Su mirada nublaba mis sentidos y me hacía perder el control.
Era ajeno, pero ilícitamente era mío. El lo sabía, su mujer lo sospechaba.
Entre mis piernas encontraba el paraíso, y mis gemidos eran el preludio de los orgasmos más intensos que jamás un hombre me había provocado. Y él, en ese sentido era fiel a mis ansias.
Cada jueves, lo disfrutaba, dejado un vacío profundo el resto de la semana.

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