Los hombres raros de mi vida

I

Antes de salir del colegio nos hicimos novios. Él era bastante apagado. No era tímido, pero si introvertido. No tenía alegría en su vida. Era el típico chico a quién todos le hacen bulling. Aún así acepto que fuéramos novios, más por mi insistencia que por gana. Pero en la cama se transformaba. Me desnudaba con ternura y lujuria simultáneamente. Se tomaba su tiempo y me tocaba con fina pulcritud, hasta el grado de entregarse a mi deseo. Con el aprendí que el amor y el sexo se disfrutan mejor juntos. A veces lo quería tanto, que me perdía en los laberintos de una vida sin futuro. Pero otras veces sentía tanta pasión, que le marcaba en todo su cuerpo mis caricias. Todo termino cuando ni la pasión, ni el amor, pudieron con el tiempo.

III

Javier. Un tipo guapo y coqueto. Le gustaba llevar barba de tres días. Sus pantalones de lona siempre los usaba ajustados, y su pene era tan grande y grueso, que se notaba bastante. Le gustaba usar saco y vestía siempre deportivo pero elegante. Un chico metro sexual que se cuidaba su cuerpo sin maldad. Pero cuando salíamos con mis amigas, le pedía de favor que usara otros pantalones. El bobo sonreía, pero no me complacía. Y aquellas amigas mías lo desnudaban con la mirada y de vez en cuando me preguntaban por el tamaño de su pene. Yo presumía, él lo sabía. Y siempre me dijo que de ellas no me tenía que preocupar. Tan sabio, que no le hice caso. Hasta que un día lo encontré con mi mejor amigo. De quién nunca sospeche nada.

III

Lo conocí de casualidad. Era el menor de una familia numerosa, pero actuaba con tanta responsabilidad que al principio pensé que era el padre, cuando en realidad era el tío bondadoso que recogía a sus sobrinos del colegio. Yo era maestra de uno de ellos. Por la tarde, jugaba baloncesto y de noche salía a fumar, frente a mi casa. Fue así como una de esa noche llegué y le pedí un cigarro. Así nació nuestro amor. Entre el humo de las noches y la neblina de las madrugadas. Con aprendí a leer buenos libros y apreciar el cine independiente. El aprendió la bondad por mi culpa. Nos casamos después de año y medio de desvelos haciendo el amor en mi cuarto. Lo hicimos pensando que una noche mi padres nos había escuchado, debido a los gritos que me provocaba. En fin, era el amor perfecto, el hombre deseado y el final que prefería evitar. Después de dos años, se apareció en casa y me dijo: Pam quiero el divorcio. Ahí supe que había otra mujer que poco a poco lo había apartado de aquella luna que tanto mirábamos.

Te gusta? Comparte

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *