Los besos traicioneros

Hubo un momento en la fiesta, mientras estábamos las dos retocándonos el maquillaje, en que de repente sentí que algo estaba mal: ambas nos estábamos arreglando para el mismo hombre. Después me miró y me preguntó: “¿Te importa si beso a tu novio?” Se me retorcieron las tripas y no podía mirar, pero tenía que hacerlo. Es como si estuviera teniendo una experiencia extracorporal. No creo, dije balbuceando. No, quieres o piensas que tu novio no lo va disfrutar, me contesto. Por qué no, dije tajante. Ni quiero que lo beses, ni pienso que lo disfrutará, agregue.

Pero ella insistió. Sabes, somos amigas y nos conocemos. Sabes que ese hombre me lo robaste, me reclamo, ahora solo te pido que me permitas besarlo. Y justo cuando regresamos a la mesa, se soltó y se lo dijo todo. Él también parecía sentirse incómodo sin saber muy bien que pasaba. Vamos BB, le dije, llévame a bailar antes que esa zorra te violé.

Pero el morbo de todo ese episodio carcomió la conciencia de mi novio. Después me confeso que efectivamente él iba por mi amiga y yo me interpuse entre los dos. Me sentí mal, pero ya no había que discutir por eso, tú me elegiste, le dije y ahora estás conmigo. Pero el argumento contrario resulto siendo más fuerte. No puedes elegirla, pues aún no me has probado, dame un beso y comprueba quién lo hace mejor, y después elige, dijo mi amiga.

Y entonces dijo que podía probar y claro que me quede sin novio. Ahí mismo lo deje, no por orgullo, ni porque me sentía mal por esa infidelidad, ni por mi amiga. Fue por algo más concreto. Yo sabía que no podía besar como mi amiga, y qué me ganará por un pinche beso. Además, detesto los besos. Quédate con él, le dije. Y entonces los vi besar y supe que había hecho bien.

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