Llámame un taxi, por favor

Eran las dos de la tarde y el calor y el tráfico del sábado me sacaron de onda. Iba por la Avenida Elena con mi amiga Elena y la cola de vehículos para tomar el periférico avanzaba a paso de tortuga. Sin pensar le dije que tomara la calle paralela para salir por el puente de la colonia Bran. Pero el tráfico era similar.

No sé si fue premeditado o casual, pero al estar ahí sentí una motivación grande para bajarme de aquel infierno y buscar a Steve, que vive en esa colonia. Sabes, Elena, creo que me voy a quedar aquí, le dije. Voy a visitar a Steve. Ella me observo incrédula. No dijo nada y solo se encogió de hombros. No soporto perder horas en el tráfico, con este calor, le dije enojada antes de bajar del carro un poco para justificar mi actitud.

Steve no me esperaba. Yo tampoco tenía planificado llegar ese día. Más bien, nunca se me hubiera pasado por la mente llegar así, después de tantos rechazos de mi parte, si no fuera por esas cosas que suceden en una ciudad tomada por los vehículos.

Los guardias de la garita me vieron de pies a cabeza cuando me presente en la puerta de entrada con mis yinas rojas y mi vestido azul, a pie y sin más que unos lentos oscuros que cubría mi resaca. Esa dirección está a dos cuadras a la derecha dijo un jovencito, con un arma colgando, después de ver mi cuerpo de pies a cabeza y desnudarme en su mente miles de veces.

Cuando toque el timbre sentí ganas de correr y esconderme entre los árboles del frente, pero ya no daba a tiempo a nada. De inmediato la puerta se abrió y Steve salió con una playera blanca, su pantaloneta de cholo y descalzo. Su cara de asombro lo decía todo. Después de tres meses de insistir noche y día para que llegue a su apartamento, ahí me tenía, un sábado, con un calor inclemente y una ciudad desesperante.

Hola le dije, no tienes compañía?, pregunte, antes de entrar. Puedo. El se sonrío y me abrió la puerta con picardía. Camine el pasillo del patio a su sala muy despacio observando por el espejo como miraba mi trasero. El sol y el calor delataban que no llevaba más que eso y mi tanga puesta. Quieres tomar algo, dijo y de inmediato le conteste que quería una cerveza bien fría. Al abrir con sus dientes esa botella, mis ganas saltaron por los aires y el calor que inundo mi cuerpo ya no era por el clima, sino por mis ganas.

Me tiro en su cama, aún con la ropa puesta sus manos encontraron mi vagina mojada de sudor y ganas. Su lengua hizo espacio entre mis labios y los suyos y el hilo se incrustó en mi parte trasera para soportar esa explosión de creatividad que me hacia gemir por tanta subsunción. Ya no había mas excusas. Después de tres meses chateando morbosidades, por fin abría mis piernas para que tomara mi cuerpo y lo transportará más allá de sus propios pensamientos. Y lo bueno fue que cumplió cada una de sus palabras. Estaba completa, relajada y satisfecha. El trafico ahora era una anécdota más.

Lo malo fue cuando todo termino. Nos metimos al baño a refrescarnos más y ya desnudos, con el jabón en el cuerpo me dijo que saldría en un momento, pues su novia pasaría por él y no quería que estuviera ahí. No te preocupes, le dije, solo llámame un taxi, no quiero irme a pie, replique.

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