La suerte de la bonita

Descubrí que mi novio me estaba engañando. Me era infiel de la peor manera: saliendo una chica que me caía mal, aunque nunca la había tratado, quién por cierto es muy guapa, estudiante de la Universidad Landivar, quizás cinco años menor que yo.  Así que la invité a que fuera con nosotros a una fiesta, donde sabía que todo podía degenerar. Creo que intentaba desesperadamente ejercer algún tipo de control sobre la situación, pero al final no lo logre.

Estábamos en un salón enorme, en medio de mucha gente y nos agasajaban con champán. Yo llevaba un vestido negro, muy chulo que había usado dos o tres veces. Ella llevaba unos zapatos de charol baratos y un vestido azul simple, pero tenía un aspecto radiante, muy sexy y un rostro increíble que rompía con los moldes.

Entra tanta gente compartimos mesa. Mi novio me acompañaba y ella iba con otra amiga. Platicamos de todo, ella y yo, nada más. Pero al medio de la recepción ambas decidimos ir al baño, a retocarnos el maquillaje. Ahí me sentí mal. Ella me miró y me pregunto: Tu novio me gusta mucho, te importaría se le pido un beso.

No podía creer lo que me estaba pidiendo. Tan bien que me había caído, su agradable compañía era lo mejor de la noche y ahora me sale con esto, dije. Entonces sonreí y le pregunté si lo decía en serio. Ella me vio, con desprecio o quizás con algo de compasión, lo cierto es que salimos de inmediato, yo sin responder, ella sin hablar. Ya en la mesa le dijo a mi novio lo que me había propuesto.

Yo me les quede viendo y le dije que no iba aceptar, como diciendo que no tenía mi permiso. Cuando ella se lo pidió, él parecía sentirse incómodo y eso me reconforto.

Pero al final, no solo se lo dio, también se acostó con ella. La incomodidad no era por el beso, sino porque estaba ahí, en aquella fiesta. Qué mierda, me dije. Pero ella es muy bonita, me contesto.

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