La rutina

Un día conocí a un tipo que me detuvo la vida. Por pura casualidad, nos vimos en el ascensor e intercambiamos miradas, luego nos encontramos en el lobby del edificio y le sonreí. Cuando me abordo, no supe que contestar.

Con el correr de los días, nuestros encuentros se hacían más frecuentes y terminamos saliendo a tomar café. Mis amigas, intrigadas, me preguntaban por él. Todas coincidían en lo guapo que es.

De pronto deje de saber de él. Ni mensajes, ni visto, ni oído. Nadie me daba razón. Desaparecido, le puse en un mensaje para saber si le había pasado algo.

Al cabo de dos días me devolvió dicho mensaje. Estoy de viaje, escribió. ¡Ah, exclame de alivio! Qué rico, dónde andas, le conteste. Al final de la conversación me puso. “Regreso el jueves por la tarde. ¿Puedes recogerme en el aeropuerto?

Tonta que soy, su gesto me ilusiono. Desde el principio sentí una atracción fuera de lo normal por él. Así qué no podía creer que me pidiera eso. Yo con gusto lo haría. Y ahí vino el problema, por el significado que le otorgue a dicho asunto. Cuando lo vi salir, me emocioné más de la cuenta.

Durante el trayecto no hablamos mucho, se notaba cansado por el vieja. En un momento me tomo la mano y me sentí insegura. Cuando llegamos me sorprendió lo cerca que vive del trabajo. A tres cuadras de la oficina. El apartamento es un penthouse con vista a los volcanes y desde ahí también se divisa mi trabajo. El tipo me fascina, que lindo es conmigo, dije para mí.

Le ayude con sus maletas. Entonces, me dio un beso y me dijo gracias. Yo correspondí, agregando un gracias a ti. Así que no hubo intermediación, fue así como paso. Sus manos me tocaron el cuello, antes de darme el siguiente beso y eso me provoco unos escalofríos notorios. Me desarmo completamente y desde ese momento estaba dispuesta a jugármela por él.

Cuando entramos a su casa, mi cuerpo se estremeció. Qué hago aquí, pensé. Pero también me dije, ya estoy aquí, ojalá que pase algo. En concreto, no tenía control de mí. Quería experimentar esas sensaciones, era obvio que el tipo me movía el piso. En ese momento mi mente era un torbellino de pasiones por las expectativas que tenía. Y lo peor, él se dio cuenta y tomo control de toda la situación.

Me ofreció algo de tomar. Cuando me dio el vaso, con alguna bebida embriagante, saco con sus dedos un cubo de hielo y me lo paso varias veces por los labios. Yo me quede quieta sintiendo esas agradable sensación. Después sus labios entibiaron los mios. Ese cubo de hielo goteaba agua fría por mi cuerpo y mis pesones se pusieron duros. Sus manos reacionaron, como queriendo aliviar la situación.

Fueron instantes agradables. Poco a poco mi cuerpo se encendía. Cuando me descubrió los pechos y sus labios posaron sobre mi pezón, deje ir un gemido, tímido y poco sonoro, pero era el preludio de que estaba lista para todo.

Ahí comprobé que era un experto seductor y un excelente amante. Tomo su tiempo, dejo que me excitará, que mis deseos fueran creciendo, impidiendo que pudiera desnudarlo yo primero. Y cuando sentí, estaba tirada en la cama de aquel lindo apartamento, desnuda, con las piernas arriba, esperando que él me diera la bienvenida a su mundo de erotismo y placer.

Quizás lo tenía planificado así, pero yo no. Me sorprendí por la facilitad de tener sexo esa tarde, y no me arrepentí para nada de tomar al vuelo mis impulsos.

Cuando después de alcanzar el órgano, por fin se decidió penetrarme, yo ya estaba rendida a sus deseos y solo aseguro mi permanencia y sumisión a sus gustos. Nunca fue violento, ni por asomo egoísta. Cuando digo sumisión, me refiero a lo dispuesta que estaba a experimentar mi sexualidad con aquel desconocido que hacía solo unos meses atrás me atrajo en el elevador del trabajo.

Así comenzamos una relación extraña de año y medio más o menos. Digo extraña porque nunca supe que éramos. Amigos con derechos nunca lo fuimos. Pues los amigos se comunican, comparten cosas y se tienen confianza. Nosotros casi nunca hablamos de cosas de nuestras vidas, nos vemos para experimentar el sexo más placentero que jamás alguien me haya dado. El me espera, porque dice que mi cuerpo maravilloso lo llena de placer y le satisface al máximo. Esas fueron las intenciones expuestas sin ambigüedades que ambos aceptamos. Nos juntamos para tener relaciones, me dijo en una ocasión y yo también lo veía así.

En la segunda ocasión que tuvimos relaciones, por fin yo fui la protagonista y me impresionó el cuerpo tan bien trabajado que tiene. Me lo devore de palmo a palmo. Desde los pies, hasta la cabeza. En mi favor, dijo que había sido el mejor sexo oral que jamás haya experimentado. No soy experta, pero su pene me despertó especial morbo que me esforcé al máximo.

Con el paso del tiempo sentí que surgía en mi un sentimiento. ¿Amor?, quizás, pensé, pero me daba miedo abrirme. Así que fingía que estaba llegando solo por el sexo, que también. El por su parte fingía que yo le interesaba, cuando en realidad solo pensaba en mi cuerpo y no en mis sentimientos.

Sin embargo, esa situación era absorbente. Deje mi vida social, mis tiempos libres, mis amistades, solo quería estar desnuda a su lado y disfrutar esos momentos en que alcanzas las estrellas y los orgasmos que tienes te provocan gritas de alegría y llorar de felicidad.

Todo eso se convirtió en una rutina agradable. De lunes a jueves, a veces el viernes, al salir del trabajo caminaba tres cuadras a su apartamento y él me esperaba para provocarme los orgasmos más sabrosos que jamás haya tenido.

Lo hacíamos dos o tres veces por la tarde y a las ocho de la noche me mandaba de regreso a casa. Nunca dormí ahí. Pero siempre regresaba al otro día dispuesta a disfrutar otro momento.

Cuando regresaba a casa, iba bañada y mi madre pensaba que venia del gym. Pero el ejercicio que hacía era de otro tipo.

El sexo entre nosotros siempre fue su prioridad. El tipo era muy dinámico y sabía cómo tratarme. Tiene una energía increíble y lo hacíamos hasta que ambos quedábamos satisfechos. Yo más que satisfecha.

Cuando él no podía, me enviaba un masajito diciendo: Cariño hoy no podré verte, te vienes mañana. Y al otro día me tenía puntualmente en ese apartamento.

Nunca me exigió nada, pero toda nuestra relación giraba en torno al sexo, el cual disfrutaba tanto que me sentía complacida. Al terminar, no había mucho de qué hablar entre nosotros, pues no compartíamos nada más que la cama.

El me veía vestirme, después de la ducha, a veces me daba un beso tierno de despedida y tomaba el café para verme por la ventana. A veces se metía al baño, mientras yo me marchaba. Otras veces se tumbaba a dormir. Siempre lo deje solo.

Al cabo de un año, precisamente en navidad, me enteré que era casado y que tenía dos lindas hijas. Que ese apartamento era de su padre, pero que usaba regularmente porque quedaba cerca de la oficina.

Fue un balde de agua fría a mi ilusión aún intacta porque algún día lo nuestro no fuera solo sexo. Mi condición cambio. Era la amante. No la amiga con derechos que hablamos al principio.

Siendo un tipo intuitivo, se dio cuenta de mi desilusión. Pero sus besos y sus caricias lo diluían todo fácilmente. Desde el primer beso hasta el adiós, yo deliraba. Sus penetraciones me provocaban orgasmos sonoros y continuados, hasta que logro convertirme en una mujer multiorgásmica.

Cómo puede este hombre, pensé, si me lo hace a diario dos o tres veces, llegar a su casa y complacer a su esposa. Así que le pregunte. Quizás tienen problemas, pensé ilusamente. Quizás ya no duermen juntos. Todo eso paso por mi mente, hasta que me aclaro el asunto.

Lo hacemos todos los días por las mañanas, me dijo, muy serio. A veces también en la noche, ella es muy exigente en ese sentido, agrego, y yo le complazco porque la quiero mucho, dijo en tono afirmativo.

Ahí comprobé que era un tipo obsesionado con el sexo, y eso en su vida era una prioridad. Lo bueno, me dije interiormente, es que nos complace a las dos.

Sin embargo, un día paso algo terrible. Cuando llegue al apartamento me pareció extraño el silencio existente. Cuando entre, no hubo nadie que me recibiera. Pero sabía que estaba ahí, por la música en el cuarto y el cigarro aún con humo de la sala. Así que me desnude completamente, como siempre hacia. Ese día iba con la libido arriba y las ganas a flor de piel. Deseaba ser penetrada por todos lados.

Pero me pareció extraño escuchar unos susurros en el cuarto, pero nunca me imaginé que estuviera con otra. Al entrar, vi como una chica, más joven y bonita le hacía sexo oral con tanta dedicación que él tenía los ojos desorbitados y sus labios aprisionados con sus dientes.

Yo estuve a punto de gritar de sorpresa y rabia, pero me contuve, solo estuve así por unos minutos observando, sin que la chica se diera cuenta de mi presencia, absorta del placer que estaba sintiendo. Me vi reflejada en aquella escena, pues cuantas veces yo había estado en la misma situación.

Cuando se dio cuenta de mi presencia puso una cara de sorprendido, pero no dijo nada, dejo que ella continuará con la felación, es más creo que se sintió a gusto con la situación. Fue una de esas escenas en la cual nunca quieres ser protagonista. Yo parada en la puerta de aquel cuarto viendo cómo se disfrutaban.

Me di la vuelta, me cambié como pude y me fui. Me sentí mal al principio, pero me sentí peor, porque no salió a detenerme y darme una explicación. Después, en casa me preguntaba si realmente merecía una explicación. Si tenía derecho a exigirle una explicación.

Las cosas continuaron como de costumbre. El otro día le mande un mensaje preguntando si podía llegar. Y su respuesta fue un sí a secas. Llegue furiosa, sin saber por qué. Le hice el amor, de todas las formas posibles. Iba con las ganas de quitarme la obsesión por su cuerpo, que lo domine por completo hasta que termino gritando de placer, y quizás de dolor.

Quería acabarlo, para que no tuviera necesidad de buscar otras mujeres. Desde el propio sillón de la sala, pasando por el comedor y hasta llegar a la cama, aproveche todas las oportunidades para dejar por sentado que conmigo tendría todo el placer del mundo. Termino cuatro veces, incluso la última a regañadientes, pero se lo provoque con toda la intensión del caso, aquí me tienes, disfrutame.

Pero esa noche cuando me despedí, sentí que sería la última vez que llegaría. Le había dejado claro que conmigo tendría suficiente placer, pero que no podía ser una más de su larga lista de conquistas. Claro que todo esto no se lo dije, pero albergaba la ilusión de que me iba a buscar después.

Al otro día no llegue ni le avise. Tampoco él me puso mensaje alguno, pero era viernes y no todos los viernes llegaba. Así que había que esperar al lunes, el día que durante este tiempo nunca había dejado de llegar. Falte, por ímpetu, pero al final tenía ganas de estar de nuevo en aquella fantástica rutina.

El martes no pude contenerme y fui. De nuevo me hizo gozar, me dejo sin aliento y lo peor de todo, no dijo nada al respecto.

El miércoles me penetro por atrás, dejándome un agudo dolor y una sensación de pérdida de identidad que me aterro. Lo volvimos hacer así dos o tres veces más y de nuevo la rutina se instaló en mí, como una autómata que regresa a que le den su gasolina para seguir funcionando. El sexo era poderoso y mi cuerpo reclamaba aquel tipo para saciarme.

Pero una semana completa deje de llegar por el trabajo, le avise previamente y nunca tuvo respuesta. La siguiente semana, lunes no llegué y fue hasta el martes que me mandó un mensaje, “qué paso, vas a venir hoy, así te espero”, puso, lo cual me genero ilusión y disgusto al mismo tiempo.

Ilusamente pensé que me necesitaba. Pero su tono no me había gustado. Igual llegué. Iba con la intención de reclamar mi espacio, mi derecho, mi lugar. Pero fue todo lo contrario. Antes de entrar al apartamento, me tomo de espaldas, me aprisiono sobre la pared y me penetro con fuerza. Yo grite, de placer y de dolor. Tanto que termine llorando pidiéndole perdón. Me tiro en el sillón y me volvió a penetrar para quitarme el llanto. Y de nuevo lloré de felicidad y le dije que lo amaba.

No hubo más mensajes y yo me quede sin rutina preestablecida. Hasta que un día, después de cuatro meses lo encontré en el ascensor. Iba con la misma chica, que le hacia la felación. Ya no la vi tan joven, pero era más bonita.

Hola, me dijo cuándo entre al ascensor y antes que respondiera, me presento. Ella esa Karina, mi esposa, dijo. Ella se sonrió me dio la mano y me dijo gusto en conocerte, nos vemos luego, expreso antes de salir del ascensor. El me dio un beso en la mejilla y sentí su despedida.

Yo me quede ahí sin decir nada y sin saber qué hacer. Hasta que el ascensor llego al último nivel y el tipo me pregunto si iba a bajar o a continuar a otro nivel.

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