La explicación rutinaria

En serio, fue la rutina, le digo de forma irrespetuosa y desesperada a Karla, mi cuñada. Eres una puta, Me contesta y con razón, pero igual no me quedo callada. Te equivocas, nunca cobré, le di el culo porqué sí. Eso la enfurece. Llamo a mi novio para contarle mi infidelidad. En serio, no lo quiero perder, es mi razonamiento.

Tengo 23 años y llevo tres años de novia de Andrés. Sus padres y los míos, nos ven casados en un futuro cercano. Soy como de la familia, me dice Karla. Y no estoy pidiendo perdón por lo que hice, creo que lo volvería hacerlo de nuevo. Solo estoy dando una explicación lógica a mi comportamiento.

Mi novio es un hombre adorable, es un tipo sensacional y el sexo con él está bien, es normal, diría. Pero, las cosas no son tan simples.

No soy una chica promiscua. De hecho, con Andrés aprendí lo poco que se sobre el sexo. No era virgen cuando establecimos nuestra relación, pero no tenía ninguna experiencia sobre esos menesteres. Así que con él construí lo poco que he vivido en cuanto a experiencias sexuales.

El asunto es que de pronto llega otra persona y te mueve el piso. Descubres que hay más cosas que aprender y que el asunto no es tan simple como una piensa. Quizás esa sea una desventaja al tener una relación de largo tiempo, con alguien que al final no tiene la pasión suficiente para mantener siempre la llama encendida.

Hace cinco meses conocí a Jorge Ernesto. Un tipo simpático, cinco años mayor, que por azares del destino comenzamos a seguirnos mutuamente en Instagram. El comenzó a coquetear conmigo, pero no le puse atención. Solo me pareció agradable su presencia y por eso lo seguí.

El asunto cambio cuando bailamos salsa.Era viernes y fuimos con las amigas del trabajo a un lugar y de casualidad él está ahí, y bailamos un rato, y sentí algo distinto. Mi novio no baila, pero no hubo problema. Ambos se conocieron.

De repente, un día me invito a tomar café. Daba la casualidad que trabajamos en el mismo edificio. Al principio lo tomé igual y le dije que sí. Un almuerzo, aquí en la cafetería, por qué no. Pero poco a poco las cosas se fueron saliendo de control. Su plática es tan agradable que repetimos casi todos los días de la semana.

El asunto fue que un día en el ascensor, subimos solos y me beso. Fue un beso rico, pero no quería que eso diera lugar a otras cosas, así que solo paso, nada atrevido. Después de dos semanas nos volvimos a encontrar y nos besamos de nuevo. Y al siguiente día yo lo busqué.

Un día bajamos al estacionamiento por su auto y terminamos besándonos y en el auto me manoseo un poco. Debo admitir que me excité muchísimo.

A partir de ahí, empecé a justificar mi actuar. Pero nunca me anime a contar más de él con mi novio. Se podía dar cuenta que de pronto me interesaba ese moreno guapo con quién me había visto platicar un par de veces.

Yo nunca había sido infiel, pero esa noche iba con mi mejor brassier, una falda corta muy linda y unos zapatos sexys. Jorge Ernesto se encargó de quitarme la blusa rosada.

Me hizo el amor tres veces, en distintas posiciones.

A veces fue lento, a veces rápido y otras veces fuerte y consistente. Lo cierto es que logre tener más de cinco orgasmos. Me bañe dos veces y le hice sexo oral, de una forma tan apasionada que hasta yo me extrañe de tanto empeño puesto en aquel hombre.

El dura mucho, así que disfrutaba diversas formas en que me poseía, al grado de termine gritando como loca, sin importarme si me escuchaban en las otras habitaciones, cosa que nunca sucedió con mi novio.

Al regresar Andrés de su viaje, hicimos el amor, pero nada fue igual. No podía dejar de pensar en la espalda de Ernesto, su pene como ingresaba en mi vagina y las formas en que me ponía para lograr una penetración más profunda.

El asunto fue que una noche, su hermana nos vio besándonos en la entrada de mi casa. Y de ahí viene el reclamo. Yo trato de explicar mi comportamiento, pero no es posible. Con razón, mi novio es cabeza dura.

 

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