Historias de codependencia

Había planificado aquella salida con dos semanas de anticipación. La reservación de hotel en Panajachel estaba lista, yo la pague.

El era un tipo interesado, obsesivo y lindo. En otras palabras intentaba contabilizar los pro y los contras que existían en cada momento, pero el impulso por estar con él era obvio.

Digo intentaba, porque ese hombre tenía una magia, que me hacia sucumbir a todo, a pesar que todo estas cosas me dañaban.

Así que desde que lo conocí andaba atolondrada por él.

Pero los aguaceros torrenciales de las últimas semanas podían cancelar todo, como en realidad sucedió.

Yo amaba sus besos y también cuando el me tomaba la mano y caminábamos juntos.

Había pensado en noches mágicas a la orilla de aquel mágico lago.

Pero no se podía. Entonces lo llamé y le dije que llegará a la casa. El controlador me pregunto el motivo y dijo que llegaría el sábado entre las ocho y nueve de la mañana.

Llego faltando media hora para las seis del domingo.

Yo estaba ansiosa esperándolo. Al principio me sentí divertida y enamorada. Después, con el paso de las horas, decepcionada. Y luego enojada.

Cuando llego yo estaba acostada en el sillón, en pantaloneta, enojada. ¿por qué no te has vestido, cosita?” me reclamó, siempre amoroso y dulce, pero con ojos de loco.

No importa dijo, antes de saber el motivo. Te prefiero así desnudita.

Esas melosidades eran las que me mantenía siempre serena, calmada, aguda e insoportablemente ardiente.

Él amaba esas cualidades, pues siempre estaba dispuesta a complacer todo. Cuando me enojaba, entonces me besaba con mordidas dolorosas y en esos momentos todos los rosales cercanos se llenaban de espinas y yo disfrutaba. Gemía, poco a poco, dejaba atrás todo enojo y así me manipulaba, hasta que lograba sus propósitos.

En esa ocasión me puso de rodillas y me pidió que le hiciera sexo oral, mientras el tomaba fotos y video con su celular. Deja de hacer eso, le dije o ya no sigo. El me presionó de nuevo sobre su pene y no dijo nada, mientras siguió grabando y yo seguí disfruntando.

Al terminar se fue al baño y me ordeno que me cambiara, vamos a salir, dijo apresurado. “Amorcito, vamos a regresar tarde y sabes que no me gusta estar tarde en la calle”, le dije.

No importa, me contesto, si quieres vienes, si no igual yo voy a salir.

Entonces le dije “Hazme el amor, ven”, porque cuando me hacía el amor brotaba de sus cenizas y me hacia feliz.

Me dio la vuelta y me dio un golpe fuerte en la nalga. En serio que eres una puta, me dijo, antes de penetrarme por atrás.

Cuando termino, me dejo ahí tirada en el sofá. Y se fue.

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