Historia de una relación complicada, parte II

La vez que me puse seria.

Fuimos con Ernesto a casa de una amiga. Los amigos pensaban que éramos novios. En realidad nos comportábamos como tal. Pero Ernesto no era un tipo de acción. Y eso me disgustaba.

Orgullosa, siempre pensé que eran los hombres que deben tomar la iniciativa en todo. Más en esas cuestiones. Pero Ernesto llevaba tiempo coqueteando conmigo, pero nunca me decía nada.

Y yo, no podía estar esperando toda la vida que el se decidiera. Así que mientras tanto coqueteaba con otros amigos. En esa época andaba buscando compañía.

Esa tarde me tomó de la cintura de camino a casa de nuestra amiga y me sentí muy bien.

Ya en casa de ella se porto indiferente. Yo me sentí mal.

Ya por la tarde, caminamos por el jardín y me tomo la mano. Yo sentí extraña esa reacción.

Entonces me dijo que nos fuéramos al otro extremo de la casa,  hacia un cuartito al lado de un árbol. Me sudaban las manos y me las pasé por el pans. Pero acepte. Ernesto en serio me gustaba mucho.

Al entrar de inmediato y sin decir nada se bajó el pantalon. Y ahí estaba con su pene desnudo, sin más creatividad que mostrarme algo que no producía respeto ni morbo.

Un momentito, dije. Qué tú crees.

—Acá nadie nos va a ver —dijo él —. Que no van ver qué cosa, conteste incrédula. En ese momento sentí una punzada en mi pecho y comprobé sus intenciones.

Sus amigos lo convencieron que esa era la mejor forma de que lo nuestro se concretará. Mi amiga se había prestado a todo.

Yo quería un noviazgo, no un acostón.

Antes de irme le reclame Esther, la amiga que haía planificado todo y le dije que nunca más volvía a  esa casa. Donde según yo, me habían tendido una trampa.

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