Hipocrecía celestial

Crecí en una familia moderna, pero creyente. Aún así, todo alrededor me parecía bastante conservador y falso. Mi apariencia estaba dentro de los cánones de la decencia y las buenas costumbres de una niña bien, con un comportamiento ejemplar. Por eso, estudiar en una universidad privada, con tendencia evangélica  le proporcionaba la certeza a mis padres, que mis pasos en la vida, se conducían por el sendero correcto.

Mis padres eran creyentes, especialmente mi madre, pero nunca me obligaron asistir los fines de semana a la iglesia, pues ellos tampoco asistían regularmente a los servicios, pero se ponían felices cuando decidía ir a los campamentos juveniles y otro tipo de actividades relacionadas con los jóvenes. Mi madre pensaba que ahí encontraría alguien que me haría feliz. Yo me debatía entre asistir con ese propósito, y hacer otras cosas. Pero mi mundo se había construido sobre esas bases y convivir con otros chicos que llegan buscando con quién ligar, era la excusa perfecta para buscar la salvación.

Pero los demás chicos me parecían divinamente aburridos. Yo quería que la pasión que llevaba adentro, los quemara a ellos también. Y las cosas tenían otro ritmo, más pausado y menos pecaminoso.  Hasta que una tarde, conocí a un joven, bastante guapo y seguro de sí mismo que llevaba una pasión morbosa en su vida, que me atrajo de inmediato. En esas reuniones, las conversaciones giraban en torno a lo espiritual. Pero por las noches, por facebook, se convertían en pláticas lujuriosas, excitantes. Al final, termine acostándome con él y de paso me convertí en su sierva, dado que tenía, según él un don profético que lo llevaría a ser pastor, primero y profeta después. Así que me exigía que le dijera profeta todo el tiempo y en toda circunstancia. Yo asumí el papel de sierva, pensando en lo sexual, pues quería complacerlo en todo, pues tenía su miembro de un tamaño divino.

El problema era que entre su delirio de grandeza y pureza, todo le provocaba culpa y remordimiento. Lo que generaba un problema de comportamiento que repercutía en mi persona. Ahí comenzaron sus temores, sus prohibiciones, sus formas directas de controlarme. Ponte este vestido, quítate esos zapatos, no uses eso que enseñas todo. No hable con esa persona, que se ve mal. En fin, según él a todos seducía y con todos me quería acostar. Pero además de su personalidad posesiva y su carácter fuerte, tenía a su favor, una verba de grandes ligas. Por eso las chicas lo seguían y se le ofrecían. Igual que yo lo había hecho antes. Eso lo ponía en un lugar especial, que al final termino afectando nuestra intimidad. Yo era la puta, el pecado, su desgracia. El debía purificarse cada vez que eyaculaba su hipocresía sobre mi cuerpo y sobre el cuerpo de otra docena de adolescentes a las que les hacía el amor, todo en nombre de divino creador. Hasta que una de las siete chicas con quién cotidianamente tenía a sus disposición quedo embarazada. A nosotras nos suspendieron, por que sospechaban de nuestro comportamiento. A la chica, la escondieron, para evitar el desprestigio de la institución. A él, lo enviaron a predicar al interior, como premio divino.

 

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