Fiestas de navidad

 

Las fiestas de navidad siempre fueron familiares, hasta que cumplí los 20 años que tuve un ligero y placentero quiebre. Me invitaron a una fiesta, el mismo 24 de diciembre. Me acuerdo que mis padres me dieron permiso a regañadientes, con la condición que saliera después de las doce. Era la fiesta de cumpleaños de la Chechu, una compañera que recién había conocido en el colegio el último año y que luego nos convertimos en amigas en la Universidad. Ella había nacido el 24 de diciembre, justo a las once de la noche, según contaba y por eso la celebración era doble. Ese año, también por casualidades de la vida, su familia se había mudado muy cerca de nuestro condominio, a pocas cuadras, así que eso influyo para que mis padres me dieran permiso.

Cuando llegue a casa de mi amiga, las cosas comenzaban a ponerse buenas, según el propio relato de la cumpleañera. Lo primero que hizo fue presentarme a sus padres, a sus primos y algunos amigos. A varios ya conocía, a otros era la primera vez que lo miraba, todos en general eran muy guapos. Así que Marquiño, como le decían al primo futbolista, me llamo la atención de inmediato. Un poche te hace bien para el frio, fue la mejor manera de romper el hielo que encontró. Está bien, le conteste, pero con piquete.

Comenzamos a bailar, en un car port convertido en pista de baile gracias a esos artefactos luminosos que venden en Tvofer. El ruido no molestaba a ningún vecino, pues en el parque de la colonia, el comité de vecinos también había organizado una fiesta para todos. Durante algún tiempo estuvimos jugueteando, con caricias y bailes muy apretaditos, hablando de cosas subidas de tono y coqueteando con descaro, hasta que un besito en el cuello me despertó el morbo. Qué haces, le pregunte, sin reclamo. Un abrazo más fuerte diluyo mis nervios y entonces aprovecho para besarme los labios con bastante tino. En ese momento mi hermano había llegado y me vio corresponder el beso. No dijo nada, pero sabía que en el fondo reprobaba mi comportamiento, no solo por ser el hermano mayor, sino también ser más que celoso.

Así que me contuve, pero le seguí el juego. Mi sensatez me prevenía, mis ganas y el poche con piquete, me lanzaban a los brazos de aquel adorable primo. Así que antes de los tres, nos habíamos quedado solos, bailando en medio de aquella casa. El resto se había ido al parque, a compartir, a beber y a bailar, con el pretexto de dar el abrazo a los vecinos. Cuando eso pasaba, las luces del cielo se iluminaron, con unos petardos lanzados por el comité, que celebraba la navidad. Entonces el primo me sugirió subir al balcón para ver mejor el cielo.

Antes de salir al balcón, me dio un beso rico y comenzaron las caricias en mis pezones. Fue una conexión inmediata. El miedo y las ganas me tenían estática. Sus manos tocaron mis tetas y bajaron hasta mis nalgas. Cada caricia que sentía me provocaba mayor excitación y ya era tarde para parar lo que no quería que se terminará. Entonces sus dedos subieron por mi falda y acariciaron mi entrepierna, ahí supe que mi cuerpo ardía, justo cuando sus dedos se deslizaron entre mi cuerpo y me penetraron. Estalle al unisonó con la celebración de un placer contenido y un deseo desbordado.

Me recostó sobre un sillón que había en la sala de estar, justo al lado del balcón, levanto mis piernas y arranco mi tanga sin contemplación. Ahí pude tocar su pene, erecto y duro, que de inmediato me embistió. Mis entrañas explotaron y mis gemidos se ahogaban entre la multitud de ruidos de la noche, los cohetes y la música. Sus manos sostuvieron mis piernas arriba y el empujaba con más fuerza. Di un suspiro y grité de emoción. En eso la cumpleañera entraba a la casa preguntando algo que nunca pude responder acompañado de varias personas más.

Nos dio tiempo a recobrar la compostura, buscar lo que quedaba de mi tanga y a entrar al baño para disimular un poco. La fiesta regreso a casa y mientras tanto, no me podía creer que en la primera fiesta navideña que paso fuera de casa, me hubiera casi entregado a un tipo que recién conozco. Era una locura.

Al cabo de un tiempo, mi hermano regreso para llevarme a casa. Me despedí de mi amiga y jamás supe que paso con el primo. No pude agradecer por tanta atención, pero iba más que satisfecha pensando que tal vez otro día se podía terminar lo comenzado. En el camino mi hermano me recriminó lo que había visto. Cómo pudiste, me dijo bastante molesto. Por qué me dio la gana, respondí también molesta. Claro él se refería al beso que nos dimos. Yo en cambio, me refería al casi sexo que no se dio.

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