Eyes Wide Shut.

No estoy segura si soñé lo que les voy a relatar, o más bien es el deseo que se apoderó de mi cuerpo un día cualquiera y se concretó en otra vida. A veces pienso que fue inspiración divina o culpa de Kubrick y su Eyes Wide Shut.

Todo comenzó con un vestido azul de una sola pieza que mi amiga Judith me regalo. Me quedaba lindo, porque era muy sexy. También contribuyo que semanas antes hablamos de orgias y desenfrenos, de esas situaciones que a veces necesitas en tu vida.

Un día nos invitaron a una fiesta. Al principio, con Helen, pensamos que era una fiesta swingers, para intercambiar parejas. Pero no tenía nada que ver.

Fuimos de la mano de Judith, quién nos enseño el camino y nos recomendó ciertas cosas. Abiertas a experimentar, con Helen decidimos ver, oír y callar. También disfrutar.

La fiesta era en una finca, que funcionaba como spa para gente con mucho dinero. Pero en esa ocasión estaba reservada para celebrar algo que aún no sabíamos que. La feria del sexo, dijo Helen en son de broma, pero resultado siendo realidad.

En la entrada había cuatro hombres grandes que solicitaban autorización para entrar. Tenía una lista con nombres para verificar. Judith explicó que éramos tres. De inmediato un señor con traje impecable llego a la puerta y ordeno nuestro ingreso. Luego nos recibió otra persona quién nos condujo por un pasillo con plantas, colas y diversos artículos de finca.

De pronto llegamos al final de un pasillo. Un señor finamente vestido nos abre y sonríe. Ustedes son, ahh sí, te reconozco le dice a Judith. Las estamos esperando. Helen y yo entramos tomadas de la mano.

Es un cuarto bastante grande, pero algo oscuro. En el centro una mesa de casino y alrededor 5 hombres y una mujer juegan a las cartas. En el centro, muchas fichas de colores, representan el dinero en juego. La cantidad es grande.

Me llamó la atención la dama que se sentaba en medio de todos aquellos hombres de corbata y traje sastre. Una señora, quizás de 45 años, muy bonita, nada coqueta usando unos finos pendientes y una sonrisa de dentista.

Esta por terminar el juego, nos dice. Al otro lado de la mesa, en un sillón, otra chica platica con una persona que toma algo. Al fondo dos meseros que se esmeran por brindar una atención adecuada para las propinas.

Judith conocedora del juego, le habla a la persona que nos recibió. Ella es la que quiere jugar, guiñándome el ojo. Helen me aprieta con fuerza la mano, ella agrega Judith, quizás se anime después.

El se dirige a mi y me pregunta, sabes de qué se trata el juego. Antes que le responda dice, es un juego erótico, puedes decir que no, si no te gusta o si te parece que van muy rápido, pero aquí además de dinero apuestan sexo, agrega.

Termina el juego y los señores se levanta y se estiran. Algunos beben sus copas llenas de licor, otros nos saludan. El crupier descansa, los meseros limpian todo. La chica del otro lado, se besa con alguien que supongo es su pareja. Todo parece ser displicente.

Vamos a continuar dice alguien. Todos toman sus asientes. Un señor con una chica joven ingresa al cuarto y se ponen de pie alrededor de la mesa.

Entonces me pregunta, quieres apostar, quieres jugar. Pero no tengo dinero, respondo por instinto. Pero tu cuerpo vale igual, dice de inmediato un señor de corbata y puro en mano me toma del brazo y me pregunta si estoy de acuerdo, puedes observar este juego y después te apostamos a ti.

Ante mi indecisión, uno de los señores que jugaban en el otro externo se levanta y me lleva a su lado. Relájate, dijo, eres una chica linda e inteligente. Vamos, juega conmigo. Cómo no había una silla, donde sentarme me sentó en sus piernas. Al principio me sentí incomoda, pero sirvió para tomar confianza. El otro señor le hace la misma proposición a Helen, pero ella no se muestra tan entusiasmada como yo. Igual comparte silla.

De pronto la otra chica, la que platicaba al otro lado, está teniendo sexo con el tipo. Sus sollozos de placer no perturbaron a nadie. De pronto la apuesta se puso alta y no todos soportaron el aluvión de fichas rondando la mesa verde. Que hacemos dijo él, enseñándome las cartas que tengo. Apuesta, dije tuteándolo. Él se sonrió y entendió que había tomado confianza y estaba dispuesta jugar. También sabía que perdería, pero apostaba por mi intuición.

Apuesta tú, dijo, Y extendí mi mano y tomé un puño de fichas y las lance al centro de la mesa. Esto es todo, dijo el crupier. El me felicitó con un beso cariñoso en la mejilla, mientras me sujetaba de la cintura con bastante fuerza y morbo.

Cuando todo concluyo, solo escuche decir al chico que repartía el naipe, se cierran las apuestas. Deben enseñar sus juegos. Ella tiro la mano, conocedora que nadie podía tener mejor juego. Se sonrió nuevamente y recogió las fichas.

Mientras todo eso sucedía, el metió su mano entre mis piernas y comenzó acariciarme. En ese instante mi cuerpo reacciono, la adrenalina se subió por todos lados y mi cara se puso roja, un poco de vergüenza y un poco del nerviosismo.

Cuando el juego termino y la señora volvió a ganar, uno de los participantes dijo que era hora de doblar la apuesta. Con la silla vacía, era mi turno. Te toca jugar, me dijo uno. Helen hablaba con el señor que había entrado recién con otra chica.

Esta bien, dije estoy dispuesta a jugar. El crupier intervino y dijo, te quieren apostar. Tu serias el premio. El quién gane se acuesta contigo. Claro, dije, por qué no.

Estas son las reglas, dijo él. Quién gane el juego, le puede solicitar a la chica lo que quiera y agrego, nena, estas consciente que ellos te pedirán cualquier cosa y tú tienes que acceder. Y a cualquier cosa me refiero a sexo, agrego.

Si, conteste. Pero, no tengo claro que gano yo.

Dinero dijo Judith, aun cuando parezca eso que estas pensando, también ganas dinero. El monto de la apuesta será tuyo, como aliciente, agrego otro. Total, aquí venimos para tener sexo, dijo la señora, no para ganar dinero.

Acepto, dije con una voz nerviosa. Todos rieron. Al final ellos proponían como cobrar, yo decidía como pagar. Entonces alguien me pregunto si estaba de acuerdo con las reglas y que si acataba lo que eso implicaba como premio al ganador.

Y todos comenzaron a pedir cartas y a subir la apuesta. Ansiosa por lo que estaba viviendo, comencé a tocar al hombre maduro, pero no estaba excitado, ni nervioso, estaba concentrado en ganar la partida, nada más. Pero mis manos lo tocaban, porque yo si estaba excitada y además había perdido la vergüenza.

Cuando el juego llego a su fin, la señora volvió a ganar. Y entonces mi excitación se frenó y me entro pánico. Cómo es posible, nunca pensé en esa posibilidad, me decía continuamente. Y ahora como hago para terminar con esto, dije.

A Judith se lo ocurrió la salía de última hora. Clarita, le dijo en tono muy cercano y de amistad, creo que debes darles la revancha a los señores, tú has ganado tanto, que otro juego no estaría mal.

Si todos están de acuerdo, aceptaré, dijo. En ese instante la otra chica comenzó a tener sexo y sus gemidos eran más fuertes, pero nadie le ponía atención. Helen estaba a gusto con la pareja que había entrado y me dio la impresión que le estaban proponiendo un trio. Ella ya estaba aceptando.

Yo también quiero pedir una condición dije, envalentonada de todo lo que ahí pasaba. Todo lo que me pidan, debe hacerse aquí. De nuevo, todos se sonrieron. Quizás era ingenua, pero no había entendido el juego. Todo lo que haces aquí, dijo alguien, aquí se queda. Afuera, si te he visto, no te conozco, agrego otro.

Claro, dije. Me queda claro.

Y si yo ganó, dije balbuceante. Tu escoges el premio, dijo otro algo molesto porque el juego no empezaba.

Doble o nada dijo el crupier. Eso qué significa, pregunte. Que, si ella gana de nuevo, puede hacer lo que quiera y tú debes complacer esos deseos, dijo el señor que más me gustaba, incluso si ella cede el premio, agrego. Hay que tomar en cuenta que ya ganó y no le dimos la oportunidad de cobrar por eso, dijo.

Antes tome un sorbo del trago del hombre maduro que a su vez pidió que le sirvieran más. Al fondo un mesero, que nunca había visto salió de la oscuridad con una botella que tampoco había visto nunca antes. Pueden apostar dijo el chico. Las fichas llegaron al centro de la mesa y luego pidieron el descarte. Cada quién midió sus expectativas y aposto. Entonces la señora se sonrió conmigo nuevamente y dijo, tu si me traes suerte.

Entonces fue la primera en que destapó su juego. Era color, una escalera perfecta que solo el pokar de ases le podía ganar. No lo podía creer, pero había ganado de nuevo.

Sabes lo que he ganado, me pregunto. Si, le dije sin saber. No nena, aún no, me contesto. Me puso de pie y metió sus manos entre mis piernas. Y cuando me toco, me dio un jalón horrible que desgarro mi bikini. En ese instante Helen se besaba con la chica joven, mientras el señor miraba con atención lo que pasaba alrededor de aquella mesa.

Eres mía, dijo con una voz dulce, calmando mis ansias. Y voy a cobrar mi premio. Entonces me separo el pelo del rostro y por primera vez sentí sus manos tiernas y cálidas sobre mis orejas. Relájate que tendrás una experiencia inolvidable, me susurró.

Ella cuando paso su mano por mi cuello, logro que nuevamente me relajará. Y con una habilidad que solo los años pueden dar me dio seguridad. Así que ahí mismo bajo la cremallera de mi vestido y en un instante estaba desnuda frente a todos aquellos desconocidos.

Entonces el chico que repartía las cartas se apuró a despejar la mesa, mientras ella con una mano tocaba mi vagina y con la otra se llevaba uno de mis pechos a su boca. Pero que chica más hermosa tenemos aquí.

Cada uno de los jugadores se quedó observando como aquella elegante y fina dama me besaba los pechos y me tocaba la vagina con total elegancia.

Ya desnuda, frente a la mujer que había ganado la apuesta, a ella solo le quedaba disfrutar del premio. Entonces decidió compartirme. Todos van a poder participar si así lo quieren dijo ella, apurando su dedo en mi boca para que no expresara negativa alguna. Tu aceptaste participar y debe cumplir.

Súbete a la mesa, dijo suplicando, pero segura que cumpliría con la orden. Entonces abrió mis piernas y me comenzó a besar mi vagina. Yo cerré los ojos y disfruté el momento gimiendo a cada instante. Eso no duro mucho, hasta que llego el orgasmo, tampoco paso mucho tiempo, para que los jugadores comenzaran a tocarme.

Uno a uno me pasaba su pene por mi rostro, y de vez en cuando uno lo introducía en mi boca hasta provocarme asfixia. Eran tres de los jugadores que habían decidido participar. Ella, a pesar que tenía unas uñas largas y unos dedos ásperos, me tocaba con mucha dedicación y delicadeza, y sus dedos poco a poco me fueron penetrando, al principio uno, después dos y después todos, hasta que uno de esos dedos llego a mi ano.

Cada vez los penes en mi rostro eran más agresivos, en el sentido que no respetaban el turno de cada quién y a veces tenía dos o tres al mismo tiempo queriendo entrar en mi boca.

No sé, pero eso pudo durar una media hora. Cuando ella acabo conmigo, había orinado la mesa de juego. El resto de hombres llevaron un paño húmedo, que les proporcionó el mesero y limpiaron mi vagina. Me tomaron de la cintura y me acomodaron en un sillón. Uno me penetro, otro me jaloneo hasta que su pene logro entrar en mi boca y termino adentro. El otro esperaba su turno.

Helen tenia sexo con la chica joven, mientras que Judith tomaba licor con el resto como que si nada estuviera pasando. Quizás acostumbrada a este tipo de acciones.

Cada quien llevaba condones y lubricantes para la ocasión y solo sentí el frio de la gel en mi ano y como entro sin permiso el pene de aquel hombre mayor que me había gustado al principio. Y luego el señor maduro que comenzó todo me subió de nuevo en sus piernas para que se lo hiciera. Ahí estuvo un tiempo, subida hasta que logro venirse.

Cada uno comenzó a salir de la habitación quedando solo los meseros, el repartido de cartas y Judith. Helen se había ido con la pareja. Yo estaba desnuda, llena de semen, cogida por todos lados cuando uno de los meseros me llevo una bata. El vestido estaba todo pisoteado y debía ir a bañarme, dijo.

Una chica que no sé de dónde salió, me ayudo.

Hoy estuvieron decentes, me dijo la chica. En otras ocasiones se han pasado, agrego. Qué consuelo pensé. Ella me sentó, pues estaba adolorida para mantenerme de pie en aquella regadera. Entonces se quitó los zapatos y la blusa y se quedó en calzón para ayudarme en el aseso. No te preocupes, me dijo. Solo te voy ayudar. Espero que lo hayas disfrutado, me dijo, que por el dinero no vale la pena pasar por esto. Si, le dije muy segura, lo hice por gusto.

Eres muy tierna, me dijo.

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