El flaco

Me acuerdo que una tarde, me estaba masturbando con vehemencia en mi cuarto cuando de pronto y sin aviso entro mi madre. Su cara de asombro no podía borrar mi vergüenza. Pero no dijo nada.

Solo te aviso que el flaco te busca, dijo. Y de inmediato lo llamo, pasa Ernesto aquí te esperan dijo con tono amable y burlón.

Antes de salir del cuarto, ya en tono más enérgico me dijo, ponte el pans de inmediato.

No le hice caso. En cambio, me metí bajo las sabanas y cuando el Flaco entro le pedí que se metiera en la cama conmigo sin hacer ruido. Ahí está tu mami, me advirtió y no quiero problemas. No seas hueco, le reclame.

Fue así como el flaco termino enamorándose de mí. Ahí no paso nada, pues el encanto se termino pronto y él solo sintió mi desnudez y mi antojo.

En fin, eso paso y después ya no hubo oportunidad a pesar que él me insistió infinidad de veces. Perdiste tu oportunidad, ahora ya no quiero le contestaba siempre, aún cuando a veces si quería.

Una tarde el Flaco estaba en la esquina, con otros amigos. Fumando y pelando a la gente. Yo llegué a la tienda a comprar. Vamos, me dijo, queremos ir al campo. Yo los alcanzo, tengo que regresar a casa con la compra. Entonces el Flaco se ofreció a esperarme.

Cuando llegamos a casa, mi madre salía para el centro. Te dejo comida en la refri, dijo, y cuando venga tu hermano le calientas algo. El Flaco se puso cachondo. O sea que estamos solos, dijo contento. Vamos a tu cuarto, agrego. Cómo crees, mi hermanito no tarde en llegar del colegio, respondí. Además sos un inútil la otra vez no quisiste ahora perdiste, conteste.

Pero el Flaco lo que menos quería era escuchar reclamos y excusas. En plena sala se bajo el pantalón y saco del calzoncillo su pene aún sin llegar a la erección. Vamos nena, me dijo, vamos que tengo ganas mientras estimulaba sin descaro su pene.

Pero cuando vi su pene, me dio mucha risa. Siguiendo su fisionomía, su miembro era el fiel retrato de aquel hombre alto, feo y delgado. Mira dijo con tono de macho listo, a poco no te gusta, mientras estiraba su prepucio con un ritmo interminable que no terminaba de asomar la cabeza de su pene. Era largo, fino y delgado, tan delgado que me provoco risa. Y su erección nunca llego.

Sos una mierda, cómo te burlas de mi angelito dijo, antes de salir al campo con una frustración de esas que impactan toda la vida.

Vos flaco, presiento que vas a necesitar la pasitillita azul, le dije, mientras lo consolaba el hecho que siempre en la vida la tercera es la vencida.

Te gusta? Comparte

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *