El chico tímido y temporal

Era tarde y el temporal estropeaba todos los planes por la tarde. Me acuerdo que al terminar las clases, la directora nos aviso que los buses no podían salir por problemas de inundaciones en la cuidad. Ya avisamos a sus padres, dijo, que se quedarán aquí un tiempo más de lo normal, hasta que nos autoricen las salidas. Avisen ustedes también, fueron sus palabras.

Afuera la lluvia seguía con intensidad. No había de otra que acomodarnos en los pasillos, aulas y el gimnasio. Con mis amigas nos tiramos al suelo, intentando pasar el tiempo. De pronto llego José. Se sentó a mi lado y se incorporó a la plática con jovialidad.

José se recostó sobre la pared y su rostro quedo muy cerca de mis piernas. Su cabello sedoso provoco una reacción en todas nosotros y le pedimos permiso para tocarlo. Acepto y empecé a sentirme cómoda con su exceso de confianza.

Al poco tiempo nos dieron el aviso que podíamos subir al bus. Y comenzamos a platicar mucho, de muchas cosas. Así nació mi interés por él.

Al siguiente día lo invite a casa. Quieres comer champurradas con mantequilla de maní, le pregunte. Mi madre las prepara con una rica taza de chocolate caliente. Así comenzó a llegar a casa, mi madre encantada y yo empezándome a enamorar.

Una tarde, en la sala, hablando de muchas cosas le pedí un beso. Sabes, le dije, tus labios me atraen mucho. Y quisiera que me complacieras con un beso. Pero en ese justo momento entraron mis padres y se quedaron en la sala. Eso frustro el intento.

Comenzamos a platicar mucho y cuando por fin llego el bus, ya había captado el interés así que lo invite a casa, a tomar café y champurradas por la tarde. Así pasaron los meses y nunca le pude robar un beso, ni nada por el estilo.

Meses después todo ese episodio se había olvidado. Aun cuando seguíamos siendo muy buenos amigos, ya no frecuentaba mi casa, ni tampoco yo me mostraba atraída como antes.

Al inicio del nuevo año escolar, se me acerco y me confesó que le gustaba mucho. Una declaración fuera de toda lógica pensé en ese momento. Quizás por la demora, las vacaciones o bien, mi falta de determinación, había perdido el interés en él y lo rechacé.

Sabes, le dije, ya tengo novio. No era cierto, pero fue una forma adecuada de salir de aquel incomodo momento. Le di un abrazo, como despedida. Su ego quedo dañado para siempre. Cuando pudo y yo quería, no se animo. Ahora que quiere, mi orgullo dice que no.

Años después nos encontramos de nuevo. Según él no había cambiado nada. La verdad estaba más delgada que antes. Y más madura. Pero yo lo miraba igual. Sus gestos, su pelo. Sus labios estaban intactos. Así que esa noche, ya no le pedí permiso para besarlo. Lo hice, así con total alevosía, confesando que ese beso debía robárselo cuando teníamos  16 años, pero lo hacía 15 años después.

El se sonrió y después de unos instantes salimos de ahí rumbo a un motel. Un encuentro que trataba de recrear la adolescencia de ambos. Lo cual resulto siendo traumático. Ninguno de los dos disfrutamos aquel paripé que nos habíamos inventado esa noche. Fue más patético que romántico.

Sabes, no tienes que esforzarte, le dije. No me esfuerzo, dijo. Tú eres la que no me provoca nada. Yo siempre funcione bien. Pero es desagradable no tener ayuda, ni aliciente, agrego.

No sé si yo había evolucionado muchísimo, si mi criterio había madurado, no sé en realidad que pasaba, pero de algo estaba segura. El se había quedado atrapado en el tiempo y su mente no había evolucionado, sus criterios chatos siempre estaban fusionados a sus prejuicios y boberías.

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