El amor y el sexo

En mis años de juventud, cuando comenzaba a descubrir mi cuerpo y mis deseos, tuve buenos y malos momentos con mis novios. En ese tiempo tuve relaciones normales y experiencias raras e increíbles. Todo fue culpa de Adrián, mi primer amor, quién me enseño el arte de besar y a disfrutar las tardes tirados en el suelo de aquel sucio departamento que tenía en la zona 1.

Me acuerdo bien la primera vez. Estaba tan nerviosa que le dije que la metiera de una vez por todas por qué me iba a arrepentir. El se sonrió, me dio un beso y me dijo que me calmará, que mejor lo dejaba para otro día y se puso a contarme unas cosas que no recuerdo bien, pero me relajaron, y cuando menos sentí, estaba delirando de placer.

Claro que me dolió, que sangre después, que tuvo todo lo que dicen, pero me gusto y al otro día estaba de nuevo en aquel departamento, dispuesta al aprendizaje. Y regresé cada tarde, por espacio de dos años, y aprendí que cuando se quiere se aprende bien.

Después vino José. Un chico guapo y mujeriego que me conquisto con su sonrisa, pero me alejo con su desfachatez para ponerme los cuernos. Siempre era lo mismo. Me pedía perdón, me decía que jamás lo haría de nuevo y le creía. Y después de la bronca que le montaba, me hacia el amor de la forma más sublime que jamás alguien me había dado hasta ese momento. Así que lo disfrutaba, sin pensar que otros labios lo habían disfrutado previamente.

Pero mis celos pudieron más que mis deseos y lo deje deambulando por un par de morbosos novios que me dieron de que hablar, pero no me provocaron más que risas y llantos a montones. El primero era un fanático de los shows de comediantes y nos reíamos muchos con sus ocurrencias. El otro un tipo melancólico como él solo, dispuesto a sufrir la vida y quién me dejo acongojada por la muerte de su gata, el muy infeliz.

Con Joaquín, descubrí el morbo en toda regla. Un tipo que bien podía ser mi padre, pues me doblaba la edad. Siempre quise saber qué era eso que tanto hablaban mis amigas que los hombres mayores tienen más experiencia. Así que como pude lo seduje. Una relación de amantes que duro más de un año, hasta que los daños en su matrimonio fueron evidentes. En ese tiempo, no encontré más que compañía.

Pero fueron dos novios los que me dejaron exhausta. Uno era un genio en computación, recién graduado de la del Valle, a quién mi madre adoraba. El tipo pertenecía a una sociedad de poetas, medios locos, mariguaneros y demás hiervas. Con el comencé a fumar hierva, a desinhibirme frente a extraños y enseñar parte de mis pechos, por el puro morbo de provocar a los demás. La relación terminó pronto por las distancias de clase que había entre ambos. Su madre puso freno a su interés por mi y así se quedó. Me dejo la sensación de la vida, bien vivida.

El otro me destapo en todo sentido. Con el tuve mi primera experiencia con tríos. Lo cual disfrute mucho mientras duro. Y duro poco, pues al parecer era un tipo bisexual y lo descubrió cuando andábamos juntos. En una ocasión me quede viendo, literalmente, como pierde la virginidad con un negro que lo penetro de tal manera que sentí pena por él, mientras se gozaba a más no poder al tipo.

Así se fueron mis años de juventud, hasta que un día comprendí que la vida había sido buena conmigo y debía recomponer la misma para que fuera mejor. Me enamoré, más bien me enamoraron, y fue la mejor sensación que jamás alguien me ha provocado.

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