Dominación

Un año después del divorcio, comencé a salir con un tipo del trabajo. Había sido agradable durante un tiempo y su insistencia me convenció, pero sus destrezas en la cama frustraron cualquier romance bonito. Así que antes que se emocionara conmigo termine la relación. El pensó que no había olvidado a mi ex, pero no era eso. Después conocí a Esteban. Un tipo alto, grandote, instructor de fit y amante de los vinos y las mujeres. Su cuerpo era una escultura al ego y su mente misógina estaba a tres siglos de distancia de la propia inquisición. Todas las mujeres son unas putas, me dijo sin inmutarse. Y todos los hombres son unos hijos de puta, le conteste. El andaba con otra instructora cuyo cuerpo les provocaba tortícolis a todos los machos alfa del gym. Pero entre nosotros había algo que aún me costaba descifrar. Yo, inconscientemente le coqueteaba. El se resistía y su novia lo celaba. Hasta que por fin, una tarde me invito a salir. Claro, con una condición le dije, solo acepto si no llevas a tu noviecita. El se sonrío y yo le advertí todo lo que pasaría. Cuando los roles se modifican, los deseos se multiplican. El tipo que controlaba la clase y a sus alumnos con un simple silbido, caía rendido a mis pies, extasiado de placer provocado por mi actitud dominante. Los golpes, latigazos y las correas en sus manos era una señal inequívoca que aquel fortachón, sucumbía a sus más bajas pasiones por un par de azotes. Tanto dolo no lo podía soportar. El placer era todo mío.

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