Despedida

En otro día, cuando menos lo esperaba, llegó un paquete  a la oficina. Me extraño bastante y con tanta confusión no supe qué pensar sobre el mismo. Pero mis amigas y compañeras de oficina me insistían para abrirlo.

Era una combinación erótica que me había enviado mi esposo. Quizás para paliar un poco su ausencia, pero también para evitar que buscase placer en otros mundos. Era un regalo atípico de los que había recibido. Pero me encanto el gesto y la imaginación para encontrar dicho atuendo.

En la nota me citaba en una cafetería que frecuentamos cuando novios. Así que llegue puntual, con una falda negra, una blusa blanca y una chaqueta con bufanda por el frío. Mis medias negras compaginaban a cabalidad con mis zapatos de tacón de punta. Iba sexy para él, pero mi atuendo era de velorio y no de pasión.

El fingió conocerme en ese momento. Un conecte rápido que paró en la esquina del viejo hotel de paso de la sexta avenida A. Es así como logramos fingir que nuestra pasión aun no termina. Fingiendo roles, evadiendo responsabilidades, encontrándonos en sitios de nuestra vida pasada, pues en nuestro futuro, hay poco de pasión y mucho de recriminación.

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