Desde el mirador

Fue una noche de copas, una noche loca.

Compartíamos entre amigos escuchando boleros en casa de la zona 10, con luna llena y el frío tenue de noviembre. La casa se prestaba para que sucediera cualquier cosa, con un patio enorme y una piscina azul profunda, llena de amigos guapos y chicas con ganas de ligar un novio nuevo o acostarse aquella noche con alguien que nos sacara del marasmo sexual en que muchas nos encontrábamos.

Uno de los tantas asistentes, me llevo una copa de vino, invitándome a salir al otro día. Rechace de tajo. No solo por el cliché que significa el darte de tomar, para luego aprovecharse, sino también porque no me gustaba mucho.

Entre todos los ahí presentes me gustaba el más tímido. De pronto cuando cantábamos el happy briday to you, el chico tímido intercambio palabras conmigo. De pronto me tomo de la mano y con delicadeza, entre susurros me comenzó a seducir.

Una sorpresa bonita y agradable a la cual correspondí de inmediato.

Un beso frente a todos me hizo sonrojarme y me abrió el apetito sexual.

Pero la noche se desvanecía y después de aquel arrebato seductor no hubo más iniciativas audaces. Así que decidí marcharme. Me voy le dije. Y con un abrazo, le reclame su falta de iniciativa. Hoy estaba dispuesta para ti, le dije. Lastima que no te animaste. Tan fea soy, agregue el reclamo.

Salí por la calle principal, pues había dejado el carro en casa de una amiga, a pocos metros de aquel sitio.

Era temprano, aún estaban los vendedores de chicles y cigarros en la esquina, los bares estaban a tope y más de alguno ofrecía tarjetas en la calle, con servicios de prostitutas para algún despistado que regresaba a casa sin el conecte deseado.

En eso comenzó una lluvia leve pero persistente. Corrí para cobijarme en la cornisa del edificio, mientras observé que un auto se acercaba y me bocinaba. Era el chico que me había besado.

Vamos te llevo, me dijo. No, gracias, respondí a gritos, estoy aquí a la vuelta. Pero insistió mientras la lluvia no daba tregua. Así que entre en la parte trasera del vehículo.

No te preocupes, le dije, tengo mi carro aquí a la vuelta.

Pero él no se detuvo cuando pasamos frente a mi auto, con más velocidad y con una sonrisa que delataba su determinación, me llevaba con rumbo desconocido.

Llegamos a un mirador y se paso para atrás. Sus besos volvieron a despertar mi entusiasmo por la noche y correspondí con más pasión que antes.

Con la falda hasta arriba, fue fácil quitarme el calzón. Y sus manos quedaron en libertar para abrir el camino a la felicidad.

Fue una extraña sensación. Pensé que hubiera sido mejor ir a un motel, pero lo del auto, la lluvia y el mirador de la ciudad quedaba fantástico.

Así que me deje llevar y la excitación fue en aumento. Su pene estaba erecto, yo mojada por completo y sus dedos tocaban con mucha insistencia mis pechos. Era un fiestón con nada de timidez.

Pero cuando quiso penetrarme no pudo. No porque yo no estuviera mojada, o me resistiera. Simplemente aquel vehículo no le daba el espacio suficiente y él, un poco invalido de audacia, era inepto para adoptar la postura adecuada para consumar lo que los dos deseábamos.

Al poco tiempo, después de vanos esfuerzos para lograr penetrarme se rindió y se tiro al otro lado del sillón cansado de tanto esfuerzo en vano.

Me jalo para que le diera sexo oral, pero me pareció una descortesía de su parte, buscar su placer, dejándome con las ganas a flor de piel y me negué a tal práctica.

Entonces me subí de espaldas sobre él, primero le puse mi culo en su cara y luego baje, buscando su pene aún erecto y entro perfectamente en donde debía entrar.

Apoyándome en el sillón de adelante comencé a moverme hasta lograr el orgasmo. Fue breve, pero rico. El me tomaba de la cintura y exigía continuidad, lo cual hice y todo resulto fácil y rápido. Su presión en mi cintura y su grito seco delato su placer.

Entonces me quede observando las luces de la ciudad. Satisfecha del universo nocturno de la vida.

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