De la simple monotonía al éxtasis

Transcurría el primer mes y la vida a su lado ya me parecía una aventura. Pero después de 4 años de noviazgo, decidí dar el paso y me mude a su apartamento. Vivíamos en una relación libre y pecaminosa, según mi madre, puesto que nunca decidimos casarnos. Éramos marinovios, según mi padre, pero tener un noviazgo y vivir juntos era otra cosa.

Esa tarde, me acuerdo bien, estaba cansada de la calle. Era viernes y el tráfico era infernal.  Los días de baile, chats calientes y alguna borrachera se habían terminado. Mi novio era un tipo bohemio y simpático, dos características difíciles de encontrar y de entender. Prefería el vino y la buena conversación, antes de la bulla, el desenfreno y la mota.

Pues ese viernes quería llegar a casa, darme una ducha y dormir hasta el sábado. Pero cuando entre al apartamento, Alberto estaba trabajando en la computadora. Una consultoría urgente, que de eso se ganaba la vida, como buen sociólogo.

Me recibió con un beso tierno que despertó muchas sensaciones en mí. Me fui directo al baño y me refresque con una ducha con agua fría. Al salir las ganas de dormir se habían esfumado. Mi cuerpo estaba frío, pero necesitaba un poco de ternura.

Entonces, para no distraerlo, me metía debajo de la mesa y me arrodille, con intensión aviesa para que deje de trabajar. Buscó atención, le dije y así comencé a lamer su pene. Fue una forma nueva de excitarlo. Poco a poco, su pene se fue poniendo duro y él dejo de trabajar para disfrutarse.

Antes de venirse, me levanto tomando mi cintura, para luego darme esos ricos besos que me había provocado aquel enamoramiento. Nos fuimos al cuarto y ya desnudos los dos, lo hicimos hasta quedarnos dormidos.

Por la mañana, los pájaros en la ventana nos despertaron y las ganas volvieron. Fue una síntesis de una noche que renovó nuestra vida en pareja. Después del sexo el volvió al trabajo y yo seguí durmiendo hasta tarde.

Fue una síntesis de una vida que temo, si no le damos otro sentido, pronto se convertirá en monótona.

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