Cosas de mi vida

Desde pequeña supe que mi cuerpo reaccionaba a cualquier contacto humano que tuviera. Quizás por eso, decidí no tener relaciones a temprana edad. Aún así la curiosidad estaba latente. Los novios se enfadaban mucho con mi actitud. Solo besos, ni tocar, ni coger, era una especie de lema que se imponía a cualquiera. Así llegue virgen hasta los 28 años, con un dilema que me perseguía. Poco a poco, todo cambio. Esta es la historia.

La primera vez que alguien me beso tenía 16 años y sentí que mi cuerpo se estremeció completamente. De mis entrañas surgieron las sensaciones más extrañas que jamás alguien me había provocado, y eso me dio miedo. Besas rico, me dijo él. Era normal en mi desarrollo, que me gustara y me provocará lo que sentí, pero termine la relación de inmediato.

Después, dos novios más y las cosas siguieron igual. Sus besos no eran tan apasionados como el primero, pero mi mente y mis deseos estaban a flor de piel y mi cuerpo sufría la abstinencia auto impuesta. Mi religión no me lo permite, no estoy preparada aún, no quiero, si quieres así, sino pues aquí queda, eran mis excusas. Era tajante.

Por coherencia con esas reglas continúe reprimiendo esos instintos sexuales. Pero nunca le dije que no a un beso robado, pedido o deseado. Así que muchos de mi entorno pensaban que era más fácil que la puta del barrio. Pero estaba consciente que si continuaba con eso, iba a terminar así, siendo promiscua con todo el mundo, como un vicio sin control.

A pesar de esas restricciones seguía con mi vida social. Salía con quién me lo pedía, y besaba a todos los que me gustaban. Algunas veces eran besos fogosos y apasionados, otras veces tan simples y monótonos que ya no se repetían. Pero todos solo obtenían eso. Besos. Creo que uno o dos paso a tocarme los pechos, más por descuido de mi parte que por atrevimiento, pero fueron frenados de inmediato y todos se marchaban decepcionados de mis negativas.

Lo bueno de todo es que nunca tome a nadie en serio. Para mí era aventura, descubrimiento, tentación. No había intensión de tener una relación sentimental. Así que cuando ellos se marchaban, no me importaba. Nunca tome a nadie en serio. Siempre fue de disfrutar el momento, encontrar el lugar preciso y darme de besos con alguien que al menor intento de tocar, se tenía que ir. Así de enérgica era.

El morbo comenzó adueñarse de mí con el paso del tiempo, así que internet y las relaciones cibernéticas cubrieron mi necesidad de contacto real. Me pasaba horas de horas sin dormir, chateando, enviando fotos eróticas y viendo diversidad de penes que cada uno con los que interactuaba me mandaban. Nunca mande foto de mi rostro, la mayoría de veces eran fotos de otras chicas, muy parecías a mí. Nadie se daba cuenta.

Hasta que una noche, Guido, el amigo del que les hable en principio me pidió que activara la cámara porque sospechaba que era yo, quién estaba al otro lado del chat. Me descubrió y pensé de inmediato en cancelar la sesión, pero no lo hice. Muchas noches después, poco me importaban los otros chat, que más que eróticos eran pervertidos y sin sustancia. Entonces Guido acaparaba toda mi atención. Y por eso comencé adoptando una postura de sumisión. Aceptaba todo lo que me pedía que hiciere, siempre y cuando estuviera dentro de los límites que pueda haber en una relación de ese tipo.

Un día, ya de noche, le pedí que se tocara el pene y me enseñará que partes del mismo le provocaban más placer cuando lo tocaban. Así comencé a conocer la anatomía humana, sus zonas eróticas y con paciencia tuve una relación más profunda con ese amigo.

Una noche, sin saber el alcance de mis palabras, le respondí que lo mejor era que lo hiciera frente a él, sin intermediarios. Me había pedido que me masturbara frente a la cámara.

Después me invito a salir, y en esa ocasión no hubo ni besos ni nada más. Solo charla. Dimos una vuelta y comprendimos que las cosas no podían suceder de esa manera. Así que me regreso a salvo a casa. Quizás esa fue la señal que buscaba, respeto a mis decisiones.

Ya sé lo que piensan, pero no sucedió así. Mi virginidad la perdí con otra persona. La menos esperada. Y sucedió porque así lo quise. Fue fatal mi falta de práctica, pero no mi falta de compromiso. Con el tiempo nos ha ido mejor, vivimos juntos y tenemos dos hijos. Poco a poco hemos ido aprendiendo que el sexo es parte integral de nuestra relación y por lo demás todo marcha bien. Por fin me relacione con alguien sentimentalmente. Y Guido, sigue llegando a casa como amigo. Dispuesto a escucharme, sin que eso implique nada más que amistad. Que les parece.

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