Confundida

La cosa comenzó mal y todo lo que inicia así, termina mal. En una reunión familiar, conocí a un tipo que posteriormente me invitó a salir. Me hablaba cosas bonitas, sencillas, interesantes. Yo me abrí y supo desde el primer momento mi necesidad de afecto, mi frustración por la vida que llevaba y mis fracasos con el amor. Así que, al encontrar mi lado débil, comenzó a generar en mí, una codependencia que pronto se convirtió en una relación, y qué más temprano de lo que él pensó devino en sexo.

Al principio pensé que lo nuestro era un noviazgo serio y con futuro. Pero pronto me di cuenta que el sexo era una prioridad, tanto para él como para mí, no puedo negarlo, pero siempre pensé que el sexo y el amor podían congeniar bien, y yo esperaba que con él así fuera. Pero resultó siendo todo lo contrario.

El sexo no era complicado entre nosotros. Me abrí, lo que permitió que se sintiera a gusto. Le gustaba que le hiciera sexo oral. Que lo montara y que, “lo terminara pronto” según sus palabras. Un repertorio poco complicado para un hombre bastante conservador y hasta cierto punto homofóbico. Le gustaba tratarme mal, me decía cosas sucias, cuando estaba por venirse me gritaba putita rica, dale duro. En fin, cosas de hombres, pensé.

Comenzó siendo un problema cuando comprendí que estaba enamorada. Paso rápido, sin que me diera cuenta. Y cuando pensaba que tenía una relación seria y formal, un noviazgo con un tipo maravilloso, la realidad era otra. Al cabo de unos meses, me contó que era parte de una mega iglesia, a la cual no solo asistía a los servicios, sino formaba parte de su dirección, aun cuando fuera solo tangencialmente. Así que toda la relación comenzó a girar en torno a Dios y mi salvación.

Entonces comencé a ser parte de la congregación y convertirme en evangélica. Lo cual no estaba mal. Igual la idea de Dios siempre estuvo presente en mi vida y él comenzó a representar la guía espiritual que no había encontrado antes. Eso lo elevo a otro nivel en mi admiración. Hasta ahí todo bien.

Pero poco a poco las cosas fueron cambiando. Al poco tiempo me enteré que tenía esposa, que durante los servicios la presentaba muy orgulloso, y tenía una vida familiar muy pública. No me sorprendió del todo. Pero si me causó malestar. Yo lo sospechaba, pero su palabra había obrado en mi mente, lo que me provocaba aceptar todo lo que viniera de él. Se disculpo con una simple frase, pensé que te lo había dicho desde el principio. Pero si no lo hice, ahora lo sabes, no pasa nada, sigues siendo parte de mi bienaventuranza, sentenció.

A pesar de esa situación, nuestra relación continua, en los márgenes, como siempre, de una manera escondida, para que los miembros de la iglesia no se enteren, y tampoco su mujer, de quién dice que se va divorciar. Un embrollo muy conveniente para él, pero fatal para mí.

A pesar de esa situación, estuve anuente a que eso se diera con la esperanza que terminara con la relación y estableciera una conmigo de manera seria y formal. Así fue como, durante más de dos años, nuestros encuentros sexuales fueron solo eso y significaron nada más que sexo consensuado, para la gracia de su dios.

Con el tiempo, fui descubriendo sus maldades y sus perturbaciones. Era un maniático obsesivo con la limpieza y pensaba que el mundo giraba a su alrededor. Manipulador en todo el sentido del término, sabía perfectamente por donde entrar con las personas, al grado que pase años a su servicio. Era su sierva, en el sentido literal del término.

En la intimidad el tipo era un perturbado, bipolar sexual. Tenía ciertas fobias y otras filias. Pero debo reconocer que me abrió la mente en ese sentido, por contradictorio que suene, viniendo de un tipo ultra religioso y súper conservador, pero a pesar de eso, en la cama era un tipo super experimentador y mega complaciente, lo que hizo que disfrutará mi sexualidad con entera libertad. Claro como su sierva, comencé a complacer cada uno de los caprichos que se le ocurrían y juntos, debo reconocerlo, comenzamos a experimentar una vida sexual bastante liberal.

Eso generó entre nosotros un sisma que fue el inicio del final de nuestra relación. Buscando otros niveles de satisfacción, comenzó a frecuentar prostitutas. Todo comenzó cuando un día, me confesó que su mayor anhelo era “salvar” a las almas perdidas, como lo hizo contigo, me dijo, lo cual me perturbo. Yo, una alma pérdida, pensé. Pero él estaba convencido que su propósito había sido salvarme. Y era su obra suprema. Su poder radicaba en mi devoción a su persona y todo lo que eso conlleva.

En ese momento no comprendí muy bien esa relación que hacía entre mi persona y las almas perdidas. Lo cierto es que se refería a las prostitutas. Lo cierto es que siempre pensó que yo era una puta, que había accedido a tener sexo con él, solo por así, y lo cierto es que, con el tiempo, habíamos tenido las relaciones más eróticas que me convertían para él, en una cualquiera que había accedido a eso, para complacerlo por mi debilidad de mi carne, en donde radicaba mi pecado. Pues según su pensamiento machista y conservador, una esposa no puede, ni debe complacer de esa manera a su hombre, porque se denigra a sus ojos.

Ese tipo de pensamientos, lo hacía pensar que además de su sierva, era su puta, y que además de eso, me había hecho el favor, sacándome de esa vida, para que estuviera a salvo en la iglesia, a su cuidado y resguardo de otros hombres. Qué lo hizo pensar eso. Pues, qué vivía sola, convivía con novios antes de casarme y además había tenido sexo con amigos y desconocidos, eso lo hacía pensar que mi vida libertina, era parte de lo cual me salvaba. Lo peor de esa postura, es que me la creí.

Yo me había enamorado de mi contrario. Así que todo lo que me decía estaba resguardado por la sensación que me provocaba de estar con el amor de mi vida, supuestamente. La imbecilidad de mis acciones se complementaba con su labia por el control de mis actos.

Así que su nueva misión era, sin más, convertir a todas las prostitutas posibles en mujeres de bien, siervas de su obra, esclavas de sus obsesiones y perversiones sexuales.

Así comenzó a frecuentar con prostitutas y comenzó a contarme sus más sucios pensamientos. Un día me dijo que llevaría a una prostituta a casa. Quería verme coger con ella, Atrapada en ese círculo perverso de manipulación y lavado de cerebro, me negaba a participaba de sus cosas. Durante un año, me repetía sus obsesiones sobre las orgías con prostitutas que esas platicas se convirtieron en rutina.

Al final de año, como premio a su devoción y su servicio a la iglesia se convirtió en encargado del retiro de los jóvenes, lo cual significó un cambio de 180 grados en su actividad y en su relación conmigo. Dejo sus relatos con prostitutas que siempre pensé que se hacían realidad en su otro mundo, en su otra vida, pero continúe siendo su sierva, ahora asistente espiritual y me convirtió en parte de un entramado de favores sexuales con las chicas que llegaban a los retiros.

Hasta que me canse y todo termino. Claro que algunos aspectos de este relato son exagerados a la luz de la enseñanzas y orientaciones que Javier, nuestro guía nos brinda, pero la carne, sí la carne, es carne y yo simplemente sigo mis instintos y algo de todo esto que relato paso. Y una parte, me gusto.

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