Ver con ojos de niño

Danilo Santos
desantos.salazar@gmail.com

“Papá, cuéntame otra vez el cuento donde la abuela manda a llamar a sus nietos con un piojito, es que me gusta mucho eso de que un bicho tan chiquito pueda hacer tanto, imagínate, escuchar a la abuela, decidir ayudarla, y salir a lograr lo que se propuso sin ni siquiera pensar en su tamañito, solo salió, se fue; hasta que se encontró al sapo, y desconfiado y todo, tuvo que tomar el riesgo y dejar que lo tragara porque avanzaría más rápido. Já, y eso de que el sapo se deja tragar por la culebra, qué habrá pensado el piojo, ahora había que confiar en dos enemigos. Y luego que el gavilán hace lo suyo, tres enemigos. Pero cada quien cumplió, cada uno se llevó lo suyo, pero cumplieron. Me divierte mucho. Cuéntamelo otra vez. Pero no te saltes nada, menos cuando el gavilán grita Vac-có, Vac-có, eso es divertido también, se gana su bodocazo el pobre, pero lo que me gusta de esa parte es que hablando acuerdan algo, y los hermanos le reparan el ojo como condición para poder decir a qué había llegado; al final la gente puede ser buena, si quiere, pero eso es decisión de cada quien. Y después a vomitar y vomitar, el gavilán a la culebra, la culebra al sapo y el sapo, ja, ja, ja, el sapo no puede y le dan en el trasero, pobre, por eso se quedó así, y el piojo entre los dientes estaba, por eso no podía el pobre sapo vomitarlo. Me da mucha risa todo eso.”

Algo hay que aprender de los niños y las niñas, de su inocencia, de la inagotable imaginación que los habita y la capacidad que tienen de ver algo divertido en medio de una historia dura. El niño no se acuerda del motivo del mensaje, del enojo de los señores de Xibalba, de que antes de Hunapú e Ixbalanqué ya habían muerto Hun-Hunapú y Vucub-Hunapú. Cada vez que viene para escuchar el cuento de nuevo, nunca menciona a Hun-Camé, Vucub-Came y a todos los Señores, simplemente los ignora, pasa directo a la astucia y la picardía de los animales y a la capacidad de los hermanos de reparar el daño que le hacen al gavilán porque ellos mismos se beneficiarán de ello. No piensa en que los que murieron la última vez eran los hijos de la abuela angustiada. Ni siquiera se para a pensar en que las cañas sembradas en medio de la casa simbolizan la suerte de los nietos, de los hermanos; yo me devano los sesos pensando en lo que Ixmucané debió sufrir viendo si las cañas se secaban o retoñaban. Él no. Él se los devana imaginando el juego, la aventura y la colaboración entre aquellos personajes que incluso asume como enemigos, pero que al final se ayudan entre sí.

Quizá lo que hace falta es ver la realidad del país con ojos de niño para que no se anide la amargura en el futuro.

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