La migración

Por: Jairo Alarcón Rodas

La necesidad de buscar mejores condiciones de vida es lo que hace a las personas migrar. El pretender bienestar, pasar de un estado de insatisfacción a otro de satisfacción, es lo que los obliga a trasladarse de un lugar a otro y dejar su lugar de origen pese a cualquier riesgo. Migrar fue una necesidad para los antepasados prehistóricos quienes, en un primer momento, fueron nómadas, cuando la tierra no era propiedad privada de persona alguna, ni existían fronteras que limitaran su libre acceso.

Lograr satisfactores, cazar, recolectar para subsistir, encontrar un lugar idóneo con un clima adecuado, alejado de los peligros, fue la razón para las continuas migraciones humanas. Sin embargo, con el paso del nomadismo al sedentarismo, a partir del descubrimiento de la domesticación de animales y la agricultura, con el surgimiento de los excedentes, la acumulación de la riqueza y la propiedad privada se puso límite a los territorios.

Posteriormente surgieron los Estados, las ciudades y países y con ello, las fronteras, las limitaciones para trasladarse libremente de un lugar a otro. Ya no fue tan fácil movilizarse de una región a otra. El establecimiento de las naciones determinó también para las personas, su lugar de procedencia y así, la división de nacionales y extranjeros.

La explotación del hombre por el hombre, la mala distribución de la riqueza, el colonialismo y con ello, la expoliación de los recursos naturales de las naciones conquistadas, determinó el establecimiento de países prósperos y pobres. Y así, la división de países del primer, segundo, tercer mundo.

Regiones donde la pobreza se impuso, para beneficio de unos pocos, limitó las oportunidades de desarrollo a muchas personas, por lo que nuevamente la migración significó una probable solución a la miseria y desdichas de muchos. Países del Norte, los industrializados, aquellos que aprovecharon la riqueza natural de las regiones conquistadas de América, Asia, África y Oceanía, vieron engrandecidas sus economías a partir de la expoliación, determinando con ello su prosperidad.

En América, muchos fueron los migrantes europeos que colonizaron la región del norte, en lo que hoy es llamado, los Estados Unidos. Irlandeses, ingleses, italianos, alemanes, polacos, entre toda una gama de nacionalidades, poblaron a ese país. Éstos no tuvieron más obstáculo que aquel que les imposibilitara su propia inventiva y emprendimiento. Los Estados Unidos es pues, un país de inmigrantes.

En la actualidad las cosas han cambiado, ya que se han cerrado fronteras y cada vez más el acceso de los migrantes se dificulta. En contraparte, la pobreza generalizada en los países en vías de desarrollo se agudiza y obliga a sus habitantes a buscar mejores oportunidades de vida y con ello, a arriesgar sus vidas en su camino a los llamados emporios de riqueza y de oportunidades.

Los migrantes ya no son bien venidos en los países industrializados y ello se debe a que las migraciones no solo traen consigo mano de obra barata, que desplaza de oportunidades de trabajo a los ciudadanos de esos países, sino también traen consigo grupos delincuenciales, maras, que ven en la migración las mismas oportunidades para lograr su bienestar, a través de hechos ilícitos. Sumado a eso, grupos terroristas ponen en riesgo la seguridad de esos países.

No obstante, la importación de delincuentes no es un hecho nuevo, desde la segunda década del siglo pasado por ejemplo, la mafia italiana fundó en los Estados Unidos, la Cosa Nostra, grupo delincuencial que unido a distintas pandillas de otros países sembraron de terror al país a través de lo que se denominó, el crimen organizado. De ahí que desde la perspectiva de los países que reciben migrantes, permitir el libre acceso a extranjeros constituye también un tema de seguridad.

Hoy, las cosas se han agudizado, los Estados Unidos cierran Fronteras y su Presidente pretende erigir un muro a lo largo de la frontera con México para impedir el acceso a su territorio de miles y miles de migrantes de distintos países. En la actualidad, familias de migrantes han sido separadas y niños enjaulados como estigma de lo que representa para el actual gobernante del país del norte, osar penetrar ese territorio.

En Europa también se ve con preocupación el tema de las migraciones como efecto de las guerras en Medio Oriente y la miseria en el continente africano y es por ello que han aumentado los controles de entrada a esos países. En la actualidad, el gobierno de Alemania ha pedido a la comunidad europea que se discuta a profundidad el tema de los migrantes, en Hungría se pretende penalizar a todo ciudadano que proteja a un migrante ilegal. Caso similar ocurre en Francia, Italia y Austria.

Así, latinoamericanos, africanos y cualquier persona extranjera que pretenda migrar a esos países no será bienvenido aunque soliciten asilo, ya que su permanencia constituye una carga para sus economías y un peligro a su seguridad. Crecen en Europa los partidos Nacionalistas de ultra-derecha ya que el temor a los migrantes es latente.

Ayudar al desarrollo de los países pobres, aquellos donde más se origina las migraciones tendría que ser parte de la solución del problema que se vive actualmente. Luchar contra la corrupción, contra las injusticias, propiciar la democratización de esas sociedades, apostar por la educación, terminar con las guerras, constituyen factores esenciales para frenar el flujo de migrantes de países emergentes a los países industrializados.

Detener el crecimiento de las campañas anti inmigrantes, luchar en contra del etnocentrismo, del racismo, de la xenofobia para hacer con ello, del mundo, un planeta realmente humano.

Las migraciones tienen dos caras, dos formas de ver el problema una, la del que decide irse, de su lugar de origen, para buscar mejores expectativas de vida ya sea por la violencia o la pobreza y la otra, la de aquellos que los reciben, muchas veces con el temor de ser desplazados económicamente y miedo de ser atacados. Y qué decir de las formas de comportarse diferentes, de culturas distintas que se hacen patente tras las migraciones.

Konrad Lorenz señalaba lo importante que es el instinto de territorialidad entre los animales, a lo que los seres humanos no son ajenos. Pelear por la tierra, luchar por ella, han sido reiterados momentos en la historia de la humanidad en donde las guerras y la consabida violencia ha sido su denominador común.

Defender su territorio, incluso más que la propia vida, es lo que asemeja a los seres humanos al resto de animales mamíferos. Poner en riesgo el espacio que se piensa propio, es el principio de la discordia. No obstante que todos somos seres humanos, las costumbres crean distancia, de ahí que sean necesarias formas de comportamiento neutras que correspondan a la esfera pública.

La migración no solo constituye un problema de seguridad y economía para aquellos países que se ven amenazados por los grandes flujos de personas sino también, constituye un problema de tipo cultural. Integrarse y no segregarse a las sociedades donde se reside, tendría que ser parte del comportamiento del migrante, pero ello trae consigo la pérdida de su identidad.

No obstante el que recibe, ve al inmigrante como a un extraño y muchas veces lo juzga como a un invasor, lo mismo ocurre con el que llega quien al no sentirse identificado culturalmente con las costumbres de los habitantes del país al que emigra, persiste con los patrones culturales que lo identifican. Cómo poder solventar eso, el espacio que le corresponde tanto a la esfera privada como a la pública podrá ser la solución.

Pero, en la esfera pública, todos deberían comportarse de acuerdo a las normas y leyes del país donde residen, sin evidenciar sus rasgos peculiares. En tanto que en la esfera privada, cada quien está en la libertad de comportarse como quiera, siempre y cuando guarden las normas mínimas de urbanidad y dignidad. Lo que une a los seres humanos son las peculiaridades esenciales que se muestra públicamente y no los aspectos peculiares que los distinguen.

Por ello, los nacionalismos, etnocentrismos, racismos deberían ser parte del pasado y a partir de ahí, convertir al mundo en un territorio donde habite la especie humana identificada no con principios de nación, sino de naturaleza, junto a todo ser viviente de la tierra. Pero para eso, se requiere una conciencia de especie.

Comprender que solo hay una especie humana que habita en el planeta tierra. Que la supervivencia de la humanidad depende del cuidado que le tenga al lugar donde reside, al respeto que le profese a la diversidad especies vivientes con las cuales comparte el mundo y desde luego, a las distintos grupos étnicos existentes, será el inicio para consolidar una gran nación, sin fronteras, donde cada hombre y mujer disfrute de las mismas oportunidades para su desarrollo, acceso a una vida honesta y a su vez, sea responsable de sus actos con justicia y dignidad, podrá significar más que una utopía.

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