La batalla final, ¿por la deconstrucción del modelo de globalización?

Eduardo Camín
Rebelión

El director general de la Organización Mundial del Comercio (OMC) Roberto Azevêdo se reunió en Ottawa el 24 de octubre con el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, con el fin de hablar de la actual situación del comercio mundial y del debate que un grupo de países sugiere en torno a la reforma de la OMC.

Pero esta reunión contó con ausencias importantes ya que los principales beligerantes comerciales (EEUU-China) no participaron de la misma. En realidad este cónclave de los defensores del libre comercio, de alguna forma preparaba el terreno para la reunión del Órgano de Solución de Diferencias (OSD) que se celebrara en el Centro William Rappard, sede de la OMC en Ginebra.

El sistema de solución de diferencias de la OMC está basado en las normas, procedimientos y prácticas elaborados en el marco del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT) de 1947. Este sistema se ciñe a calendarios específicos y detallados que han de seguirse para concluir el examen de cada asunto. Los asuntos son examinados inicialmente por un grupo especial integrado por tres personas seleccionadas especialmente para el asunto.

Dentro del marco de negociaciones, el sistema de solución de diferencias de la OMC alienta las soluciones amistosas, más que las carreras por vencer los asuntos. Más de la mitad de las diferencias planteadas durante los últimos 20 años ante la OMC se han resuelto de manera amistosa sin necesidad de establecer un grupo especial. Pero este sistema supone la pesadilla del presidente estadounidense Donald Trump y sus asesores, en la materia. Y lo condena a su muerte definitiva a partir del año próximo.

No se debe olvidar en este sentido quién es quién, y recordar que cuando Robert Lighthizer, el principal negociador comercial del gobierno estadounidense, tuvo sus inicios en la diplomacia comercial durante la presidencia de Ronald Reagan, por aquel entonces al coloso americano le gustaba resolver sus conflictos comerciales por la fuerza, al exigirle a sus socios que frenaran sus exportaciones o indicar que se enfrentarían a las consecuencias, irremediables de los aranceles.

En la actualidad, los conflictos comerciales se adjudican de otra manera: desde 1995, fecha de creación de la OMC, Estados Unidos ha tenido que llevar sus quejas ante el sistema de solución de diferencias, como cualquier otro país. Ha perdido algunos casos, en especial los relacionados con la singular manera que tiene Washington de medir el dumping, una práctica de competencia desleal.

Y también suele ganar algunos cuando denuncia alguna práctica injusta en el extranjero. Pero este sistema parece no gustarle a Trump. Un reciente ejemplo es la forma despreciable y agresiva en que los negociadores comerciales de Trump se han dirigido a sus contrapartes mexicanas y canadienses en el proceso de renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

Ësto lleva a que algunos diplomáticos y expertos en materia comercial se interpelan si el objetivo final de la Casa Blanca no es otro que reventar todo el marco legal que regula el comercio mundial. Lo que Washington realmente pareciera desear es el tipo de carta blanca que gozaba en la década de 1980 para forzar a un país tras otro a reducir a cero el superávit comercial con Estados Unidos.

Este hecho en sí mismo, no debería llamar la atención ya que en diversos momentos de su campaña electoral, Trump amenazó con una posible salida de los Estados Unidos de la OMC. En su propuesta titulada Agenda de Política Comercial 2017 (Trade Policy Agenda 2017), Trump dejó en claro que tanto la OMC como las decisiones de las disputas en este ámbito pueden ser repensadas y eventualmente no consideradas si, a juicio de la actual administración, los intereses estadounidenses no fuesen observados.

Es cierto que Trump proclama siempre un discurso más proteccionista y amenazador sobre el orden internacional global. Sin embargo, en lo que se refiere a la OMC, una posible salida de EEUU de esta Organización, priorizando acuerdos de comercio bilaterales, generará impactos no sólo para el sistema multilateral sino y sobre todo, para ellos mismos.

Una eventual salida estadounidense impediría, por ejemplo, la utilización del OSD para resolver diferencias comerciales. Esto llevaría a Washington a discutir caso por caso las disputas comerciales que puedan surgir en el futuro, además de no poder exigir que los otros países cumplan la legislación común del comercio internacional en las operaciones de comercio exterior con Estados Unidos.

La ausencia de esas reglas podrían someter al país a innúmeras “guerras comerciales”, que podrían perjudicar su propia economía y sobrecargar su diplomacia, buscando soluciones únicas para cada problema y disputa comercial que puediera surgir.

El efecto nocivo para la economía estadounidense, mayor importadora del planeta y el país con mayor número de empresas transnacionales hoy en día, es incalculable. Sin duda, una eventual salida de este país de la OMC debe traer muchas más desventajas que ventajas para la economía y el efecto sería devastador para el país.

Las administraciones que precedieron a la de Donald Trump fueron grandes portavoces del libre comercio, papel que Estados Unidos ha desempeñado desde el final de la Segunda Guerra Mundial, como la economía más grande del planeta.

En lo que se refiere a desventajas, un pequeño ejemplo de la posible implosión en el mercado doméstico estadounidense es el efecto de las sanciones que el presidente Trump afirma que colocará en práctica contra China y México.

Es importante recordar que China es la mayor acreedora de títulos de deuda pública de Estados Unidos y que gran parte de las plantas industriales de empresas estadounidenses se encuentran instaladas en México. Pérdida de eficiencia, aumento de costos y desempleo serían algunos de los efectos inmediatos en un futuro, no tan distante, algunos ya lo sitúan en torno al año2020.

Aunque la OMC sufriría un golpe si se saliera EEUU, podría sobrevivir, ya que en la actualidad, este país representa apenas el 13 por ciento del comercio mundial, una cifra inferior al 25 por ciento que ostentaba durante la década de 1980.

Conclusión

De esta forma, pregonar por la deconstrucción del modelo de globalización liderado por Estados Unidos a lo largo de las últimas décadas, además de significar el quebrantamiento de un importante patrón de la política exterior del país para temas de comercio internacional, seguramente traerá perjuicios aún inmensurables para el mundo entero pero, sobre todo, para los propios estadounidenses.

El nuevo oeste adquiere un espacio en el concierto mundial, lógicamente en un mundo industrializado, los mecanismos de intervención son sutiles.

En este sentido pareciera que todas estas gesticulaciones y ocurrencias, de aparente contradicciones de la globalización, debe entenderse como una nueva estrategia, al servicio de un viejo ideario, para que el capitalismo mundial y su principal exponente continúen obteniendo beneficios de amplios territorios mediante la acción de las grandes corporaciones transnacionales, que son, en definitiv,a los principales exponentes del comercio mundial.

Este marco económico global, tiene perversas consecuencias políticas, comerciales, socioeconómicas y financieras sobre la mayoría de los países, al perder elevadas cotas de soberanía. Continentes enteros como África, quedan totalmente al margen de estas batallas del nuevo orden, mientras que América Latina intenta con denuedo lograr una inserción adecuada al comercio mundial.

Pero lo cierto es que su papel, tanto en el capitalismo histórico como en su actual fase global, se reduce a ser meros espectadores dependientes, con las permanentes secuelas de la teoría de la dependencia que desde hace siglos nos fue asignada por los centros de poder capitalistas.

Eduardo Camín, periodista uruguayo, miembro de la Asociación de Corresponsales de prensa de la ONU. Redactor Jefe Internacional del Hebdolatino en Ginebra. Asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la )

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