Después de la ola hondureña

Miguel Ángel Sandoval

El éxodo de hondureños es conmovedor. Miles tomaron la decisión de abandonar su país para no morirse de hambre o de balas. Lo hicieron por miles, 5 mil, 7 mil o 10 mil, no lo sabemos y seguro no lo sabremos. Mientras, los chapines que abandonan Guatemala lo hacen por goteo sucesivo, imparable, de varias decenas al día, en silencio. Y son ya 3 millones en EE. UU. por ese goteo que dura años. El apoyo gubernamental es subir el precio del pasaporte para “disuadir” aunque todos sabemos que es para hacer negocio a sus costillas, como lo hacen los que lucran con las remesas.

Sacando fuerza del deseo imperativo de no morirse de hambre o de balas, los hondureños han hecho una verdadera proeza, una odisea. Aún no sabemos si conseguirán su propósito de llegar a EE. UU.; pero por ahora, han puesto en trapos menores la política migratoria de Honduras, Guatemala, México, EE. UU. Ninguno de los países tiene algo parecido a una política migratoria que vaya más allá de la visión de seguridad y de medidas de control de naturaleza represiva, cuyo mayor representante Trump, vociferando amenazas con el ejército en la frontera y de paso olvida que EE. UU. son integrados por migrantes: irlandeses, alemanes, chinos, hindús, suecos, italianos.

Esa visión de seguridad, es el sentido de la llamada Alianza para la Prosperidad, por eso su fracaso, pues el tema no es de seguridad ni nada parecido. En todo caso es de seguridad alimentaria, de seguridad del empleo, de seguridad por la vida, no de seguridad para los estados y sus aparatos de gobierno. Solo un ejemplo sirve para ilustrar esta afirmación: no hay uno de estos países que no le haya asignado un espacio en sus cuentas nacionales a las remesas, pues a todos les conviene la derrama producto del trabajo de los migrantes.

Por ello ahora se debe plantear el serio el tema. Si hay planes para el supuesto retorno de los que ahora formaron parte del éxodo de Honduras hacia EE. UU., lo mínimo sería decir: regresen, hay 5 mil puestos de trabajo a su disposición. Y luego agregar: no tengan pena, la violencia está controlada. Es lo mismo para los otros países. Lo contrario es el regreso a la infamia para seguir buscando la manera de irse lejos para tratar de vivir de una forma decente.

Lo ocurrido no puede ser borrado de la vida de nuestros países. Observamos la decisión de miles de hondureños que sabiendo que su osadía no tenía el aval de su gobierno, desnudaron la realidad del gobierno del fraude, instalado en el poder con el apoyo claro de EE. UU. Igualmente vimos la enorme solidaridad de los guatemaltecos que de muchas formas se hicieron presentes con lo que pudieron, así fueran palabras de aliento desde una pobreza semejante.

Ahora queda la urgente necesidad de plantearse el tema de los migrantes. No basta hacer cuentas sobre los beneficios que derraman sobre todos los sectores de la economía, menos para ellos. Hay que plantear con seriedad una idea: evitar la migración forzada, y que más adelante solo se produzca por voluntad de conocer, de viajar, menos obligados por el hambre y la inseguridad. Pero para ello hace falta cambiar la situación de nuestros países de fondo, de raíz. Igual no se puede.

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