La verdad es que a Trump no le falta razón respecto a la globalización

Larry Elliott

Una vez cada tres años, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial celebran su reunión anual fuera de casa. En lugar de ir de acá para allá por Washington, la reunión de ministros de Finanzas y gobernadores de bancos centrales la acoge un Estado miembro. Desde que el encuentro del año 2000 en Praga sufriera el asedio de los alborotadores antiglobalización, los encuentros en la lejanía han tendido a celebrarse en lugares a los que no es fácil llegar o en los que el régimen tiende a tomarse sombríamente la protestas: Singapur, Turquía, Perú.

La reunión de este año tendrá lugar en un par de semanas en la isla indonesia de Bali, donde el FMI y el Banco Mundial pueden estar razonablemente confiados de que no sufrirán ningún trastorno las reuniones. Al menos, no desde el exterior. La verdadera amenaza ya no proviene de los anarquistas con pasamontaña que lanzan cócteles Molotov, sino desde dentro. El que lanza hoy las bombas de gasolina es Donald Trump y para organismos multilaterales como el FMI y el Banco Mundial eso representa una amenaza mucho mayor.


El presidente norteamericana así lo dijo en su discurso ante las Naciones Unidas el martes: “Rechazamos la idea del globalismo y abrazamos la doctrina del patriotismo”. A lo largo de decenios, el mensaje del FMI ha consistido en que romper las barreras al comercio, permitiendo que el capital se mueva sin obstáculos por las fronteras y restringiendo la capacidad de los estados de regular las grandes empresas multinacionales, constituía la vía a la prosperidad. Ahora, el hombre más poderoso de la Tierra está diciendo algo distinto: que la única forma de poner remedio a los males económicos y sociales causados por la globalización es hacerlo por medio del Estado nacional. Del discurso de Trump se burlaron sus colegas, los líderes mundiales, pero lo cierto es que no se trata de una voz a solas.

La otra gran superpotencia del mundo – China – nunca ha abandonado el Estado nacional. A Xi Jiping le gusta recurrir al lenguaje de la globalización para contraponerse a Trump, pero el formidable registrado por China en las últimas cuatro décadas ha sido consecuencia de hacer lo opuesto de lo que recomendaban los manuales de la globalización. Las medidas tradicionalmente desaprobadas por el FMI – sectores económicos gestionados por el Estado, subvenciones, controles de capital – han sido centrales para el capitalismo gestionado de Beiying. China no se ha cerrado sin duda a la economía global, pero se ha implicado en ella en sus propios términos. Cuando el régimen comunista quiso sacar a la gente del campo y meterla en las fábricas, lo hizo mediante el mecanismo de una moneda devaluada, lo que convirtió las exportaciones chinas en algo competitivo. Cuando el Partido decidió que quería pasar a la fabricación de más alta y sofisticada tecnología, insistió en que las empresas extranjeras que desearan invertir en China compartiesen su propiedad intelectual.

Esta suerte de enfoque no resulta nuevo. Es la forma en la que operó la mayoría de los países occidentales en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, cuando los controles de capital, la inmigración gestionada y un enfoque prevenido respecto a la eliminación de barreras comerciales se veían como algo necesario si los gobiernos querían cumplir con las exigencias públicas de pleno empleo y niveles de vida en ascenso. Los EE.UU. y la UE afirman hoy que China no juega limpio, porque ha ido prosperando con una estrategia económica que se supone que no funciona. Hay algo de ironía en esto.

La idea de que el Estado nacional se marchitaría se basaba en tres argumentos separados. El primero era que las barreras al libre movimiento global de bienes, servicios, personas y dinero eran económicamente ineficaces y que eliminarlas conduciría a mayores niveles de crecimiento. No ha sido este el caso. El crecimiento ha sido más débil y menos equitativamente compartido.

La segunda era que los gobiernos no podían resistirse a la globalización aunque quisieran. Esta fue en términos generales la visión adoptada en su día por Bill Clinton y Tony Blair, y que hoy mantiene viva Emmanuel Macron. El mensaje transmitido a los trabajadores que quedaban desplazados era que el poder del mercado era – más como un huracán o una ventisca – una fuerza irresistible de la naturaleza. Esto ha constituido siempre un argumento dudoso, pues no hay nada que sea un mercado libre puro. La globalización se ha visto configurada por decisiones políticas, que han favorecido durante las últimas cuatro décadas los intereses del capital por encima de los del trabajo.

Por último, se argumentaba que la naturaleza transnacional del capitalismo moderno volvía obsoleto el Estado nacional. Dicho con sencillez, si la economía era cada vez más global, la política debía ser asimismo global. Hay algo claro en esto, pues los mercados financieros imponen límites a los gobiernos y sería preferible para ellos que hubiera una forma de gobernación global que impulsara la estabilidad y prosperidad de todos. El problema estriba en que en la medida en que existe dicho mecanismo, ha quedado en manos de los globalistas. Y eso resulta tan cierto de la UE como del FMI.

De modo que, si bien el Estado nacional dista de ser perfecto, es donde empezará inevitablemente la alternativa al actual modelo fallido. Los votantes dirigen la vista cada vez más hacia una forma de gobierno en lo que tengan algo que decir para que se proporcione seguridad económica. Y si los partidos del arco principal no están preparados para ofrecer lo que quieren estos votantes – trabajo con un salario decente, servicios públicos adecuadamente financiados y controles a la inmigración, entonces mirarán hacia otra parte buscando partidos o movimientos que lo ofrezcan. Este ha resultado ser un problema especial para los partidos del centro izquierda: los demócratas de los EE.UU., el Nuevo Laborismo en Gran Bretaña, el SDP en Alemania, que subscribieron la idea de que la globalización era una fuerza imparable.

Jeremy Corbyn no acepta, desde luego, la idea de que el Estado está obsoleto como agente económico. El plan estriba en levantar un género distinto de economía de abajo arriba, a escala local y nacional. Y eso no va a ser fácil, pero así se rebasa el fallido y actual enfoque de arriba abajo.

Larry Elliott: dirige la sección de economía del diario británico The Guardian.
Fuente: The Guardian
Traducción: Lucas Antón
www.sinpermiso.info

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