Guatemala: Oliverio, con el corazón en un puño

Carlos Figueroa Ibarra

Oliverio Castañeda de León
Cuarenta años transcurrieron desde aquel entonces y en efecto, el mundo ha cambiado radicalmente desde aquel momento en que Oliverio pronunció su último discurso y aquella frase que ha quedado como una suerte de testamento político: “Ellos pueden matar a nuestros dirigentes, pero mientras haya pueblo habrá revolución”. En el momento de pronunciar aquella enfática afirmación, lo que Lenin y Gramsci llamaron “la actualidad de la revolución”, era un hecho incontestable. Desde 1917 con el triunfo de la revolución bolchevique, el planeta entero estaba marcado por lo que se pensaba era el inicio de la transición mundial del capitalismo al socialismo. Pese a la derrota revolucionaria sufrida en la Europa de entreguerras, el aplastamiento del fascismo logrado con el concurso esencial de la Unión Soviética, había reiniciado un flujo revolucionario encarnado en la presencia creciente de un campo socialista, el movimiento sindical y el auge de los movimientos de liberación nacional. La derrota del imperialismo francés en Dien Bien Phu (1954) y en Argelia (1962), la derrota estadounidense en Vietnam (1975), el poderío de la URSS y el auge de la clase obrera en muchos países, mostraban que no era descabellado pensar que el capitalismo estaba a la defensiva.

Cuando Oliverio Castañeda de León pronunció aquel discurso rematado con una convicción revolucionaria, Centroamérica se encontraba en efecto en una creciente situación revolucionaria. El asesinato de Pedro Joaquín Chamorro en enero de 1978 había desencadenado una ola insurreccional que no pararía sino hasta el 19 de julio de 1979 con el triunfo sandinista. Y esa oleada revolucionaria se transmitiría a El Salvador y Guatemala. Aquel 20 de octubre de 1978, cuando Oliverio bajó de la Concha Acústica del Parque Centenario y junto a algunos de sus compañeros del movimiento estudiantil, se encaminó por la Sexta Avenida hacia el Pasaje Rubio en donde cumplió su cita con la muerte, el amanecer había dejado de ser una tentación como diría Tomas Borge y la revolución era una real posibilidad. Era Oliverio un joven de cabello castaño y tez blanca, de clase media acomodada, egresado del Colegio Americano. Tres años antes hubiese parecido muy improbable que se convertiría en un militante de la Juventud Patriótica del Trabajo, un brillante líder estudiantil y después de su asesinato, en un ícono de la juventud revolucionaria.

Desde 1978, mucho de lo que alimentaba el optimismo revolucionario ha desaparecido. El socialismo real se derrumbó, la socialdemocracia clásica se volvió neoliberal, la clase obrera se encuentra desarticulada, el neoliberalismo se convirtió en una realidad rampante. El mismo concepto de revolución necesita ser resemantizado. Pero como han demostrado los procesos políticos latinoamericanos de este siglo, resulta cierto que mientras haya pueblo habrá revolución.

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