Frente al espejo….

Adrián E. Chávez García
El amanecer del jueves se tornó más gris que de costumbre, la emisión del humo y la densidad de la niebla, no lograron ocultar la impactante escena que sorprendió a quienes, resignados, tratamos de ganarle unos metros al tiempo entre el caos del periférico citadino.

El toparnos de frente con la marcha presurosa de una gran cantidad de hermanos catrachos, que en su afán de llegar a frontera, optaron por ignorar el hambre, el cansancio, el frio provocado por la lluvia o el viento que se colaba entre los harapos que los cubrían, el dolor de las llagas nacientes en cada paso y el peso de las criaturas o de las mochilas en las que resguardaban sus únicas pertenecías, estremeció a la mayoría de guatemaltecos que con las gargantas ocluidas y los ojos conteniendo el llanto, no dejábamos de expresar nuestra indignación, tristeza y rechazo ante las desgarradoras imágenes.

Las muestras de solidaridad no se hicieron esperar, digna actitud por quienes se acercaron a los caminantes para darles alimento, cobijo, dinero o jalón, con tal de ayudarles a cumplir su objetivo.
La tensión en la frontera es preocupante, la avalancha humana, las acciones represivas de la policía mexicana, el llanto y los rostros de angustia y la desesperación que animó a muchos a precipitarse desde el puente a las aguas del rio Suchiate, no son imágenes propias de una caravana, son las imágenes de un éxodo humano provocado por la violencia, la pobreza, la falta de oportunidades y la exclusión social de un pueblo, que en su historia reciente, ha sido traicionado por su propia clase política.

Pero la realidad no es distinta en nuestro país, la atención a estos hechos, ayudaron a disipar de la memoria de muchos, las acciones de un gobierno empeñado en obstruir el avance de las investigaciones para la aplicación de la justicia o proyectar una falsa imagen con descaradas mentiras y a distraernos de las acciones de una clase política de esbirros, que aprovechando la distracción provocada por la tragedia humana, modificaron el Código penal a la medida de sus intereses y lograron hacer avanzar esa agenda de impunidad que les permitirá perpetuarse en el poder.

Las condiciones que expulsaron a toda esa gente de su país, tampoco nos tiene que resultar ajenas, son las mismas en las que sobreviven las comunidades en los intersticios del Jumay, que cada cuatro años, reciben a los políticos de siempre con las mismas promesas de siempre; son las mismas que afronta la gente de Oratorio, cuando al no haber bus, tienen que echarse al hombro a sus enfermos y caminar más de 20 kilómetros de carretera entre las montañas, para llegar a la cabecera municipal y obtener una receta en el centro de salud; son las mismas preocupaciones de la gente de la costa, que ven en la zafra la única oportunidad de trabajo, aunque pongan en riesgo propia salud o son las mismas condiciones que se viven en los asentamientos que cuelgan de los barrancos, cuando meterte a una mara, constituye tu única oportunidad de sobrevivencia.

La indignación, tristeza y el rechazo que muchos sentimos al ver esas imágenes, no es más que la terrible sensación que sentimos cuando al desnudarnos frente al espejo vemos descubiertas nuestras carencias, excesos y nuestras imperfecciones; Porqué en los rostros de angustia de aquellos catrachos, lo que vimos reflejada fue nuestra propia realidad; esa que nos empeñamos en negar como producto del racismo, de los prejuicios o de la indiferencia; esa realidad que cada día expulsa a muchos paisanos y los obliga a emprender su propio éxodo a la tierra prometida, en busca de las oportunidades que le son negadas en su propia patria.

Vergonzosa realidad que no cambiara jamás, mientras sigamos dejando que impunemente la clase política siga privilegiando sus propios intereses, mientras nos sigan asustando con el petate del muerto, de que, si nos salimos del libreto, nos vamos a convertir en otra Cuba, en otra Venezuela o en otra Nicaragua, mientras nos traguemos el cuento de que la lucha en contra de la corrupción es ideológica y que tenemos que defender a esa “soberanía”, que hoy, si conviene defender, y mientras permanezcamos inertes ante la inercia y demostremos con hechos, la solidaridad y el amor que le tenemos a nuestra patria, a nuestros hijos y como dijo el poeta: a los hombres sencillos de nuestro bello y horrendo país.

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