Tres concepciones marxistas de la historia y una polémica en torno a Robert Brenner

Ariel Petruccelli

En su interesante reconstrucción panorámica de las polémicas entabladas en el mundo anglo parlante en torno a la teoría marxista de la historia, Vivek Chibber concluye que el materialismo histórico, entendido como una teoría determinista tecnológica del desarrollo de las fuerzas productivas, ha sido debilitado tanto -procurando defenderlo- que se ha tornado insostenible. Sin embargo, a juicio de Chibber, de esos mismos debates emergería una interpretación marxista alternativa sobre el curso histórico, basada en la lucha de clases (Chibber (2011)).

El presupuesto subyacente -y ampliamente compartido por otros estudiosos- es que existen dos interpretaciones generales sobre la historia de raigambre marxista. Aquella que hace hincapié en el desarrollo de las fuerzas productivas y encuentra su fundamento textual esencial en el famoso Prefacio a la Contribución a la critica de la economía política de 19859; y aquella que prioriza la lucha de clases y se ampara en el famoso dictum del Manifiesto Comunista: “la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases”. La primera concepción tuvo ilustres y tempranos defensores -como Plejanov y Kautsky- pero fue sistematizada con todo rigor por Gerald Cohen en Teoría de la historia de Karl Marx: una defensa; la obra que, desde su aparición, ha estado en el centro de las discusiones marxistas en torno a la teoría de la historia. La segunda interpretación, por el contrario, nunca fue objeto de un desarrollo sistemático equiparable -hecho que por si mismo amerita alguna explicación-, aunque persistentemente rondó como la contra-cara del “objetivismo determinista tecnológico”, con apelaciones muchas veces “subjetivistas” o “idealistas” en pos de conceder crucial importancia a la acción política.

Aquí sostendré, sin embargo, que no existen dos, sino tres, interpretaciones generales marxistas sobre la historia. Al margen de la dicotomía entre primacía de las fuerzas productivas o primacía de la lucha de clases, existe un tertium quid: la primacía de las relaciones de producción. Todas estas perspectivas encuentran algún tipo de respaldo textual en la obra de Marx, y todas poseen -en mayor o menor medida- defensores o sostenedores.

El materialismo histórico canónico

La concepción “tecnológica” del curso histórico en clave marxista puede ser abordada sucintamente. Fue expuesta por el propio Marx en el famoso texto de 1859, y es la teoría que aparece expuesta en cualquier manual. Presupone la distinción entre una base y una superestructura. La base es fundamentalmente económica e incluye a las fuerzas productivas y a las relaciones de producción. Las primeras son fundamental, aunque no exclusivamente, la tecnología disponible. Las relaciones de producción son relaciones de “propiedad” sobre la fuerza de trabajo, los medios de producción y el producto del trabajo. Las relaciones de producción se organizan en términos de modos de producción característicos: feudal, esclavista, capitalista, etc. La superestructura, por su parte, es jurídico-política e ideológica. En este modelo las fuerzas productivas actúan como principio motor: tienden universalmente a crecer. Cuando este crecimiento sobrepasa determinado límite, las relaciones de producción en cuyo marco se habían desarrollados las fuerzas productivas hasta allí se convierten en una traba para su crecimiento. Se produce así un “choque” (o contradicción, como suele decirse) entre las viejas relaciones de producción y la necesidad perenne de crecimiento productivo; lo que conduce a antagonismos que, a la corta o a la larga, habrá de saldarse con el triunfo de nuevas relaciones de producción, capaces de relanzar el desarrollo productivo aminorado o temporariamente detenido. Más tarde o más temprano, la alteración de las relaciones de producción provocará cambios en los sistemas jurídicos y en las creencias sociales. Con este esquema general de fondo, se podía postular un proceso evolutivo: modo de producción asiático – esclavismo – feudalismo – capitalismo – comunismo.

Expuesta de esta manera simple y cruda, esta concepción puede ser fácilmente rechazada. Sin embargo, puede ser expuesta de una manera mucho más sutil y sofisticada, como lo hiciera Gerald Cohen. En otros lugares he sometido a un minucioso examen critico la reconstrucción propuesta por Cohen. Aquí quisiera hacer dos puntualizaciones que no siempre son tenidas suficientemente en cuenta. La primera es que, aún en su forma más simple, determinista y unilineal, cuando Marx expuso esta concepción del curso histórico la misma resultaba un avance considerable en relación a las representaciones existentes: ya sea el unilateral positivismo de la historia política, ya sea el idealismo especulativo de raigambre hegeliana. Colocada en su contexto, una concepción como la expuesta tenía la enorme virtud de destacar la importancia de los procesos económicos en el curso histórico, así como hacernos ver que todos los seres humanos -y no sólo los grandes hombres- son agentes productores de la sociedad y de la historia.

La segunda puntualización se relaciona con el arraigo de esta concepción en los marxismos militantes. Un arraigo, a mi juicio, debido a determinaciones político-ideológicas, antes que estrictamente teóricas. Marx mismo, en sus estudios específicos tanto como en una serie de tajantes afirmaciones hacia el final de su vida, mostró lo poco que se atenía a esta visión, a la que llegó a rechazar explícitamente. Sin embargo, casi todos los marxismos militantes del siglo XX y finales del siglo XIX se mostraron reacios a rechazar sin atenuantes que las fuerzas productivas y su desarrollo son la clave de la historia; incluyendo aquellos qué más insistían en la acción política y más críticos se mostraban del determinismo estructural: aunque sea en última instancia, la historia y su resultado estaba dirigido por el desarrollo productivo. No es difícil hallar la razón de esto. La teoría del desarrollo de las fuerzas productivas proporcionaba la certeza del triunfo final del socialismo. El advenimiento de la nueva sociedad estaba garantizado por las leyes de la dialéctica histórica (así se lo creía), cuyo principio e indetenible motor es el crecimiento productivo. El socialismo, de tal cuenta, era concebido como una inevitabilidad histórica. Ciertas coyunturas, circunstancias y acontecimientos podían acelerar o retardar, facilitar o dificultar, su triunfo. Pero en última instancia el mismo estaba garantizado, al menos a largo plazo. Circunstancialmente las cosas podían presentarse políticamente poco favorables, pero, por así decirlo, los marxistas luchaban con el as de espadas en la manga: a la larga no podían perder. Dicho esto, es necesario comprender la importancia política, subjetiva, incluso psicológica de esta concepción. La militancia marxista, sobre todo la militancia revolucionaria, implicaba usualmente grandes sacrificios, no pocos sufrimientos (incluyendo la cárcel y las torturas) y graves riesgos (incluso de vida). En tales condiciones, es indispensable poseer convicciones sumamente fuertes. Bastante más fuertes, en todo caso, de las que son necesarias en condiciones más relajadas. Las personas no se exponen voluntariamente a correr serios riesgos sin motivos profundos. Tampoco realizan voluntariamente sacrificios que otros miembros de su sociedad consideran elevados sin darse cuenta, como por error. Al contrario: en todas estas circunstancias son indispensables profundas convicciones. La repulsa a rechazar completamente el determinismo por parte de muchos marxistas, pues, tuvo determinantes políticos, antes que teóricos.

Con todo, y como muy bien muestra Chibber, el determinismo tecnológico, incluso en sus versiones más débiles es altamente vulnerable a la crítica, y pocos son los marxistas que hoy en día estarían dispuestos a defenderlo.

Lucha de clases

Al margen de las antedichas razones políticas para negarse a tirar por la borda la teoría de la primacía de las fuerzas productivas, desarrollar el marxismo como una pura teoría de la lucha de clases presentaba una serie de problemas estrictamente teóricos. Si el elemento clave para explicar y comprender el curso histórico fuera la lucha, entonces resulta difícil eludir dos consecuencias: la “accidentalización” y la “subjetivación” de la historia. Veamos por qué. Si los procesos históricos dependieran fundamentalmente de las victorias y derrotas en la lucha de clases, entonces resulta difícil especificar un patrón o pauta histórica: los inciertos resultados de las luchas determinarían el curso general. Esta conclusión no puede ser evitada argumentando que los resultados no son tan inciertos, debido a que habría ciertas causas más “profundas” que favorecerían a una u otra de las clases en lucha, ya que, de ser así, entonces la primacía de la lucha de clases no sería tal: habría otras causas con mayor capacidad de influencia a largo plazo. Y si la marcha a largo plazo de la historia dependiera del resultado no muy fuertemente condicionado por causas estructurales, entonces la astucia táctica de los jefes, la moral de las masas y las perspectivas estratégicas de las fuerzas en pugna (todos elementos más “subjetivos” que “objetivos”, más políticos que económicos, más coyunturales que estructurales) pasan a primer plano, con lo cual no habría muchas razones para denominar a una teoría tal “materialismo histórico”: parecería ser, más bien, una concepción “idealista”. A esto hay que sumar que una concepción tal no puede dar cuenta de la dinámica de las sociedades no divididas o estructuradas en clases sociales -las cuales han abarcado la mayor parte de la historia humana-, con lo que se resiente la pretensión del materialismo histórico de ser una teoría de la historia, salvo que se asuma la discutible distinción convencional entre historia y pre-historia (ausente por lo de más en Marx). Todo esto explica muy bien por qué, a diferencia de la interpretación basada en la primacía de las fuerzas productivas, la concepción que prioriza la lucha de clases nunca fue objeto de una exposición mínimamente sistemática. Sin embargo, su “fantasma” rondó siempre en la tradición marxista, y cada vez que una exposición sonaba demasiado determinista tecnológica, alguien se encargaba de recordar que, después de todo, la historia es la historia de la lucha de clases.

Tertium quid: la primacía de las relaciones de producción

Existe, sin embargo, una interpretación alternativa en la tradición marxista. Una interpretación que encuentra sustento en El Capital (o al menos en cierta lectura del mismo habilitada por el propio Marx) y en muchos otros pasajes de la extensa obra de su autor. Se trata de la prioridad analítica concedida a las relaciones de producción. Sucede, sin embargo, que muchas veces no se aprecia que la primacía de las relaciones de producción no es lo mismo que la primacía de la lucha de clases, con lo que es usual que se utilicen estos términos como intercambiables. Chibber no es una excepción. Y, sin embargo, en modo alguno se trata de lo mismo. ¿Por qué?

En primer lugar, porque sólo algunas sociedades humanas se hallan divididas en clases y, por consiguiente, hay o puede haber dentro de ellas lucha de clases. En cambio toda sociedad humana posee relaciones de producción, entendidas como la totalidad de las relaciones de apropiación (de medios de producción, fuerza de trabajo y medios de consumo) y de relaciones de trabajo.

En segundo lugar, porque las relaciones de clase son sólo una -por más importante que sea- entre varias formas posibles de relaciones de producción: hay o puede haber una división del trabajo según el género, según la etnia, etc. Incluso parte del Estado puede integrar el universo de las relaciones de producción, con lo cual deja de ser concebido como una institución total y completamente superestructural: el sistema fiscal o las empresas públicas son parte de la estructura económica, de las relaciones de producción.

En tercer lugar porque es perfectamente argumentable teóricamente y altamente observable en términos empíricos que las relaciones de producción proporcionan las coordenadas objetivas sobre las que se desarrolla la lucha de clases, con lo que su resultado -si bien posee un componente de incertidumbre y en parte estará determinado por factores “subjetivos”- se halla muy fuertemente determinado por los límites y las presiones que ejerce la estructura económica como tal. Es esta estructura de relaciones -antes que las virtudes de los jefes, los accidentes imprevisibles o las perspectivas estratégicas operantes en la lucha- lo que explica fundamentalmente el curso histórico a largo plazo.

Por consiguiente, habría que distinguir muy bien a las relaciones de producción de la lucha de clases. Colocando el eje en las relaciones de producción el resultado es una concepción del curso histórico que -pudiendo conceder en determinadas circunstancias una gran importancia a elementos políticos, subjetivos y/o contingentes- no es estrictamente “política” ni “idealista”. Por el contrario, es razonablemente materialista y concede prioridad a tendencias estructurales de largo plazo, con lo que no es ni “subjetivista” ni accidentalista (aunque pueda reconocer la importancia de ciertos accidentes en circunstancias excepcionales).

Lucha de clases o relaciones de producción: polémica en torno a Brenner

Robert Brenner es indiscutiblemente uno de los más importantes intelectuales marxistas contemporáneos. Su obra ha generado una gran cantidad de polémicas, comenzando por el temprano “debate Brenner” sobre la transición al capitalismo (Aston y Philpin (1976)). Y es habitual que se considere a Brenner como un exponente de la primacía de la lucha de clases y, por consiguiente, que se vea en sus tesis una forma de marxismo político o “politicista” para el que las estructuras materiales tendrían poca relevancia. Se trata de una lectura que juzgo equivocada.

La saga la inició Guy Bois en 1976, cuando en su artículo “Contra la ortodoxia neomalthusiana” afirmó que “el marxismo del profesor Brenner es un ‘marxismo político’ como reacción a la ola de tendencias economicistas de la historiografía contemporánea”. A lo que agregó:

Esto lleva consigo una gran visión voluntarista de la historia en la que la lucha de clases está separada de todas las demás contingencias objetivas y, en primer lugar, de aquellas leyes de desarrollo que pueden ser peculiares a un modo específico de producción. (Guy Bois 1976, 140).

Esta lectura, condenatoria en Bois, fue aceptada entusiastamente por Ellen Meiksins Wood. La misma interpretación de la obra de Brenner sería luego aceptada por Eduardo Sartelli, Paul Blackledge y, más recientemente aún, por Razmig Keucheyan (Sartelli (1999-2000), Blackledge (2008), Keucheyan (2013)). Y, sin embargo, considero que es una lectura equivocada. Al margen de algunas ambivalencias terminológicas, una ponderación atenta de los argumentos esgrimidos por Brenner a lo largo de todas sus obras muestra bien a las claras que, si bien no desdeña en absoluto la lucha de clases, la misma es concebida siempre como muy fuertemente constreñida por las relaciones de producción vigentes. La clave explicativa, para Brenner, no es la lucha de clases sino la estructura de las relaciones de producción. De hecho, aunque hasta donde conozco Robert Brenner nunca desarrolló una crítica explícita a las interpretaciones que le adjudican a él una cierta primacía de la lucha de clases (acaso porque siguiendo una dilatada tradición él mismo no distinguió claramente, en términos teóricos, “lucha de clases” de “relacionas de producción”), una lectura atenta del conjunto de su obra muestra que el peso explicativo se halla en las relaciones de producción, y que sistemáticamente criticó a autores a los que (hayan o no empleado el término) razonablemente les podemos imputar una teoría basada en la primacía de la lucha de clases.

En su merecidamente célebre artículo «Estructura de clases agraria y desarrollo industrial en la Europa preindustrial», Brenner sometió a crítica las concepciones mercantilistas y demografistas del cambio económico. Su hipótesis fundamental es la siguiente:

… las «relaciones de propiedad» o de «extracción del excedente», una vez establecidas, tienden a imponer posibilidades y límites estrictos, verdaderos modelos de larga duración del desarrollo económico de una sociedad. Por otra parte, pretendo argumentar que las estructuras de clase tienen una gran propensión a la elasticidad a causa del impacto de las fuerzas económicas, puesto que por regla general no están determinadas, ni tampoco sufren alteración alguna, por cambios en los comportamientos demográficos y/o comerciales. Por consiguiente, puede deducirse que los cambios económicos de larga duración, y más especialmente el crecimiento económico, no pueden analizarse convenientemente en función del surgimiento de cualquier constelación definida de «factores relativamente escasos», a menos que las relaciones de clase hayan sido previamente especificadas; claro está, que los hechos opuestos pueden conducir al impacto de condiciones económicas aparentemente similares. En resumen, para comprender en su conjunto el desarrollo económico a largo plazo, el crecimiento y/o el atraso del período que vamos a estudiar, creemos necesario analizar el proceso relativamente autónomo que origina estructuras de clase concretas, en especial las relaciones de propiedad o de extracción del excedente, y de forma más precisa los conflictos de clase que se originan (o no) en el seno de dichas estructuras. (Brenner (1976 a), 23-24).

En el argumento de Brenner la primacía es otorgada a la estructura de clases, vale decir, a las relaciones de producción. La lucha de clases, pues, no opera en un vacío y “separada de las contingencias objetivas” (como dice Bois), sino dentro de un marco estructural. Según Brenner, en distintos lugares de Europa la lucha de clases arrojó diferentes resultados, pero todos fueron consecuencia de procesos seculares, no de accidentes fortuitos. Por ejemplo escribió:

… la estructura de clases servil o feudal ofreció modelos de desarrollo limitado, ocasionó crisis predecibles y sobre todo produjo el estallido del conflicto de clases latente. La duda surge cuando uno compara el carácter y los resultados de estos conflictos: diferentes según las regiones. Esto no significa que tales resultados fueran incongruentes, sino que es preciso vincularlos con modelos históricamente específicos del desarrollo de los conflictos de clases agrarias, así como con el grado de asimilación en las diferentes sociedades europeas: su nivel de solidaridad interna, su autoconciencia y organización y recursos políticos generales, especialmente su relación con las clases no agrarias … y con el Estado, especialmente si éste actuaba o no como un competidor de clase frente a los señores feudales en lo referente a la extracción del excedente campesino. (Brenner (1976 a), 52).

En un artículo posterior fue aún más explícito. Recapitulando sintéticamente su posición, afirmaba: “yo defendía la importancia de definir y analizar sistemáticamente los procesos seculares divergentes de formación de clase, específicos de varias regiones europeas en la época feudal”. (Brenner 1988 b, 256). No se trata pues de atribuir a la lucha política una capacidad incondicionada, ni tampoco de concebir el proceso histórico como sustancialmente accidental. El acento está puesto en procesos seculares de formación de clases, vale decir, en las relaciones de producción.

Para que la etiqueta de “marxismo político” le sea justamente endilgada habría que probar que para Brenner los resultados de las luchas constituyen no solamente la clave explicativa, sino también que los mismos dependen primordialmente de factores políticos. Ejemplos típicos y extremos de “politicismo” pueden ser hallados en algunos análisis marxistas partidarios: por caso cuando se atribuye el resultado (incluso a largo plazo) de la lucha de clases a traiciones de los dirigentes, errores políticos o aciertos tácticos. Esta primacía de la lucha de clases puede ser hallada también en obras académicas. Michael Hardt y Antonio Negri, por citar una obra relevante, han explicado el desarrollo tecnológico bajo el capitalismo y la crisis del keynesianismo como esencialmente un sub-producto de la lucha de clases. La llamada “escuela de la regulación” posee también un enfoque que, en el fondo, podríamos considerar como sustentado en una concepción de la historia “política” que concede primacía a la lucha (o a la conciliación) de clases. Pasajes como los siguientes de Negri y Hardt atestiguan fehacientemente lo que apuntamos:

El poder del proletariado le impone límites al capital y no sólo determina las crisis sino que también dicta los términos y naturaleza de la transformación. El proletariado realmente inventa las formas sociales y productivas que el capital se verá forzado a adoptar en el futuro. (Hardt y Negri (2000), 236).

Los mecanismos Keynesianos y seudo-imperialistas de Bretton Woods entraron eventualmente en crisis cuando la continuidad de las luchas de los trabajadores en los Estados Unidos, Europa y Japón elevaron los costos de la estabilización y el reformismo, y cuando las luchas anticapitalistas y antiimperialistas en los países subordinados comenzaron a socavar la extracción de superganancias. (Hardt y Negri (2000), 234).

No es esta, sin embargo, la concepción de Brenner, para quien el desarrollo tecnológico bajo el capitalismo es el resultado directo de la puja competitiva entre capitales a la que los empuja la estructura misma de las relaciones de producción, antes que la lucha de los obreros contra el capital (como proponen Negri y Hardt). Desde la óptica brenneriana:

la acción de los trabajadores puede ciertamente reducir la rentabilidad en lugares específicos pero por regla general no puede producir una crisis porque no puede provocar una disminución de la rentabilidad espacialmente generalizada (que abarque todo el sistema) y temporalmente extensa. (Brenner (1999), 36).

A lo que agrega:

El hecho de que ninguna de las economías capitalistas avanzadas fuera capaz de escapar de la larga fase descendente es una realidad digna de ser evocada. Ni siquiera las economías más débiles con los más fuertes movimientos obreros, como Gran Bretaña, ni las economías más fuertes con los más débiles movimientos obreros, como Japón, permanecieron inmunes. ¿Es plausible que la explicación de la fase descendente sea que los trabajadores de todas partes acumularon suficiente poder como para restringir las utilidades? (Brenner (1999), 37).

En el mismo sentido va su profunda y extensa crítica a la escuela de la regulación, para la cual una serie de instituciones (el llamado modo de regulación) que serían el resultado de un acuerdo entre las clases (más que de la lucha entre las mismas) serían capaces de imponer una serie de pautas de desarrollo con independencia de las relaciones de propiedad. Críticamente Brenner apunta:

en la medida en que los regulacionistas aluden a los efectos de un conjunto específico de instituciones capitalistas para explicar cómo pudo frenar el modo competitivo de regulación el crecimiento de las fuerzas productivas estructurando un modelo de acumulación predominantemente extensiva –y por qué fue necesaria la regulación monopolista para posibilitar una acumulación intensiva estable–, sus argumentos están viciados precisamente por su olvido sistemático de los efectos dominantes desplegados en la estructura genérica de las relaciones sociales de propiedad capitalistas, y en especial de la constricción competitiva que le es inherente. (Brenner y Glick (1991), 77).

Ejemplos de este tenor se podrían multiplicar con facilidad en las páginas de los textos citados. Ellos son muestra cabal de que el eje analítico de Brenner son las relaciones de producción (o de propiedad), antes que la lucha de clases. Conclusión a la que también se arriba luego de la lectura de la última de sus grandes obras de historia, Mercaderes y revolución, en la que Brenner restablece una interpretación social (basada en la estructura de clases) de la revolución inglesa, diferente y más sofisticada que la interpretación social tradicional (marxista y no marxista), pero desarrollada en contrapunto con el revisionismo que había insistido en el carácter fuertemente accidental -basado en componentes políticos y religiosos- del proceso revolucionario. (Brenner (2013)).

El enfoque de Brenner, dicho sea para concluir, además de no convalidar una altamente subjetivista perspectiva de la primacía de la lucha de clases, proporciona una adecuado marco materialista de intelección histórica basado en la primacía de las relaciones de producción. Permite a mi juicio comprender el curso contemporáneo y, además, proporciona claves para explicar la presente impotencia de las clases explotadas ante el desarrollo socialmente catastrófico del capital. El indispensable pensamiento estratégico sobre la lucha de clases que todo marxismo comprometido políticamente debería esforzarse por desarrollar, no puede basarse en mitologías autocomplacientes.

Bibliografía citada:

Aston, Trevor y Philpin, C. H. E. (1988), El debate Brenner, Barcelona, Crítica.

Blacledge, Paul (2008), “Political Marxism”, en Bidet Jacques and Kouvelakis Stathis, Critical Companion to Contemporari Marxism, Leiden – Boston, Brill.

Brenner, Robert (1976 a), “Estructura de clases agraria y desarrollo económico en la Europa preindustrial”, en Aston y Philpin (1988).

Brenner, Robert (1976 b), “Las raíces agrarias del capitalismo europeo”, en Aston y Philpin (1988).

Brenner, Robert (1999), “El desarrollo desigual y la larga fase descendente: las economías capitalistas avanzadas desde el boom al estancamiento, 1950-1998”, New Left Review.

Brenner, Robert (2011), Mercaderes y revolución, Madrid, Akal.

Brenner, Robert y Glick, Mark (1991), La escuela de la regulación: teoría e historia”, New Left Review.

Bois, Guy (1976), “Contra la ortodoxia neomalthusiana”, en Aston y Philpin (1988).

Cohen, Gerald (1978), Teoría de la historia de Karl Marx: una defensa, Madrid, Siglo XXI / Pablo Iglesias.

Chibber Vivek (2012/13), “Qué vive y qué ha muerto de la teoría marxista de la historia”, Políticas de la memoria, Nro. 13.

Keucheyan, Razmig (2013), Hemisferio izquierda. Un mapa de los nuevos pensamientos críticos, Madrid, Siglo XXI.

Petruccelli Ariel (2010), Materialismo histórico: interpretaciones y controversias, Buenos Aires, Prometeo.

Sartelli Eduardo (1998/99), “Las fuerzas productivas como marco de necesidad y posibilidad. En torno a las tesis de Gerald Cohen y Robert Brenner”, Buenos Aires, Herramienta.

Ariel Petruccelli
es autor, entre otros libros, de “Docentes y piqueteros” y “El marxismo en la encrucijada”.
Fuente:
www.sinpermiso.info

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