Crisis financiera ¿Capitalismo antiglobi?: el último cartucho del poder global americano

Isidro López
Es miembro del Instituto DM

En una escena de la aclamada película sobre tornados asesinos Twister, dos protagonistas, el héroe y una adolescente, se dirigen al corazón de un tornado de enormes dimensiones cuando ven una vaca volando por los aires. Al cabo de un rato ven lo que parece ser otra vaca llevada por el viento. “¡Otra vaca!“, exclama la adolescente alarmada, a lo que el héroe, con la mirada clavada en el horizonte, responde de manera tajante “¡Es la misma!”. El bóvido había estado dando vueltas en círculo llevado por los vientos del tornado poniendo a prueba nuestra tendencia a ordenar los acontecimientos en secuencias progresivas.

Algo parecido sucede con las crisis capitalistas: cuando se resienten los mecanismos por los que ha sido posible gobernar el mundo: globalización, financiarización y neoliberalismo, aparecen primero fuertes ecos de las crisis financieras de 1988, 1998 y 2007, y, finalmente, los mismos elementos centrales de la crisis de 1973, una profundísima crisis de rentabilidad en la esfera de la producción provocada por un exceso de capacidad productiva que no ha hecho sino intensificarse desde mediados de los años 80.

Y pegada a la crisis de beneficios aparece una fuerte crisis política y social. Sin procesos productivos rentables y sin productividad del trabajo, sin beneficio ni excedente, el capitalismo no tiene elementos para mantener con unas mínimas garantías el orden político y social que necesita para reproducirse. El expolio financiero que ha gobernado el mundo capitalista reciente plantea un escenario político que necesita de niveles crecientes de coerción y control, las finanzas no están en condiciones de ofrecer un reparto de la riqueza porque no se alimentan exclusivamente de la creación de nuevos beneficios en la producción, ni siquiera principalmente.

Las finanzas son una fuerza nihilista en términos sociales, son máquinas de golpear poblaciones y apropiarse riqueza independientemente de sus consecuencias políticas

El poder de las finanzas reside en su capacidad de controlar la riqueza ya producida, esto es, un poder propiamente político de apropiación de lo ya existente, que le da un amplio margen de desenganche frente a la producción pero, a cambio, necesita de un enfrentamiento casi constante con la inmensa mayoría de la población del mundo capitalista y, muy especialmente, contra lo que era la base de la legitimidad del capitalismo: el horizonte de ascenso social y la constitución de una clase media global estable en los países del centro capitalista.

Las finanzas son una fuerza nihilista en términos sociales, son máquinas de golpear poblaciones y apropiarse riqueza independientemente de sus consecuencias políticas. Decimos de nuestros estados que son “neoliberales” porque están sometidos casi por completo a los mandatos de las finanzas. El margen de movimiento más allá del clásico programa de control salarial, privatización y recorte de la propiedad pública del Estado es el que coyunturalmente otorguen las finanzas.

Lo más parecido a un modelo social moldeado por el Estado neoliberal son las grandes burbujas inmobiliarias anteriores a la crisis de 2007, ahí España estuvo a la vanguardia del mundo capitalista, y también lo estuvo a la hora de comprobar qué sucede cuando el experimento falla: la estructura social entera se desploma a una velocidad de vértigo y una crisis política, en este caso el 15M, cuestiona directamente el poder transnacional de las finanzas. Sólo gracias a una combinación de gigantesco sostenimiento de los mercados financieros por parte de los bancos centrales y de renacionalización de la esfera política, se ha podido reconducir, de manera muy inestable, el agua al molino de las finanzas.

Tan lleno está el mundo de capitalismo, que éste se ha quedado sin sitios a los que huir cuando entra en crisis, y en crisis, alternando fases agudas y crónicas, lleva desde 2007

A día de hoy, después de casi una década de sostenimiento del capitalismo mundial por parte de los bancos centrales de los países ricos mediante políticas de fuerte expansión monetaria, el capitalismo actual sigue sin dar más síntomas de dinamismo productivo que los que ofrece el saqueo sistemático de las finanzas. Uber, Tesla, Facebook o Twitter, buques insignia del nuevo ciclo de acumulación, se parecen más a un príncipe nigeriano en apuros que, con un poco de ayuda monetaria por parte del receptor del email, le hará millonario, que a aquello que fueron y significaron General Motors, Mitsubishi o BASF, por poner algunos ejemplos, durante las décadas en que la organización industrial daba forma tanto al poder capitalista como al contrapoder obrero.
El capital está en viaje de negocios
Dice el geógrafo David Harvey que el capitalismo crea una geografía a la medida de sus necesidades de acumulación. Esto fundamentalmente quiere decir que cuando el capital se siente confinado en un espacio concreto y entiende que ese confinamiento está acarreando menor poder para explotar la producción social y convertirla en beneficio, destruye esa configuración espacial para generar otra desde la que recuperar el máximo poder posible.

La destrucción de las antiguas jurisdicciones medievales, la creación del sistema de Estados, la colonización, el imperialismo, la guerra fría y el tercer mundo, y finalmente, la globalización, han sido distintos momentos de aserción del poder del capital frente a los muy distintos contrapoderes que le han hecho frente, y que siempre han adolecido de falta de movilidad, han estado condenados al confinamiento en un espacio local, regional o nacional.

Esta capacidad de pasar por encima de las fronteras existentes, o de crear otras fronteras cuando las anteriormente creadas ya no sirven, ha sido la fuente histórica por excelencia del formidable poder que ha llegado a acumular el capitalismo sobre todo el mundo.

Pues bien, tan lleno está el mundo de capitalismo que se ha quedado sin sitios a los que huir cuando entra en crisis, y en crisis, alternando fases agudas y crónicas, lleva desde 2007. Se ha quedado sin sitios a los que huir, lugares en los que se den las condiciones necesarias para relanzar a mayor escala el proceso de acumulación.

China fue el escenario de la última gran huida, un país de millones de habitantes, con una reserva interna de fuerza de trabajo rural que parecía inagotable pero también con gigantescas economías urbanas relativamente cualificadas y, muy importante, bajo el mando político unificado del Partido Comunista Chino, algo especialmente valioso para un capitalismo que huía de los fortísimos episodios de luchas de clases posteriores a 1968, y encontró su refugio en un comunismo estatalizado y en vías de una nueva burocratización tras los años de la delirante revolución cultural maoísta.

Para la potencia capitalista hegemónica desde hace cien años, Estados Unidos, pactar un modelo de entendimiento con Deng Xiaoping significó el acceso a esas valiosísimas condiciones para la reproducción capitalista de un plumazo. Esas condiciones no se dan hoy en ningún otro lugar, ni en África, ni en la Antártida, ni en Retuerta del Bullaque. Lugares, todos ellos, que, aunque algunos tengan población, otros recursos y otros espacios vacíos, ya tienen otras funciones asignadas en el mundo capitalista.
Lo que el viento (financiarizado) se llevó
El gigantesco medio oeste americano, es el gran espacio simbólico trumpista del desgarramiento de Estados Unidos como nación. La tierra de los pioneros, donde se encontraron abundancia de tierras y espíritus indómitos (y unos pocos indios a los que hubo que sacar de plano porque estropeaban el relato patriótico fundacional) es ahora lugar plagado de enormes extensiones de cultivos no rentables y fábricas decadentes.

En el imaginario trumpista la decadencia y la pobreza creciente de este territorio no es asimilable a la gigantesca pobreza urbana de Estados Unidos, a la que sigue representando como minorías étnicas irresponsables y adocenadas que sólo saben esperar ociosamente a que “papá Estado” les pague un subsidio de desempleo, el médico o la recogida de basuras.

En el medio oeste viven americanos blancos de pura cepa a los que los “burócratas de Washington” habrían vendido, dejando que la producción se fuera a China y que los empleos internos los tomase una horda de invasores latinoamericanos. La solución: intentar reafirmar el poder estadounidense mediante el uso de aranceles que encarezcan las importaciones a Estados Unidos y cerrar la frontera Sur, con el meme del muro en la frontera mexicana como imagen central.

Lo cierto es que, más allá de este western crepuscular, el seguimiento de lo que realmente ha sucedido en términos económicos es revelador de los límites, pero también de los peligros de la apuesta del gobierno de Trump. En un primer momento intentó la vía clásica, la depreciación del dolar para favorecer las exportaciones de las que dependen estos territorios. El mecanismo acostumbrado para obtener ventajas competitivas temporales entre los componentes de la llamada “triada” (Estados Unidos-Alemania/EU-China/Japón) donde se sitúan los puestos avanzados del orden capitalista actual. Pero esto le trajo inmediatamente un serio aviso de las finanzas de Nueva York y Chicago: dañar el dolar, significa perder millones en activos de todo el mundo denominados en la moneda americana.

De alguna manera, el mensaje estaba claro, la moneda imperial es menos imperial de lo que era, y solo se mantiene si los números la soportan, ya no puede mantenerse sólo por el poder político global de Estados Unidos. En la mayor sacudida de mercado vista desde la crisis, los bancos y casas de finanzas norteamericanos provocaron el pasado mes de febrero un desplome de todos los valores bursátiles de Wall Street, al abalanzarse sobre los bonos del tesoro norteamericanos para provocar una subida de sus tipos de interés. Un recuerdo a Trump y los suyos de quién manda en este garito.

Con la lección aprendida, asumiendo que el poder de las finanzas está muy por encima del gobierno de los Estados Unidos, la Alt-right se lanza a una nueva vía: la guerra comercial frente a sus rivales económicos. Y una vez en ese terreno, la apuesta no puede ser otra que la reordenación geográfica y política del mundo en un contexto de decadencia de la producción capitalista, de implosión lenta pero segura de las sociedades capitalistas y de turbulencia política permanente. Todo esto sin tocar un pelo a los intereses de bancos, hedge funds y casas de finanzas, que en última instancia, son los agentes políticos que operan en nombre de las élites norteamericanas y globales.

El populismo liberal americano tiene un pasado de enfrentamiento con los grandes holdings financieros y de reivindicación del pequeño empresario hecho a sí mismo, que durante los últimos años del siglo XIX y primeros del siglo XX despertó del sueño americano para encontrarse con el feroz oligopolismo de los Robber Barons. Este pasado volvió a emerger con Occupy Wall Street y la campaña de Bernie Sanders a la presidencia de los Estados Unidos, y lo hizo aún en una forma más radical que en el anterior cambio de siglo. Palabras como “asamblearismo” o “socialismo” sonaron en Estados Unidos en horario de máxima audiencia.

Lo que es más, la deuda, cima de la responsabilización individual en un país donde el perfil de crédito es el equivalente al número de la seguridad social, se puso en el centro del malestar de la población estadounidense. Un endeudamiento interno astronómico que es común a blancos, latinos, afroamericanos, mujeres, hombres, protestantes, católicos, jóvenes, viejos, urbanitas y agricultores. Algo tan insólito como potencialmente desestabilizador, y que enmarca la apuesta política de Trump, convencer al poder financiero y las élites globales, de que un mundo capitalista y americano sólo es posible deshaciéndose de algunos elementos centrales de ese ordenamiento del mundo post-crisis de 1973 al que llamamos globalización.

La sumisión declarada de Trump al poder financiero implica que el conflicto comercial con China tiene algo de negociación cargada de testosterona en la que ambas partes redefinen su parte del arreglo

No es ninguna casualidad que la última vez que Estados Unidos se declaró proteccionista, en el periodo 1918-1939, con la crisis de 1929 de por medio, fuera para asestar el golpe de gracia al orden global liberal del siglo XIX dominado por Inglaterra, y presentarse al mundo como nueva potencia hegemónica capaz de dirigir una nueva oleada de expansión capitalista. Sus herramientas para hacerlo fueron las mismas que hoy pretende utilizar Donald Trump: el uso del arancel sobre las importaciones americanas y el cierre de fronteras. En su favor jugaba un ciclo capitalista ascendente contenido en un país de tamaño continental que no necesitaba el modelo colonialista para controlar el mundo.

Aquella apuesta se resolvió en un enfrentamiento con el otro aspirante a hegemón, Alemania, conflicto primero entre aparatos productivos nacionales y luego guerra entre potencias imperialistas. La victoria norteamericana en la guerra, la destrucción de capital que esta produjo fundamentalmente en Europa y la legitimación interna que produjo el ensayo keynesiano-fordista posterior a la crisis de 1929 en un contexto de cierre de fronteras, allanaron el camino para el ciclo de expansión global de la posguerra bajo el indiscutible dominio americano del mundo capitalista. Hoy, sin embargo, aunque los métodos sean los mismos, la apuesta estadounidense es agónica, quizá la última posible para poder seguir con el poder del mundo capitalista en sus manos.

Mr. Marshall ya no vive aquí
A pesar de que la más inflamada retórica que acompaña a la nueva estrategia americana esté dedicada a China, hay buenos motivos para pensar que el lugar donde se vuelve a dirimir el futuro del mundo capitalista es Europa. En muchos aspectos, China y Estados Unidos llevan décadas formando una unidad económica integrada, Chimerica le han llamado algunos. Los vínculos económicos son hoy mucho más fuertes entre Wall Street y la Zona Especial de Shenzen, que entre la plaza financiera neoyorquina y Flint, Michigan. Durante tres décadas, Estados Unidos ha enviado capital productivo a China y ha visto como volvían a sus mercados financieros riadas de dólares y productos baratos para alimentar los niveles de consumo, y la paz social, de unas clases medias crecientemente pauperizadas.

La sumisión declarada de Trump al poder financiero implica que el conflicto comercial con China tiene algo de negociación cargada de testosterona en la que ambas partes redefinen su parte del arreglo. El que la crisis de febrero se resolviera con una revaluación del Renimbi, la moneda convertible China, apunta en la misma dirección. Las finanzas y sus portavoces en la prensa económica consideran intocable la integración entre Estados Unidos y China, aunque estén dispuestos a dar cierto margen de autonomía al gobierno de Trump en lo que toca a la negociación de las partes del pastel que les toca a unos y a otros en el ámbito productivo.

De fondo, es inevitable ver que China ha dejado de estar especializada en manufactura descualificada barata y está entrando en terrenos tecnológicos que entran en competencia con las especializaciones y ventajas comparativas de Estados Unidos. La propia dinámica del crecimiento capitalista que ha vivido China le ha llevado a este ascenso en la composición tecnológica de la producción. Si a esto se le suma que las reservas de fuerza de trabajo del rural chino comienzan a dar señales de agotamiento y los niveles de endeudamiento público y privado son cada vez mas altos, resulta evidente que el sentido de la guerra comercial con China, más allá del uso en la política interna que haga Trump de ella, tiene que ver más con un juego de posiciones de poder relativo en un ámbito político estable por el lado asiático, que con una apuesta fuerte por el derrocamiento del régimen chino. China parece ser perfectamente consciente de esto, manteniendo al nivel más bajo posible sus posibles aspiraciones a ser potencia hegemónica en sustitución de EE UU.

Aún así, la opinión pública, los intelectuales y los medios chinos son conscientes de que el proyecto global de Trump es la recuperación de la hegemonía global antes que la reducción del déficit comercial. Al contrario de lo que sucede en Europa, donde Trump sigue siendo visto como una especie de híbrido entre Paco el Pocero y Nerón con acceso al botón nuclear, al que le dan arrebatos incomprensibles pero que no deja de ser un ignorante enloquecido muy por debajo del savoir faire de las élites políticas europeas. Y sin embargo, es en Europa donde la apuesta política del proyecto trumpista toma forma.

Sin duda, a Trump le gusta presentarse como alguien ajeno a los códigos de reconocimiento mutuo entre las élites globales. Pero como sucedía con Ronald Reagan, a cuya figura pública recuerda poderosamente, él es sólo el interprete de un papel asignado por otros menos visibles que llevan años prepárandose para aprovechar su oportunidad para remodelar políticamente el mundo. Steve Bannon sería la figura mas conocida de la autodenominada Alt-Right, pero toda una constelación de publicaciones y think tanks, que como sucediera con los neocon antes, crecen y construyen en lo social antes de saltar a lo político. Trump sólo tiene que hacer su papel de “outsider con un par de pelotas” en su presentación pública y de millonario pro bussiness en sus contactos con sus jefes últimos, las élites financieras.

Porque la novedad del giro proteccionista y hegemonista de Trump y la Alt-Right es que la estrategia del gobierno americano pretende entroncar con algo parecido a un movimiento antisistémico. Trump y los suyos venden una salida americana y capitalista al malestar en la globalización, que ya habría encontrado su forma de expresión en Europa bajo la forma de todo un abanico de posiciones reactivas, con distintos grados de sofisticación, que canalizan políticamente la demanda antiglobalizadora en un sentido desvinculado de resonancias anticapitalistas. En última instancia, unos políticos blandos y corrompidos por una ideología cosmopolita han aceptado llenar Europa de migrantes y refugiados que han desplazado a los nativos del acceso al mercado laboral y a los recursos públicos.

Esta interpretación, donde la falta de compromiso con “la patria” sustituye a la subordinación a la lógica del beneficio como elemento político crítico central, entronca directamente con las formas de malestar que ha generado la crisis en los países centrales de Europa.

La llamada “crisis de los refugiados” en realidad no deja de ser la expresión de las políticas de austeridad y la contención salarial en países como Alemania, Austria o Bélgica en los que, debido a una mayor fuerza relativa del Estado en comparación con los países del Sur, la crisis se vive como un largo goteo de grupos sociales que caen paulatinamente por debajo de la línea de pobreza.

El “no hay para todos” al que se agarran estas categorías sociales relegadas, es el resultado de su aislamiento en el papel convencional de victimas autóctonas de la crisis. Algo que la brutalidad drástica de la crisis del Euro en los países del Sur, donde la estructura social simplemente se desplomó y todos los grupos sociales perdieron posiciones en el espacio de apenas un año, eliminó del menú político.

Esta impotencia de las posiciones de la “izquierda” que surgieron a partir de la crisis de 2007, abre de par en par en la esfera transnacional el hueco a los tercerismos, rojipardismos y fascismos que ya tenían en sus Estados-nación

Es muy dudoso que esta estrategia vaya a ser éxito rotundo en los términos que plantean Trump y sus aliados, fundamentalmente, el Reino Unido post Brexit de Theresa May y la Italia tercerista de la Lega de Salvini. Su subordinación evidente al poder de las finanzas americanas y el altísimo nivel de integración de las cadenas de valor juega en su contra y la llegada de migrantes y refugiados a las fronteras europeas no va a detenerse.

Lo innegable son sus efectos de arrastre político. Desarticula a buena parte de la izquierda global, que se ha abonado a identificar capitalismo y globalización sin matiz, y que, en general, tiene serios problemas para luchar contra dos males. La muy izquierdista inercia a asumir que el enemigo de mi enemigo es mi amigo, ya está llevando a no pocos elementos izquierdistas a encerrarse en la lógica de una vuelta al Estado-nación en mayor o menor grado recubierta de elementos ideológicos e identitarios y, lo que quizá sea menos visible pero más importante, a dejar de lado los elementos propiamente anticapitalistas.

Esta impotencia de las posiciones de la “izquierda” que surgieron a partir de la crisis de 2007, abre de par en par en la esfera transnacional el hueco a los tercerismos, rojipardismos y fascismos que ya tenían en sus Estados-nación. Ahora mismo, todas estas posiciones son aliadas de Estados Unidos en su proyecto de reordenación del capitalismo. El gobierno de Estados Unidos es perfectamente consciente de que el soberanismo en un sólo país es imposible. Y en esta estrategia se trata tanto de crear una nueva jerarquía de países amigos y enemigos de EE UU, cómo de romper las zonas transnacionales ya existentes. Muy en concreto, la Unión Europea, espacio ya jerarquizado a la medida de las necesidades de Alemania, que al contrario de lo que sucede con China es algo así como un aliado sobre el papel y, posiblemente, el verdadero enemigo a doblegar en este giro estratégico.

No hay aquí ninguna vuelta a la economía nacional, sino una serie de unidades territoriales que vinculan su futuro económico y social a una apuesta más que improbable de recuperación de la hegemonía global de la nación americana cómo algo mas que Wall Street y la FED.

El gobierno de EE UU utiliza las herramientas del arancel y el cierre selectivo de fronteras para premiar a sus aliados con la promesa de ventajas comparativas otorgadas. En el caso del cierre de las fronteras del sur global, antes de tratarse de un elemento de mejora de los asalariados nativos simplemente crearía aún más condiciones de sobreexplotación de una fuerza de trabajo migrante que, simplemente, no va a dejar de migrar a Europa y EE UU. Y el resultado esperado, también el mismo que en el periodo de entreguerras, la renacionalización del espacio económico mundial y, desde ahí, la creación de nuevos frentes de competencia en el mercado mundial que permitan a los ganadores de la operación asignar, todavía con más fuerza, los costes económicos, sociales y ecológicos de la decadencia del capital a los perdedores de la operación.

Esto, hoy por hoy, sigue estando absolutamente condicionado a la voluntad de los centros financieros globales, a los que Trump se desvive por convencer, mientras les ofrece algún país emergente cada cierto tiempo para atacar sus monedas nacionales y fijar programas de austeridad.

Estos países, con Argentina y Turquía como primeros ejemplos, pero vendrán más, han pasado de ser los buques insignia del capitalismo global durante los años de la crisis a ser entidades políticas totalmente subordinadas a las finanzas, cuyas débiles monedas nacionales nada tienen que hacer frente al gigantesco poder monetario de los Hedge Funds que operan en los mercados de divisas.

De hecho, la rebelión de febrero de las finanzas contra la política de dólar bajo obligó a Trump y los suyos a tomar una línea de acción mucho más arriesgada y que puede fácilmente terminar con una crisis financiera global fulminante. Algo que sería el desenlace más esperable de la nueva estrategia americana. Pero que nadie dude de que este extraño momento de desdoble en poder hegemónico decadente y movimiento antisistémico contra los elementos más superficiales de la globalización puede hacer que desde los centros decisionales del gobierno de Estados Unidos se considere que, en los momentos posteriores a esa más que probable crisis financiera que está por venir, sería donde se jugaría la verdadera batalla por un capitalismo renacionalizado.

En los an?os treinta, Paul Mattick y Rosa Luxemburgo acusaban de oportunista a Lenin por haber incluido a las fuerzas de los movimientos de autodeterminacio?n en el campo de la revolucio?n proletaria. El resultado, segu?n los dos marxistas alemanes, fue descuidar a las fuerzas revolucionarias alemanas, perdiendo la oportunidad de que se estableciera el puente revolucionario entre Alemania y Rusia. Todo a cambio de centrarse en los movimientos de liberacio?n nacional simplemente para sumar numéricamente, que no poli?ticamente, a fuerzas poli?ticas con las que habi?a escasos puntos de coincidencia, salvo los de tener enemigos comunes. Hoy nos encontramos con una situacio?n que no se diferencia demasiado, donde la prisa por parecer ma?s puede llevar a los movimientos de transformacio?n a asumir atajos que lleven a un callejón sin salida.

Hay que recordar que un contexto de larga crisis social y política del capitalismo como el que vivimos es el ideal para que posiciones relativamente minoritarias hoy prendan. De cuánto se deje ir la crítica anticapitalista por la retórica de la vuelta a los espacios nacionales y la prioridad de las clases trabajadoras nativas, dependerán las posibilidades de ver una salida medio luminosa a esta encrucijada histórica.

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