El feminismo liberal o “burgués” frente al feminismo de clase: Una cuestión de derechos

Magda Coss Nogueda

No hay mejor invento para descalificar el pensamiento feminista que decir “es una feminazi”. Asociar el feminismo con un pensamiento tan nocivo –y condenado– como el nazismo es perfecto, porque convierte a cualquier defensora de la igualdad entre hombres y mujeres en una extremista, una radical sin raciocinio. Y ese es un mecanismo ideal para reproducir la visión de que una mujer que lucha es una mujer que odia.

Pero para entender el feminismo, y más aún, “los feminismos”, hay que primero conocer un poco de su historia y sus vertientes, que son varias y variadas, y desengañar a quienes incluso han llegado a decir que el feminismo es lo mismo que el machismo pero al revés.

El feminismo es un movimiento social y político que busca la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres y que hace consciencia sobre los derechos negados y la opresión hacia las mujeres. Aunque algunos beneficios que busca el feminismo son para todas las mujeres, hay otros que son para unas más que para otras dependiendo de su capacidad económica de acceder a esas libertades. A eso se refiere el feminismo liberal.
Manifestación con motivo del Día de la Mujer en Madrid, España, 8 de marzo de 2018. / Susana Vera / Reuters

Pero vamos por partes, tratando de pensar en las causas profundas del patriarcado en la conformación económica actual. Y para eso, tenemos que ir atrás en el tiempo. Y así, también nos daremos cuenta de que aunque no hay un mejor momento en la historia para ser mujer, los avances que se han logrado aún siguen siendo limitados.

Los movimiento sufragistas fueron los primeros en visibilizar la ausencia de derechos de las mujeres a la participación política pero también lucharon por otros derechos con un énfasis en la igualdad entre personas en todos los terrenos. La lucha por el voto organizó y unió a mujeres de muy distintas ideologías. Mas tarde, en el siglo XIX, cuando surge el socialismo, era imposible hablar de igualdad sin tomar en cuenta a la mitad de la humanidad. Algunas de sus corrientes proponían que la causa de la opresión de las mujeres estaba fundamentada en la misma desventaja que sufrían las clases desposeídas por la concentración de la propiedad privada y las lógicas de producción y del mercado que dotaba del poder económico a los hombres.

Lo cierto es que históricamente a las mujeres se les asignó, como único camino, desenvolverse en el ámbito doméstico y particularmente el papel de cuidar de los demás. Se dividieron las esferas del espacio público (masculino) y el espacio privado (femenino) lo cual limitó la participación de las mujeres para estudiar y trabajar. Mientras la teoría económica dice que el individuo actúa en su propio interés, las mujeres trabajaban por el bien común, y se olvidó de contabilizar el trabajo del hogar que permitía (y sigue permitiendo) que muchos hombres salgan a trabajar y a producir bienes cuantificables.

El aporte de las mujeres en la historia ha sido invisibilizado de muchas maneras. La historia escrita por los hombres, se ha olvidado de reconocer los descubrimientos de mujeres científicas, mujeres artistas, políticas, arquitectas, escritoras y muchas más, pero sobre todo ha hecho invisible las aportaciones cotidianas que, en principio, fueron tarea de las mujeres: el trabajo del hogar y el cuidado de la familia.

Divide y vencerás. El patriarcado no sólo consiguió implantar la noción de que las mujeres somos enemigas entre nosotras, sino de que en las luchas por la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres, hay feminismos razonables y feminismos radicales.

Así se ha dado mayor aceptación al feminismo “burgués”, o liberal, que al feminismo de clase. El primero es una vertiente mucho más “amable”, porque no cuestiona las causas ni los fundamentos del patriarcado de hoy, sino que busca mejorar –en lo posible– las oportunidades de las mujeres, permaneciendo en un sistema que beneficia en mucho a los hombres, blancos, ricos, heterosexuales. El segundo, mucho más disruptivo, se adentra en la forma en que hemos construido las sociedades contemporáneas y como, desde los albores del capitalismo, les dio un lugar específico y reducido a las mujeres.

Lo que es importante observar es que, desde el principio del siglo XIX, los movimientos feministas fueron protagonizados por mujeres de alta sociedad, educadas, con recursos y con voluntad. Esas mujeres se enfrentaron al establishment, y lograron grandes cosas. Pero la mayor parte de sus triunfos fueron, precisamente, para mujeres de su clase social.

Este es el origen del feminismo liberal, que reconoce que las mujeres están en desventaja, pero no es consciente –ni empático– de la discriminación por raza, clase, sexualidad que pueden sufrir otras mujeres, sobre todo las más pobres.

El feminismo de clase empezó reconociendo que, para tener una sociedad igualitaria, el cambio tiene que empezar por el hogar y por la intervención de las leyes y el Estado que garanticen el acceso a las libertades.

En el feminismo liberal las mujeres salieron a ocupar posiciones en el espacio público y a tener las mismas oportunidades laborales que los hombres (aunque con menos salario), pero en casa mayoritariamente necesitaban el apoyo de otras mujeres que se encargaran del cuidado de los hijos e hijas, de la gerencia del hogar. Así hasta nuestros días en que las mujeres pueden tener las mismas posiciones de decisión y poder que los hombres en el mundo económico y profesional, pero siguen aportando el doble de tiempo a las tareas en el hogar que los hombres y persiste una brecha salarial de más de 20 por ciento.

La debilidad del feminismo liberal es la misma que padece del liberalismo en todas sus esferas: supone que uno es libre, siempre y cuando se lo pueda financiar. Uno es libre de educar a sus hijos, de vivir dónde quiere vivir, de dedicarse a lo que quiera, etcétera… Pero la verdad, en particular para las mujeres más pobres y desposeídas, es que ninguna de estas libertades existe.

El feminismo burgués, dice la broma cotidiana, no aplica para las trabajadoras de salarios mínimos, para las trabajadoras del hogar. Se acaba en las clases medias. Es, podríamos decir, un “feminismo ilustrado”, accesible solo para aquellas que pudieron estudiar, trabajar, aprender de sexualidad. O pagarse un aborto.

Y este es el centro del tema: no es un asunto de libertad, sino de derechos. Una no debe tener la libertad de escoger su vida, una debe tener el derecho de escoger su vida: derecho a tener hijos así lo decida, derecho a dedicarse a lo que desea, derecho a construirse la vida con la que sueña. Esta es la gran diferencia, y es lo que, aún hoy, a tantos hombres – y muchas mujeres – les cuesta entender.

Defender a las otras desde nuestro privilegio sólo es posible poniéndonos en los zapatos de las demás, de cualquiera. Vernos no como mujeres, sino cómo mujeres indígenas, migrantes, en situación de pobreza, mujeres con hijos. Porque podemos ser diferentes, podemos tener más o menos, podemos tener distintas oportunidades, pero no solo debemos tener la misma libertad: debemos tener los mismos derechos.

@magdacoss

Te gusto, quieres compartir