Rebautizar el Nafta no salvará a Trump

Alejandro Nadal
En 1998 el director de General Electric, Jack Welch, hizo una declaración reveladora. Lo ideal, dijo, sería que tuviéramos cada planta en una barcaza y que la pudiéramos mover siguiendo los movimientos de las divisas y los cambios económicos. Eran los años en que cientos de empresas optaban por instalarse en países como China o México para aprovechar los “cambios económicos”, eufemismo que significaba mano de obra barata.

El sueño de tener plantas industriales en barcazas para escoger el espacio más rentable para atracar tenía un paralelo en el mundo de la especulación financiera. Ahí los flujos de capital pueden decidir entre distintos destinos en función de las disparidades de tasas de inflación, tipo de cambio y tasas de interés, y migrar de un lugar a otro sin mayores problemas. Pero la fantasía de la economía de las barcazas se pudo hacer realidad mediante los acuerdos comerciales que dieron estabilidad para erigir plantas industriales en los países con mano de obra barata.

Pasados escasos 20 años, un narcisista director de negocios inmobiliarios y productor de un reality show tuvo el instinto de leer las emociones de los principales afectados por la globalización neoliberal. Donald Trump pudo interpretar los sentimientos de parte importante del electorado estadunidense, que se había sentido traicionada por la economía de las barcazas y creía que la historia los había dejado atrás. La retórica vulgar y populachera del Donald hizo el resto y así llegó a la Casa Blanca.

Hoy, Trump enfrenta el periodo más negro de su presidencia: está rodeado de serios problemas legales, con sus más allegados colaboradores declarados culpables, enjuiciados o bajo investigación. En las elecciones legislativas de noviembre se juega todo: si el Partido Demócrata recupera el control de la Cámara de Representantes (y quizás hasta el Senado), podría iniciarse un proceso que culminaría con la destitución del presidente. Para sobrevivir, Trump necesita un golpe de propaganda para sus bases.

Ayer se le presentó la oportunidad: la Casa Blanca dio a conocer el nuevo acuerdo con México para reformar el TLCAN. Trump aprovechó de inmediato para insistir en que el nuevo pacto ya no se llamaría Nafta y que de ahora en adelante se hablaría del acuerdo comercial México-Estados Unidos. En los próximos días y semanas veremos a este personaje alardear en todos los foros posibles que cumplió su promesa de campaña, que esencialmente consistía en renovar o destruir el TLCAN. La demagogia va a estar desatada y sus aliados en Fox News ya hablan de una victoria histórica.

Hay varios componentes del acuerdo, pero el más importante se relaciona con la industria automotriz y modifica las reglas de origen: el componente regional para gozar de las ventajas del acuerdo aumenta de 62 a 75 por ciento. Además, entre 40-45 por ciento del contenido de los vehículos debe ser manufacturado por trabajadores que ganen al menos 16 dólares por hora.

La realidad es que el nuevo acuerdo cambiará poco las cosas en términos del déficit estadunidense y en materia de empleo. Para empezar, las industrias tienen hasta el primero de enero de 2023 para adaptarse a las nuevas condiciones. Por otra parte, las reglas de origen son engañosas, pues muchos componentes contabilizados como nacionales tienen, a su vez, un alto contenido importado, de tal manera que el nuevo umbral de 75 por ciento puede, en la realidad, ser significativamente menor. Será difícil determinar si un vehículo que pesa casi tres toneladas y se compone de más de 30 mil piezas cumple o no las nuevas reglas de origen. En los próximos años veremos un ejército de consultores y cabilderos peleando con las autoridades estadunidenses sobre este punto. Pero eso es lo de menos: por el momento lo que importa a Trump es poder salir frente a su público, en cada rally de la campaña hasta las legislativas de noviembre, y machacar que él sí cumple sus promesas de velar por la gente que fue abandonada por la economía de las barcazas.

En el caso de México, el nuevo acuerdo tampoco cambiará mucho las cosas. Como instrumento para promover el alza de salarios en la economía mexicana, el tratado de libre comercio ha fracasado rotundamente a lo largo de sus 24 años de vida.

Para Trump la operación de relaciones públicas no servirá de mucho en los tribunales, sobre todo cuando comience a declarar el señor Allen Weisselberg, su ejecutivo de finanzas de 20 años y alguien que sabe dónde están escondidos todos los cadáveres financieros. Weisselberg ha recibido inmunidad en un pacto con las autoridades federales para divulgar todo lo que sabe, y eso sí debe tener preocupado a Trump. Hasta la Fundación Trump, supuestamente dedicada a la filantropía, está siendo indagada por haber servido de frente para todo tipo de marrullerías. En fin, si la demagogia sobre la muerte de Nafta sirve para distraer la atención, supongo que eso es mejor que desatar una guerra con Irán.

Twitter: @anadaloficial
La Jornada

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