Walter Benjamin y el mesianismo

Enrique Dussel
Habiéndose cumplido mi pronóstico de 2012 acerca Morena y del PRD (léase mi artículo en La Jornada): “¡Por fin! Dos concepciones de la política”, donde pronosticaba la futura desaparición del PRD, continuaré la reflexión iniciada hace seis años, hoy más actual que nunca.

A partir de W. Benjamin deseo plantear el extraño tema del “mesianismo” que obstinadamente el trágico filósofo alemán planteó a partir de su diálogo a lo largo de su vida con G. Scholem, tan incomprendido por otros miembros de la Escuela de Frankfurt (y la izquierda en general, y especialmente la marxista ortodoxa, aún en nuestros días en México).

El tema del liderazgo ha sido una cuestión “peligrosa” para la izquierda tradicional por la posibilidad de caer en un populismo de derecha (como el nazismo que tanto criticó y sufrió Benjamin, un cierto “bonapartismo”), o en un carismatismo (superficialmente tratado por M. Weber). Todavía menos considerado bajo el rótulo del mesianismo (caricaturizado como un teologúmeno superficial) nombrado por otros como un “mesianismo tropical”. Sin embargo, contracorriente y autorizándomelo Benjamin, deseo tratar este tema de gran profundidad política en el contexto de este momento crucial del México en 2018.

Se trata de meditar sobre actores políticos situados en tres niveles que se determinan mutuamente. En primer lugar, el pueblo mismo como totalidad, que es el actor colectivo político, última instancia de la soberanía, que se expresa en la participación pública (institucional o espontánea). En segundo lugar, un sector o grupo de dicho pueblo (que G. Agamben a partir de Pablo de Tarso recuerda como “el resto”) que lucha contra viento y marea en las buenas y las malas en favor de dicho pueblo. En tercer lugar, una persona o muy pocas que padecen el soportar en su misma corporalidad el sufrimiento del pueblo oprimido (que en la tradición semita de W. Benjamin se denominaba “el servidor sufriente”, cuestión tratada en mi obra El humanismo semita, apéndice), denominado por el filósofo alemán como el meshiakh (en hebreo: el ungido por el pueblo). Benjamin, en su obra Sobre el concepto de la historia (GS, I, 2, pp. 691ss), trata repetidamente en las 18 tesis el tema del “mesianismo” desde un marco teórico marxista y “materialista histórico” (Tesis I), que será el que hemos adoptado en esta contribución.

Michael Löwy, el conocido filósofo judío, trotskista y ateo nos dice: “La redención mesiánica y revolucionaria es una misión que nos asignan las generaciones pasadas. No hay Mesías enviado del cielo: nosotros mismos somos el Mesías” (en Aviso del incendio, FCE, México, 2002, p. 50); pensemos “en el lugar que han tenido en el imaginario revolucionario de los pasados 30 años las figuras de José Martí, Emiliano Zapata, Augusto Sandino, Farabundo Martí, Emiliano Zapata, y más recientemente Ernesto Che Guevara […]”.

En último término el mesías es una persona que encarna para el pueblo, por su fidelidad, compromiso, honestidad, valentía, prudencia práctico-sapiencial los valores que no se encuentran en los líderes corruptos de la sociedad dominante. Por ello crece su significación hasta que el pueblo lo descubre como una posible solución para sus males. Es así que dicho pueblo lo consagra en función del servicio al mismo pueblo (función mesiánica que recibe del actor colectivo: el mismo pueblo). El mesías es una luz en las tinieblas que el pueblo enciende, y una vez encendida incendia al mismo pueblo exigiéndole ahora hacerse cargo de la historia. Es una dialéctica entre pueblo y liderazgo. “¡No los traicionaré! ¡Cumpliré con el mandato!” expresa al pueblo el consagrado por el pueblo. Sabe quién es la última instancia de la soberanía.

He tratado el tema más largamente en una publicación de La Jornada Ediciones (Carta a los indignados, México, 2011, pp. 27-85), texto al que remito al que desee profundizar el tema.

Por todo ello, el primero de julio de 2018 ha sido un acontecimiento mesiánico (como segundo “acontecimiento” liberador, con respecto al primer acontecimiento expuesto por A. Badiou), pero como dice el sentir popular; “¡No hay que dormirse sobre los laureles!” Es ahora el tiempo de la participación activa de todo el pueblo y de los militantes más responsables que despertaron en la asonada, aunque despreciada por algunos situados en la extrema izquierda, criticándolo como una jornada electoral vacía y sin contenido. Y no es así, aquí la forma (una elección) tiene contenido (es una transformación real política).

La función mesiánica ahora no necesita ya de la legitimidad lograda gracias al voto, necesita ahora la praxis participativa de todo el pueblo, cada uno en su trinchera. La función mesiánica necesita de la diaria corrección de la crítica fraterna y responsable. No es ya el tiempo para aplaudir, sino para actuar multiplicando el liderazgo en todos los niveles.

La Jornada

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