¿Y después del mundial qué?

Dr. Adrian Chávez García
Pocas horas han transcurrido después de haber finalizado uno de los eventos deportivos más importantes en nuestra era. La sensación es extraña, el ambiente está inundado de una especie de goma colectiva, de esas que dan cuando uno despierta de un sueño para reencontrarte con la triste cotidianeidad.

Del mundial solo quedan los recuerdos y la desilusión por aquellos marcadores que destrozaron las quinielas de los eruditos de la cosa futbolística, quienes influenciados por la lógica del marketing deportivo, le apostaron a los equipos donde militaban aquellas “figuras” mediáticas, que al final de cuentas, no pasaron de ser más que eso, simples y opacas figuras.

En la “fase de grupos”, los franceses se enfrentaron a Dinamarca, Australia y Perú, quedando como primer lugar del grupo C. Luego dejaron fuera a Argentina, Uruguay y Bélgica, y finalmente se midieron ante una Croacia que se fue ganando el respeto y admiración de muchos. Los Blues, fueron contundentes y con magistral desempeño lograron hacerse de su segunda estrella. Pero además de los aspectos deportivos en “la gran final”, fueron otras las estampas que acapararon la atención: La fría e imponente imagen de Putin; la belleza, gracia y simpatía proyectada por la presidente Croata y el júbilo y la algarabía francesa, que por cierto, dejó de sonar al compas de “LA VIE EN ROSE”, para retumbar al ritmo de la conga y los timbales de un continente distante.

México 86, despertó mi conciencia futbolística, aun me duele la derrota de Brasil en cuartos de final, ante la Francia de M. Platini, equipo en el que resaltaban dos jugadores no solo por su calidad técnica, sino por su color de piel. Después de 32 años las cosas han cambiado, 14 jugadores del equipo campeón tienen sus orígenes en el continente africano, lo que cobra sentido al considerar la voracidad con la que actuaron aquellas Monarquías que en antaño se adueñaron de las tierras, de los recursos y de las vidas de quienes habitaron aquel continente, que durante todo este tiempo, se ha ido conformando de un conjunto de naciones empobrecidas, convulsionadas e incapaces de garantizar a sus habitantes una vida digna, provocando la expulsión diaria de miles de migrantes.

Ante esta ola, Europa cerró filas, surgió un boom de políticas anti migrantes, que hoy persiguen, criminalizan y reprimen a quienes solo buscan un futuro digno para sus hijos y que al menos por un instante, encuentran tregua en los Campos Elíseos, claro, mientras al presidente Macron no olvide que la primera estrella se la deba a un hombre de descendencia argelina y la segunda estrella, se la debe a los hijos de migrantes que ahora pretende expulsar.

De este lado del mundo, la historia resulta similar, nuestra tierra también fue saqueada, también se nos robó la primavera y hemos construido un conjunto de naciones empobrecidas, convulsionadas e incapaces de garantizar a sus habitantes una vida digna, provocando la expulsión diaria de miles de migrantes.

En Guatemala, la ausencia de focos productivos, la corrupción, la impunidad, la violencia y la tranza, provocan que a diario se expulsen a miles de paisanos que se ven obligados a dejar atrás a sus familias y a despojarse de sus raíces para buscar un espacito entre la caña azucarera, los barrancos citadinos o el tren que los lleve al norte.

Los vecinos del norte entienden esta expulsión como un tema de seguridad de Estado y aunque las políticas que adoptan resultan discutibles y en ocasiones hasta condenables, es inexorable que ahora que ya se terminó el mundial, nos pongamos la pilas y nos tomemos el tiempo para decidir si queremos que nuestras familias y nuestro tejido social se siga fragmentando; si estamos dispuestos a seguir renunciando a nuestras raíces o si queremos seguir aguantándonos la vergüenza de que sea otro Estado el que le siga garantizando a nuestros padres, hermanos o hijos, lo que nuestro propio Estado es incapaz de garantizar.

Es tiempo de decidir si seguiremos criticando lo que los demás hacen mal o si estamos dispuestos a abandonar nuestro confort y a animarnos a ejercer nuestra ciudadanía, a hacer que nuestras instituciones funcionen y a ir construyendo, aunque sea de poco, un Estado que tal y como dicta su Constitución, sea capaz de proteger a las personas, a las familias y resguardar el bien común.

Te gusto, quieres compartir