Volcanes que entierran conciencias

Danilo Santos
Politólogo

Historias que contar en Guatemala sobran, y aunque quisiéramos que todas fueran sobre éxito, felicidad y prosperidad, nos toca narrar la realidad.

Hace ya varias semanas de la erupción del Volcán de Fuego, la ceniza sigue caliente y el coloso aún brama, la búsqueda y rescate terminó, los datos son inciertos y solo los familiares buscan lo que haya quedado de sus seres queridos y lo material que construyeron durante una vida.

Contó una señora que perdió a su familia: “aquí está mi cuerpo, yo me salvé, pero mi familia no, ni uno, y no los voy a encontrar nunca, por favor entiérrenme a mí”, acto seguido toma una “pastilla de milpa” (veneno) y al poco tiempo muere. Hablaba de enterrar su dolor, no su cuerpo, los dolientes reunidos podrían llorar ritualmente sobre la horrenda realidad de los olvidados por el Estado.

La mayoría de víctimas del flujo piroclástico fueron, para variar, los más vulnerables: Mujeres, niños y niñas, ancianas y ancianos. Los hombres, en su mayoría, andaban trabajando, fueron los que se salvaron y ahora escarban para encontrar lo que quedó de su vida.

Quienes autorizaron o simplemente se hicieron de la vista gorda, permitiendo asentamientos humanos en un lugar de alto riesgo, son el producto de nuestra inveterada manera de retorcer, interpretar y manufacturar leyes a favor de quienes se sirven del país. No sé si se ligará a proceso al Secretario de la Conred, pero deberían ir más lejos, porque lo que no se cumplió fue la ley y la política relacionada con la reducción de desastres en Guatemala. ¿Quién aprobó esa ley? ¿Quién aprobó esa política? ¿Cómo eran ejecutadas y quién fiscalizaba dicha ejecución? Da igual. Vivir en las faldas de un volcán o un barranco es parte de la normalidad que algún día nos sacudirá tan duramente que no nos alcanzará la vergüenza para reconocer que la estúpida confrontación que han fabricado frente a nuestras narices, el circo, las propias dizque elecciones; son solo una farsa que alimenta a unos dinosaurios que sin inmutarse ya están viendo qué pasará con el próximo evento electoral y quién o quiénes pueden ser la mejor opción para el ingrato gatopardismo que nos mantiene hundidos en la miseria ciudadana, política y económica.

Insisto, hay muchas historias que contar en el país; pero hemos vuelto postal a niñas y niños cargando leña en lugar de ir a la escuela. Hemos prejuzgado a las mujeres indígenas por tener un montón de hijos e hijas, pero no somos capaces de aprobar leyes que cambien el modelo de desarrollo rural y la educación sexual y reproductiva; no digamos los derechos sexuales y reproductivos. Somos el país del drama y la tragedia repetida con negligencia.

Nos indignamos de las historias de mujeres que abortan, las culpamos, pero no somos capaces de ver que su embarazo fue posible gracias a un hombre, y ese hombre, es el mismo que legisla, que grita desde el púlpito, que dirige instituciones encargadas a proteger la vida. Somos una sociedad hipócrita; y la sociedad política lo sabe y se aprovecha.

Vendrán más volcanes y si seguimos callando lo que sabemos y pensamos, acabarán por enterrarnos la conciencia.

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