Tejiendo los hilos de la memoria para abrazar la justicia. La dignidad tiene rostro de mujer con nombre y apellido: Molina Theissen

Lorena Medina

El amor y la esperanza fueron sus pilares, su dignidad la vestidura y la templanza su verticalidad. No se rindieron jamás. No se doblegaron ante las jugarretas y peripecias del sistema nacional de impunidad, que les cerró las puertas en la cara, hasta esta hora. A ellas no les importó jugarse la vida nuevamente para ganar la vida, no sólo para Marco Antonio, nuestro Marco Antonio, sino para dar con su vida de lucha tesonera el ejemplo para que llegue la justicia al fin, para los más de 5 mil niños y niñas desaparecidas durante el conflicto armado interno en Guatemala. Ellas se mantuvieron siempre erguidas y con la mirada llena de esperanza. No hubo odio, ni venganza, simple y llanamente la exigibilidad de la anhelada justicia.

Las menudas figuras de estas grandes mujeres, que se tomaron de las manos de todo un pueblo, que con cada gota de sudor añoraba tanto como ellas, que se diera la sentencia deseada para los tiranos, los antihombres, los antimujeres, los antiniños. La sala estaba repleta de calor humano, de solidaridad, de sentimientos profundos, de rabia y dolor. También hubo una presencia de peso: Otras mujeres de luz que se abrían paso para dar fuerza a las compañeras, eran las mujeres de Sepur Zarco, acompañando, desde su silencio, pero con rostros al descubierto para compartir el camino recorrido con pies pequeños. Guerreras valientes todas, que pusieron alto a la ola terrible de la desmemoria y le dieron punto final al estigma y a sus propios demonios, para salir con la frente en alto una y otra vez, como debe ser siempre, a pesar del dolor, de la mentira y de los siglos de colonialismo, que pesan en la espalda.

En esa sala las horas fueron perpetuas; pero tras la tenebrosa realidad, la esperanza fue preñando la aurora. Nada la detiene, es inminente. Los acusados trajeron su porra de muecas rancias y pelos estirados; gente “de alcurnia” a la que han servido siempre como vasallos, no al pueblo, no al indio, no al pobre, no al iletrado. Pero ese grupito de ropa bien planchada y de marca, no se equiparaba al resto de la gente que ansiosa entraba, inundando la sala cada vez más para decir ¡Presente! brindando el respaldo que la familia merecía y sigue mereciendo por su ejemplar búsqueda.

Sentimientos de amor a la humanidad, palpitaban como tambores en el pecho, henchido de utopías proletarias. La historia resurgía como la marea, trayendo consigo el deseo de llegar al desenlace de largos días, meses, años de vidas cargadas de dolor y angustia. Hoy se van abriendo brechas pequeñas, pero al mismo tiempo significativas para llegar a la verdad y a la justicia. La calidez y la esperanza contra viento y marea, han sido las banderas de una lucha que las Molina Theissen comparten con otras madres igualmente valientes que han dejado huellas en ese caminar, las dignas Madres de la Plaza de Mayo y más recientemente, con las madres de Ayotzinapa y tantas otras, que han dado la cara para denunciar el drama humano de las familias y comunidades que han sido afectadas por el crimen de la desaparición forzada de sus hijos. La sentencia es la luz al final del túnel, tras un proceso jurídico tortuoso y desesperante.

Las ruedas de la justicia guatemalteca aún necesitan ser engrasadas para tener la agilidad que requieren este tipo de casos. Emma Guadalupe, una de las hermanas Molina Theissen, fue sometida a vejámenes y torturas, tras ser capturada en el occidente del país, pero que luchando a toda costa por su vida, logró escapar de sus captores militares, lo cual les enfureció e hizo volcar toda esa furia en la pequeña figura de un inocente niño, el hermano menor, Marco Antonio, de 14 años. Esto sucedió el 6 de octubre de 1981. Desde entonces, fue detenido por fuerzas militares, sin que a la fecha se conozca su paradero. Marco Antonio es uno de los 5,000 niños y niñas que fueron desaparecidos durante el conflicto armado interno, que finalizó tras la Firma de la Paz, Firme y Duradera, un 29 de diciembre de 1996.

El por qué fue llevado de ese modo el niño Marco Antonio, es aún una pregunta sin respuesta. Nada justifica la saña, la venganza y el desprecio por la vida de un niño inocente. Viola principios de toda naturaleza, pero también es una deuda pendiente no sólo con sus familias, sino con toda la humanidad, por la alevosía, premeditación y ventaja que les permitió su total cobardía, como dijo otrora el poeta Luis de Lión ante el asesinato del máximo líder de AEU Oliverio Castañeda de León “…tantos cazadores para cazar un solo venado, tanto cobarde contra un solo valiente, tanto soldado para fusilar a un niño”. Este poema sin duda también se aplica a este caso y al de miles de niños que fueron desaparecidos con lujo de fuerza bruta, persecuciones macabras y torturas inimaginables.
Pero la justicia soñada al fin asomó el rostro, con un letargo de casi 4 décadas y aún con todo ello, tener en las manos, en los oídos y en las miradas las palabras de la histórica sentencia, sienta un gran precedente para muchos otros casos más que deberán ser juzgados, sin duda. Porque un pueblo sin memoria no puede tejer una nueva historia.

Con esta sentencia histórica se ha avanzado en la búsqueda de la justicia, evidenciando los gravísimos efectos de la guerra sucia en Guatemala, así como la forma en la que el Estado y sus aparatos de seguridad perpetraron la desaparición, persecución sistemática y el asesinato de todo aquel que objetara o se opusiera al status quo, denunciando sus incoherencias e injusticias sociales, aún en contra de la cruenta escalada represiva de aquella época, tanto en el campo como en la ciudad. Se ha rasgado el velo de la impunidad y esto no es algo que se pueda postergar más tiempo en Guatemala.

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