Muerte asistida

Jairo Alarcón

Para el 10 de mayo del año en curso está programada la muerte del científico australiano David Goodall, quien viajó a Suiza para cumplir su deseo de morir en la ciudad de Basilea. Goodall, a los 104 años de edad no desea vivir y quiere poner fin a su existencia. Sus facultades físicas hace mucho tiempo se han deteriorado, el gusto por la vida se ha terminado para él y solo espera una muerte digna. Nacer a la vida cumple en los humanos un ciclo de nueve meses, se puede realizar una programación estimada de cuándo será el nacimiento y se podría hacer lo mismo con la muerte. El recorrido por la vida, con sus alegrías e infortunios, constituye para los seres humanos aprendizaje continuo.

El ser de posibilidades, en el que es su muerte, puede recrear su existencia por la vida aquilatando los gozos y enfrentando con valor los infortunios. Colores, aromas, sabores, matices, sonidos e historias envuelven a las personas durante ese trayecto, y con ello, momentos de bienestar, angustia y dolor.

Sin embargo, con el paso de los años el vehículo corporal se va debilitando, el indefenso cuerpo cae presa de las enfermedades y con ello, el gusto por la vida va desapareciendo. ¿Tienen derecho las personas a poner fin a su vida cuando esta ya no les satisface y vivir les causa sufrimiento? No soy feliz.Quiero morir, dijo David Goodall, y, con ello, ha tomado su decisión, programando su muerte para este 10 de mayo, en un país donde la muerte asistida es permitida. Tener la posibilidad de decidir si se debe continuar viviendo o es mejor descansar para siempre constituye una decisión personal indiscutible.

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