Marx cumple 200 años, el “diablo” sigue vivo

Ramón Reig

Nuestras vidas han sido ilustradas por seres geniales a los que no les fue nada bien. Los genios no surgen de un día para otro, ni siquiera de una década para otra, salvo excepciones de periodos cronológicos en los que alguien y algo favorecieron que el ser humano se encontrara a sí mismo y destronara esa dependencia tan excesiva e incluso exclusiva de lo imaginario y emocional ultra terreno. En la historia contemporánea, nuestro ingenuo antropocentrismo fue apartado magistralmente por Darwin, Marx, Nietzsche, Freud, Dawkins o Rafael Rodríguez Delgado, este último olvidado injustamente. Pero todos ellos heredaban la vitalidad de los presocráticos, quienes a su vez aprendieron de los sabios egipcios. Y también heredaban las transgresiones de los siglos XV, XVI, XVII y XVIII, sobre todo las que protagonizaron Galileo, Newton, Copérnico, Servet, Bruno…

No, la Tierra, el vehículo del humano, no estaba quieta. El cuerpo humano posee un líquido llamado sangre que es su agua, junto con el agua en sí, y lo posee en un 70 por ciento, al menos, lo cual indica que procedemos de una evolución, no de una creación, aunque cada cual puede asumir lo que estime oportuno para que no se le desmiembre el sentido de sus vidas. Y, por supuesto, nuestro diablo, Karl Marx, sentenció: “No es la conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el contrario, su ser social es lo que determina su conciencia”, aunque no iba a detenerse ahí el atrevimiento de los aguafiestas sino que Freud afirmará que “el yo no es dueño en su morada”. Ahí es nada, del materialismo de Demócrito y Leucipo en los siglos VII-VI antes de Cristo (“todo está formado por átomos”) a las afirmaciones de sus herederos. Nuestro gozo en un pozo, nuestra onírica vida –que era negocio para un sector del Poder-, cuestionada, y quien cuestiona al Poder debe correr con las consecuencias.

Sin embargo, como el tiempo coloca a cada uno en su lugar, ahí los tenemos, más vivos que nunca. Hoy hablamos sin tapujos de ellos y tenemos en cuenta sus enseñanzas, lo que hace el Poder ahora para que los olvidemos no es quemarlos en la hoguera a ellos o a sus libros sino todo lo contrario, inundarnos con sus ideas, con una avalancha de mensajes de todo tipo donde esas ideas aparecen parcializadas, fuera de contexto, dichas de oídas, sin sistematizar, esto es, conforman un desorden que es el orden del Poder. La sistematización se queda para unos pocos y al final el resultado es la Nueva Edad Media Digital porque la censura –como dijo Umberto Eco- se puede ejercer por supresión de algo o por inundación de mensajes diacrónicos que el cerebro no puede convertir en sincrónicos por falta de preparación cultural, académica, fatiga, infoxicación o depresión colectiva, eso a lo que Pastor Ramos llama desvalimiento.

Marx está muy bien para su edad, 200 años bien llevados. Es un doble diablo, si el número del diablo es el 666, igual a 18, él nació en el 1818. La condición especial de diablo otorgada a Marx y sus seguidores se debe a que perseguía con toda claridad y explicitud el derribo radical –por haber devenido en corrupta y cruel- de la clase social a la que llegó a ensalzar: la burguesía. Él mismo es un producto de las revoluciones burguesas, del anhelo del pensamiento liberal –y antes del ilustrado- por lograr que el humano pensara por sí mismo.

En Marx hay a la vez genialidad, misticismo e ingenuidad. Su genialidad se deriva de su análisis exhaustivo y profético del capital y de su interpretación de la evolución histórica, su misticismo y su ingenuidad de creer que los pobres debían heredar la Tierra porque los pobres no leyeron sus textos, los leyeron sobre todo los ricos y a eso debemos que Marx esté de actualidad siempre porque los ricos se dieron cuenta de que el diablo tenía razón y cambiaron todo para que todo siguiera esencialmente igual. En este cambio se incluyó algo clave: incrustar a las clases populares en el sistema que habían creado, fundar el capitalismo popular, comprar a la gente para su causa, por eso la estrategia actual del neoliberalismo parece tan suicida a menos que la codicia –es decir, ese ser social que determina sus conciencias- persiga llenarlo todo de guardias y cámaras y vivir continuamente en el vértigo que produce la distancia favorecidos-menos o nada favorecidos a la vez que lavan los cerebros de “los que viven abajo” (Brecht) para que crean que la nueva situación es normal y que incluso el que vive abajo es un perdedor por su exclusiva culpa.

A Marx hay que seguir intentando matarle, nada de películas o series sobre la vida de un hombre que luchó contra viento y marea cuando nadie lo obligaba a ello por la posición social de su familia. Y no olvidemos nunca a su señora, Jenny Marx, esencial en su vida. La periodista Mary Gabriel nos ha obsequiado con una obra excelente, Amor y capital. Karl y Jenny Marx y el nacimiento de una Revolución (El Viejo Topo), donde se profundiza en la vida cotidiana de nuestro diablo al cuadrado, todo ello en el contexto histórico correspondiente. Podría extraerse una serie o una película de ese libro pero, tal y como están las cosas, con Marx vivo a sus 200 años, a menos que se produzca un milagro y la serie o film sean elaborados por profesionales rigurosos, mejor que no hagan nada, ni siquiera en la película Lincoln se nos informa que el presidente norteamericano leía artículos de Marx en Estados Unidos y no le parecían descabellados.

¿Por qué está Marx entre nosotros, además de porque una simple observación nos indica que, en efecto, la conciencia del humano está determinada por sus creaciones culturales, sobre todo por el mercado salvaje? No es difícil demostrarlo. Bien es verdad que tanto Marx como Engels matizaron bastante esa determinación que lo económico ejercía sobre la superestructura que creaba pero eso no significa que el hecho sea totalmente desechable. Si se hunde Lehman Brothers, miles de personas en todo el mundo acaban en el paro y en la consulta de un psicólogo o psiquiatra, he ahí una comprobación más de la actualidad de Marx. A ello añado: el Papa Francisco, el periodista Thomas L. Friedman, exasesor de la que fuera Secretaria de Estado en USA, Madeleine Albright, Mariano Rajoy y el exministro español de asuntos exteriores, García Margallo, entre otros, han consumado claros análisis marxistas en algún momento, otorgándole a la condición de ser comunista el significado positivo que posee (Francisco) y a la estructura socioeconómica la importancia que le aplicó Marx. Recordemos:

“Son los comunistas los que piensan como los cristianos. Cristo ha hablado de una sociedad donde los pobres, los débiles y los excluidos sean quienes decidan. No los demagogos, los barrabás, sino el pueblo, los pobres, que tengan fe en Dios o no, pero son ellos a quienes tenemos que ayudar a obtener la igualdad y la libertad” (Jorge Bergoglio, 2016).

“El papa condena la concentración de medios. Es una forma de colonialismo que impone “pautas alienantes de consumo” a los pueblos y reduce a los países pobres a proveedores de materia prima y trabajo barato (Bergoglio, 2015). Entre otras instituciones, la Federación Española de Sindicatos de Periodistas llamó la atención en su día sobre la muy escasa presencia de estas ideas papales en los propios medios de comunicación más influyentes. Es lógico, el hecho le da la razón a las tesis de Marx y Lenin.

«La mano invisible del mercado [aquí están la Banca y los medios de comunicación] no funcionará jamás sin un puño invisible, McDonald’s no puede extenderse sin McDonnell Douglas, el fabricante del F-15. El puño invisible que garantiza la seguridad mundial de las tecnologías del Silicon Valley es el ejército, la fuerza aérea, la fuerza naval y el cuerpo de marines de Estados Unidos» (Thomas L. Friedman, en New York Times Magazine, marzo de 1999). Se le agradece a Friedman su análisis marxista y su sinceridad, un periodista neoliberal, Premio Pulitzer, que nos cuenta en breves palabras cómo funciona el mundo, para que abran los ojos no pocos ingenuos de izquierdas, incluso el mismo Marx. La articulación finanzas-grandes empresas-medios de comunicación-ejército/guerras-tecnología, así funciona el Poder.

“Dicen que hablo mucho de economía pero es que la economía es pensiones, economía es la sanidad, es la educación, es la vida y las preocupaciones de la gente… ¿Qué es lo que más preocupa a la gente?: el paro y los problemas económicos” (Mariano Rajoy, en su despedida de la legislatura, antes de las elecciones de diciembre de 2015, la cursiva es mía). O sea, es la economía, ¡estúpido!, la que influye incluso en nuestro equilibrio emocional, como afirmó el doble diablo que ahora cumple 200 tacos. Mariano Rajoy es marxista.

La frase “the economy, stupid” la utilizaron Bill Clinton y su asesor de campaña James Carville a principios de los años noventa, por tanto, ambos son marxistas. Y es que, como me dijo en cierta ocasión el médico, activista y político Sebastián Martín Recio, “el marxismo es el sentido común”, incluso en la sabiduría popular, este aspecto de la determinación económica está presente: “Por el dinero baila el perro”, afirma un refrán; “qué bonito sería el mundo/ si ni existiera el dinero”, sostiene la letra de una sevillana; “al son del clarín/ tan sólo baila el que quiere,/ al son del dinero/ dime quién no se mueve”, cantaba Cecilia.

Cuando el 4 de agosto de 2013 entrevistaron en Abc al entonces ministro de Asuntos Exteriores del PP, José Manuel García-Margallo, y le preguntaron sobre el tema catalán, respondió: «En esta época hay que tener muy claro que, frente al poder nacionalmente inabarcable de grupos multinacionales que con su capacidad de crear y destruir empleo, de crear y destruir felicidad, pueden poner de rodillas a muchos Estados soberanos, cualquier movimiento disgregador o separatista va contra el sentido de los tiempos. De ahí la importancia de integrarse en unidades cada vez más grandes, como la misma UE.». Vaya, el señor ministro contestaba en clave de materialismo histórico, los gobiernos democráticamente elegidos pueden ser puestos de rodillas por poderes que están por encima de ellos mismos, a los que nadie ha elegido al menos directamente y en las urnas, poderes que incluso pueden “destruir felicidad”, agentes que conforman esa estructura sobre la que se levanta una superestructura política. De nuevo –como en el caso de Friedman- le agradezco al señor García-Margallo su franqueza pero al tiempo le pregunto: si lo votan a usted para que –como poder ejecutivo que es- vigile que el poderoso no abuse del resto de los mortales y reconoce que puede hacer poco o nada, ¿a quién está usted engañando?, ¿para qué sirve esta democracia?

En fin que, quieran o no, ahí está todavía el viejo doble diablo barbudo, librándonos de morir estúpidos, alguien que nos dijo, al igual que sus colegas transgresores –precedentes y posteriores-, que nuestra libertad empieza cuando conocemos las determinaciones a las que estamos sometidos.

Fuente: ElDiario.es

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