Las elecciones de rector y la ausencia de una buena política universitaria

César Antonio Estrada Mendizábal

A veces es bueno observar nuestra circunstancia (como diría Ortega y Gasset) con ojos de un visitante que no esté acostumbrado a nuestra cotidianidad, que es como nosotros –universitario, por ejemplo– pero que viene de otro medio donde las cosas marchan de manera distinta. Algo así como si a un pez se le pidiera una descripción del río que habita: convendría saber también la visión de un anfibio que conoce además de las aguas las tierras de las riberas.

Pues bien, en la Usac –y en Guatemala– sucede lo mismo. Conviene que, por un momento, nos despojemos de la familiaridad con nuestro medio para poder así verlo mejor y darnos cuenta de la necesidad de cambiarlo. Ya estamos en abierta campaña para elegir rector, los candidatos están procediendo como de costumbre, igual que se ha hecho –después de la agresión estatal contrainsurgente– desde mediados de los ya lejanos años ochentas, con un discurso limitado, sin sustento en la realidad y con frecuencia demagógico, ofrecimientos –algunos estrafalarios– de muy dudoso cumplimiento y actividades meramente electorales. Diríamos que esto no es de extrañar pues es lo que siempre se ha hecho y les ha dado buenos resultados, ¿por qué habrían de hacer más?

El asunto, el caso, es poner atención a lo que hacen los universitarios de a pie, los que no somos funcionarios o directivos, “autoridades”, ya hayan sido electos o designados, o los que no somos miembros de alguno de los grupos en la contienda electoral, es decir, fijémonos en la actitud de la generalidad de la población sancarlista. ¿Cómo actúan, como reaccionan ante los requerimientos o solicitudes de los candidatos a rector?

Lo más notorio quizá sea la indiferencia, la renuencia a querer pensar u ocuparse en los asuntos colectivos, institucionales, de la universidad como un todo, como un organismo y no como una colección de órganos desconectados, la negativa a ver los deberes de su casa de estudios hacia las mayorías sociales de Guatemala. Todo aquello que vaya más allá de las actividades particulares, de “mi” facultad, de “mi” departamento, de mi pequeño nicho (sin alusiones fúnebres) académico, nos tiene sin cuidado. Poco importa el rumbo de la Carolina, a quién o a qué sirva, a favor de qué intereses está, cuál es la situación del país, en tanto mis intereses académicos y laborales no sufran menoscabo.

Lo anterior puede notarse en los rostros de los profesores o estudiantes que reciben y escuchan a los candidatos en los auditorios o en las visitas a las clases, los llamados “pasos de aula”: muchos reflejan extrañeza –como diciendo y estos quiénes son, qué nos vienen a decir, cuáles serán sus intenciones–, apatía o incluso aburrimiento, como un deseo de decirles que sí, que aceptan su propuesta, y que se vayan, que los dejen volver a su entorno habitual y seguro, a continuar sus actividades o simplemente reintegrarse a su rutina.

En los corredores, en los edificios o en los jardines de los espacios universitarios se colocan mantas, emblemas, atractivas fotos de los candidatos (¿cuál será el estudio fotográfico encargado?), algunas formas novedosas de propaganda; los partidarios de los aspirantes a la rectoría distribuyen volantes, sonrisas y saludos, en fin, lo que sea necesario para atraerse las simpatías de los potenciales votantes, y aquí es justo agregar que desde las elecciones pasadas afortunadamente ya no se ponen bocinas con música a todo volumen cerca de las aulas, sensuales edecanes, bebidas y comidas para seducir a los incautos, con la consecuente interrupción de las actividades académicas. En todo caso, los transeúntes simplemente reciben la propaganda, devuelven amablemente las sonrisas, y siguen su camino hacia su mundo privado, generalmente a la indiferencia, la pasividad o la resignación, la aceptación de lo dado, de que nada va a cambiar, de que es mejor adaptarse pues de cualquier manera la experiencia de muchos años ha demostrado que nada se logra y siempre ha sido así.

Realmente, es comprensible este comportamiento indolente o conformista aunque se convierta en un obstáculo formidable para buscar la superación del Alma máter. Además –podemos preguntarnos– ¿qué tiene que ver todo esto con la ausencia de una política universitaria sana? Pues que precisamente esto es lo que debería buscarse más allá del pasajero activismo electoral para designar al nuevo rector, ya que es en el dinamismo de lo político, es decir, de los intereses, afanes, necesidades y aspiraciones de los miembros de la Usac, en tanto que universidad, esto es, atendiendo a su naturaleza de institución cultural –cultura entendida como cultivo de la realidad– e ideológica, portadora de una concepción del mundo, de ciencia y de una jerarquía de valores… Es este dinamismo político, decíamos, donde se define, se concreta y fluye la vida universitaria en sus vertientes de proyección social, educación y práctica científica.

La política universitaria a que me refiero –y de la cual somos sujetos los universitarios todos– trata los asuntos fundamentales que sirven de base y orientan el quehacer de la universidad. Considera principalmente su posición en la sociedad guatemalteca, los deberes de conocimiento, ciencia, acción y justicia que la historia de nuestro pueblo le impone más allá de lo que manda la letra muerta de las leyes vigentes. Los profesores y los estudiantes –en realidad, por tratarse de una universidad pública, cualquier connacional interesado y con la formación necesaria– deberíamos estudiar, conocer, pensar y discutir nuestra realidad concreta para determinar qué universidad necesitamos y podemos lograr –cuáles serán sus funciones y sus prioridades– y llevarla a la práctica, ponerla en marcha.

Para ello, deberemos considerar graves asuntos como el establecimiento de la política o filosofía educativa que guiará el currículo universitario y que decidirá si sólo vamos a seguir a pie juntillas los lineamientos foráneos dictados por los organismos internacionales, las “acreditaciones de carreras” y la “educación por competencias”, que responden principalmente a los intereses patronales, o si nos esforzaremos en definir cuál es la educación en que debemos embarcarnos rumbo al objetivo de nuestra liberación individual y colectiva; si vamos a seguir postergando las ciencias humanas y sociales, el pensamiento crítico y el conocimiento de nuestra realidad histórica, si seguiremos ignorando que para aplicar la ciencia primero debemos conocerla y comprenderla con la consiguiente relevancia de la teoría y de las ciencias básicas, si nos haremos cargo de que más que enumerar o describir fenómenos debemos pugnar por conocer sus causas y sus relaciones. También reclaman nuestra atención las distintas prácticas científicas de la universidad, la sistematización, ordenamiento y difusión de los saberes, la búsqueda de nuevos conocimientos que sean de nuestro interés, es decir, la investigación científica pertinente, seria y de peso; tenemos que establecer nuestras propias prioridades y criterios, asignar racionalmente y de acuerdo a un plan bien pensado los recursos materiales, promover un ambiente propicio para la labor de los universitarios de ciencia, los intelectuales y los artistas. En fin, acaso más urgente sea que decidamos cómo vamos, como universidad, a coadyuvar en la superación del estado de explotación, falta de educación, marginación y discriminación étnica, de género y de clase que sufre la mayoría de habitantes de nuestro país, cómo vamos a relacionarnos con las fuerzas vivas del pueblo para ya no sólo aplicar el “Id enseñad a todos” sino el ir, enseñar y aprender de todos, dejando de lado falsas ilusiones o autoengaños como el manido asunto de “hacer uso de la iniciativa de ley que establece la Constitución” empleando tiempo y recursos en redactar propuestas de leyes que simplemente se engavetarán, o, en esta misma línea, evaluando la conveniencia de continuar ciertas gravosas atribuciones como la de que nuestra Casa de estudios se enfrasque en tareas de dudosa necesidad como la designación de magistrados ante las cortes nacionales.

Como vemos, pues, tenemos tareas más importantes y urgentes que la mera elección de un nuevo rector (o rectora, en esta ocasión) que llegue, como ha sido la costumbre, simplemente a administrar una pesada maquinaria burocrática y legalista que posterga o menosprecia el auténtico espíritu universitario y que, de todos modos, usando un símil de la Física, ya tiene su trayectoria definida y requiere una gran fuerza para cambiarla. Esta coyuntura electoral, con todo y sus limitaciones, dejará algo positivo si nos hace patente que, en realidad, lo que necesitamos es responder al llamado que nos hace nuestra historia de establecer una buena política en nuestra Alma máter, que sea consecuente con su naturaleza universitaria y que la ayude a alcanzar sus altos fines.

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