Pensar y medir el estancamiento secular

Michel Husson
Viento Sur

Existe hoy día un debate entre economistas bastante fascinante, tan opuestas son las posiciones. Por un lado, algunos avanzan previsiones catastrofistas en cuanto a los efectos de las nuevas tecnologías sobre el empleo, y lo más sorprendente es que se les califica de “tecno-optimistas”. Enfrente, los “tecno-escépticos” constatan la ralentización tendencial de los aumentos de productividad del trabajo y anuncian el advenimiento de un “estancamiento secular” 1/.

El siguiente gráfico muestra esta tendencia que comenzó al menos a partir de la gran recesión de mediados de los años 1970. Plantea un auténtico enigma, como reconocía Patrick Artus: “No se comprende bien por qué, a pesar del desarrollo de la informática, del esfuerzo de investigación y de innovación, los aumentos de productividad disminuyen y el crecimiento a largo plazo se vuelve débil, en resumen, ya no se sabe analizar la situación a largo plazo de las economías” 2/.

Aumentos de productividad anuales en el conjunto de la economía francesa medias por períodos

¿Un problema de medida?

Sigue por tanto de actualidad la paradoja que enunció hace treinta años Robert Solow: las nuevas tecnologías están por todas partes, excepto en las estadísticas de productividad. Entre las explicaciones que se han avanzado para explicar esta paradoja está la idea de que los instrumentos estadísticos tradicionales no tienen en cuenta la nueva naturaleza de los bienes y servicios surgidos de la economía “digital”.

Hay que volver por tanto a la definición de la productividad del trabajo: pretende medir el “volumen” de bienes y servicios producidos en una hora de trabajo. ¿Cómo se calcula este volumen en las contabilidades nacionales? Se suma la facturación de todas las empresas y se deducen después los consumos intermedios (los intercambios entre empresas) y así se obtiene el PIB expresado en euros, a precios corrientes o en valor. Para obtener un volumen se necesita un índice de precios.

Entonces aparecen los temibles problemas metodológicos, porque la naturaleza misma de los productos cambia en el tiempo. ¿Cómo comparar, por ejemplo, un smartphone de hoy y un teléfono de cable de hace treinta años? Los precios deben ser ajustados para tener en cuenta los “efectos cualidad” que corresponden a estos cambios de naturaleza. El PIB “a precios constantes”, esto es sin inflación, se obtienen dividiendo (“deflactando”) el PIB a precios corrientes por el índice de precios.

Pero el propio término “cualidad” es engañoso. Tomemos una empresa que produce ordenadores; supongamos para simplificar que todos los años vende el mismo número (volumen) de ordenadores al mismo precio. Pero como las propiedades de los ordenadores van mejorando en el tiempo, su precio debería ser corregido a la baja para tener en cuenta este “efecto cualidad”, y el volumen de producción, y por tanto la productividad, serían más elevados. Esta es una de las explicaciones avanzadas para explicar la “paradoja de Solow”.

Este método introduce un corrimiento conceptual. El PIB “en volumen” sigue siendo un agregado de valores de cambio corregidos para eliminar el efecto de la inflación. Eso no puede ser al mismo tiempo una medida de la utilidad para el consumidor. Y es muy difícil salirse de este dilema, sobre todo porque los métodos estadísticos de los precios “hedónicos” o de manera más explícita de los índices “de utilidad constante” introducen esta confusión3/. Todo ocurre como si la pareja PIB en valor/PIB en volumen fuera asimilable a la distinción clásica entre valor de cambio y valor de uso.

El PIB es fundamentalmente (dejando aquí de lado el PIB no mercantil) una suma de cifras de facturación y hace referencia al valor de cambio de las mercancías producidas. La operación consistente en tener en cuenta los precios no puede transformar este agregado en una evaluación del valor de uso de los productos. Habríamos ganado mucho tiempo ahorrándonos la avalancha de literatura que pretendía derribar puertas abiertas, “descubriendo” que el PIB no mide el bienestar, ni la felicidad. El PIB es adecuado a su objeto, la medida de la actividad mercantil del capitalismo.

Un ejemplo perfecto de este tipo de confusión es esta observación procedente del antiguo economista jefe del Banco de Inglaterra, Charles Bean: “una parte creciente del consumo son productos digitales gratuitos o financiados por otros medios, como la publicidad. Aunque los bienes virtuales gratuitos tengan claramente valor para los consumidores, están excluídos del PIB, conforme a las normas estadisticas internacionales. Por consiguiente, nuestras medidas podrían no considerar a una parte creciente de la actividad económica”4/. Hay una confusión entre “valor [de uso] para los consumidores” y “actividad económica”. Tal vez sea ésa la clave del “estancamiento secular”: las innovaciones tecnológicas aumentan desde luego el bienestar de los consumidores, pero este aumento no está ligado a una producción mercantil. Por ejemplo, el “valor” que representa para el consumidor escuchar música en la red representa un valor de uso, pero no un valor de cambio.

Un estudio muestra además que las innovaciones informáticas sólo explican como mucho un sexto de la ralentización de la productividad 5/. Otro estudio presenta un resultado aún más perturbador. Cuando los aumentos de productividad ligados a las nuevas tecnologías pueden ser observados, son resultado de “un descenso de la producción relativa [del sector considerado] y de un descenso aún más rápido del empleo”6/. Es difícil conciliar estos “descensos de producción con la idea de que la informatización y las nuevas tecnologías incorporadas en los nuevos equipamientos estén en el origen de una revolución de la productividad”. Y los autores concluyen que sus resultados “sugieren por lo menos que las soluciones de la paradoja de Solow que se han propuesto hasta ahora deben ser examinadas de manera crítica, y que los partidarios de una ruptura tecnológica deben proporcionar pruebas más directas de las transformaciones inducidas por las nuevas tecnologías”.

Valor y efecto útil

Cada mercancía tiene un valor de cambio, es su precio. Tiene además algunas especificidades cualitativas, por ejemplo el tamaño de una pantalla plana, la potencia de un procesador, la duración de un corte de pelo o de una consulta médica, etc. Lo que los estadísticos denominan “cualidad”. Pero habría que introducir una tercera dimensión, su “efecto útil”, que sería su verdadero valor de uso. Se trata de una noción subjetiva que depende de una evaluación individual (las preferencias del consumidor) o de decisiones colectivas tras una deliberación política.

Ahora bien, “cualidad” y “efecto útil” no tienen por qué coincidir. Si a eso se añade el impacto ambiental de cada mercancía, se llega a la conclusión de que sólo una batería de indicadores puede informar de estas múltiples dimensiones. Esta noción de efecto útil está sacada del Anti-Duhring de Engels7/: “son a fin de cuentas los efectos útiles, ponderados entre ellos y en relación a las cantidades de trabajo necesarias para su producción, los que determinarán el plan”. Hoy habría que añadir “y en relación a las limitaciones ambientales”, para tener una buena definición de la planificación ecológica. Engels añade incluso que “esta evaluación del efecto útil y del gasto de trabajo en la decisión relativa a la producción es todo lo que queda en una sociedad comunista del concepto de valor de la economía política”. Es una manera de subrayar la necesidad de otro cálculo económico que se base en una evaluación colectiva de los “efectos útiles”.

¿Un capitalismo estacionario?

Admitamos ahora la hipótesis de estancamiento secular y por tanto de aumentos de productividad rigurosamente nulos. ¿Cuáles serían sus implicaciones en la tasa de ganancia? La evolución de este barómetro del capitalismo depende de tres factores: aumenta con la productividad del trabajo y baja con el salario y el capital per capita. Si se supone que el capital per capita y la productividad del trabajo se mantienen constantes, quedaría esta regla simple: la tasa de ganancia varía en razón inversa al salario real.

La cuestión planteada a partir de estos hechos simplificados es la reproducción del capital. El PIB es producto de la productividad del trabajo por el empleo o por el número de horas trabajadas, según se mida la productividad a partir de los efectivos o de las horas de trabajo. El PIB ya sólo podría progresar aumentando los efectivos o la duración del trabajo.

Esta configuración así obtenida se complica considerando los mecanismos de redistribución, en particular las jubilaciones. Suponiendo que la tasa de sustitución (la relación entre pensión media y salario medio) sea constante, se obtiene una ecuación básica que describe el equilibrio de un sistema de jubilaciones por reparto. Establece que el salario medio debe aumentar al igual que la productividad del trabajo, del que hay que deducir una parte correspondiente al aumento del ratio de dependencia (la relación entre jubilados y activos).

Este equivalente-productividad del envejecimiento (medido por la evolución del ratio de dependencia) es, en el caso de Francia, del orden de 0,5% al año. Pero si el crecimiento de la productividad se supone nulo, implica no sólo una transferencia continua de los asalariados hacia los jubilados, sino un descenso del conjunto de las rentas, salarios y pensiones. Para decirlo más claramente, el PIB aumenta pero, teniendo en cuenta una productividad del trabajo que se supone nula, sólo aumenta en proporción al empleo. El PIB per capita es constante pero baja si se le relaciona con los beneficiarios (asalariados + inactivos). Si se hace intervenir la duración del trabajo, la conclusión es también clara: el mantenimiento del ingreso para todos sólo es posible si la duración del trabajo de los activos aumenta, para compensar el “equivalente-productividad”.

La cuestión que se plantea entonces es saber si dicho “estado estacionario” es compatible con el capitalismo. Desde 1991, Herman Daly se planteó implícitamente esta cuestión y respondió positivamente. Imaginaba una economía estacionaria (Steady-State Economy) que podría estar “basada en premisas perfectamente respetables: propiedad privada, libre mercado, rechazo de las burocracias y del control centralizado”8/. En su libro Prosperidad sin crecimiento, Tim Jackson defiende también que una economía sin crecimiento es compatible con el capitalismo: “pueden existir ?y existen? economías capitalistas que no estén en crecimiento (…) es posible, en principio, “estabilizar” una economía capitalista relativamente clásica” 9/.

Pero parece difícil imaginar un capitalismo sin crecimiento, porque este modo de producción está basado en la competencia entre capitales, en la acumulación sin fin y en la maximización de la ganancia. Basta con observar cómo reacciona este sistema de manera socialmente regresiva a la ralentización de los aumentos de productividad (y a la crisis) para comprender que no puede acomodarse a una economía parsimoniosa. Esta perspectiva de un agotamiento de los aumentos de productividad y aún más el desafío climático hacer necesario pasar a otro cálculo económico: el objetivo no sería ya maximizar la ganancia sino maximizar el bienestar sin coacción ambiental. En esta sociedad, utilizando una fórmula de Marx, “los productores asociados gestionan racionalmente su metabolismo con la naturaleza”.

Traducción: viento sur

http://www.historicalmaterialism.org/blog/explanatory-value-theory-uneven-and-combined-development

Notas:

1/ Michel Husson, “Stagnaton séculaire ou croissance numérique?”, Analyses et Documents Économiques, nº 122, junio 2016.

2/ Patrick Artus, “On ne sait plus analyser la situation à long terme des économies”, 7/12/2017.

3/ Florence Jany-Catrice, “Conflicts in the calculation and use of the price index: the case of France”, Cambridge Journal of Economics, 2017.

4/ Charles Bean, “Measuring the Value of Free”, Project Syndicate, 3/05/2017

5/ David Byrne, John Fernald, Marshall Reinsdorf, “Does the United States have a productivuty slowdown or a measurement problem?”, Brookings Papers, marzo 2016.

6/ Daron Acemoglu, David Autor, David Dorn, Gordon Hanson, Brendan Price (2014), “Return of tje Solow Paradox?”, American Economic Review, Vol. 104, nº 5.

7/ Friedrich Engels, Anti-Dühring, 1878.

8/ Herman Daly, Steady-State Economics, 1991.

9/ Tim Jackson, Prosperité sans croissance, De Boeck, 2010. Ver la reseña de Jean Gadrey, 17/04/2011.

Fuente: http://vientosur.info/spip.php?article13626

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