Serias exclusiones en las elecciones de rector de la Usac

César Antonio Estrada Mendizábal

Cada cuatro años se celebran elecciones para determinar quién será el nuevo rector de la Universidad de San Carlos, la cual, según sus reglamentos, está gobernada por el Consejo Superior Universitario que, a su vez, es dirigido o coordinado por el Rector. Huelga repetir la importancia educativa, científica y política de una universidad en un país como el nuestro, y la Usac, como universidad pública nacional –la única, según la legislación vigente– ve realzadas las funciones universitarias por los compromisos que le impone la apremiante situación histórica de nuestra población. Por otro lado, el poder económico y sus satélites partidistas quieren injerirse en la dirección de la Universidad por su influencia política e ideológica y por las designaciones que hace de altos funcionarios o de magistrados y jueces en el aparato estatal.

Sería de esperarse que los procesos eleccionarios universitarios fueran democráticos e incluyentes y que, principalmente, atendieran a la naturaleza científica y cultural y a los altos fines de una universidad. Además, los votantes, es decir, los profesores y los estudiantes –y en nuestro medio, los miembros de los colegios de profesionales– tienen una educación formal superior al promedio del país, por lo que tendrían mayor conocimiento, conciencia y criterio para decidir su voto (que esto sea realmente así, es otro asunto).

Podríamos hablar de factores cualitativos y cuantitativos que intervienen en el buen éxito del sistema electoral que se sigue para elegir a los directivos universitarios. Los primeros se refieren al aspecto subjetivo, a la conciencia social, a la ideología y a los elementos psíquicos de quienes votan. Los segundos, a la cantidad de votantes o electores que a su vez han sido previamente electos, a la universalidad del voto y a los pesos que se asignan a cada sector –profesores, estudiantes o profesionales colegiados– en la determinación del resultado final de las elecciones. Voy a referirme acá a estos factores cuantitativos o meramente numéricos, y los datos que presento los tomo del escrito Propuesta de democratización de la elección de Rector de la Universidad de San Carlos de Guatemala, publicado por la Coordinadora General de Planificación de la Usac en enero del corriente año, y que hace ver algunos de los problemas que aquí planteo.

Antes de continuar, recordemos que la elección de rector se realiza por el sistema de cuerpos electorales, cada uno de los cuales está integrado por cinco electores que se eligen dividiendo a la universidad en sectores (obsérvese, sin embargo, que la universidad no puede ser simplemente fraccionada en sectores): cada una de las diez facultades aporta un cuerpo estudiantil y uno docente (veinte cuerpos en total) y cada colegio de profesionales (son catorce) contribuye con un cuerpo para totalizar treinta y cuatro cuerpos electorales.

Empecemos por los profesores, que es el grupo donde más se manifiesta la desigualdad electoral. La totalidad del profesorado de la universidad se divide en 3,113 profesores titulares (o numerarios) de los cuales 1,835 trabajan en las Facultades y son los únicos que según las leyes de la Usac tienen derecho a voto, en 4,011 interinos y 1,415 contratados en otros rubros, para dar un total de 8,539. Es decir, de todos los profesores titulares se quedan sin votar los 1,278 que laboran en las Escuelas o en los Centros Regionales (41%) o, dicho de otra forma, sólo vota 59% de los titulares.

Si comparamos con el total de profesores (8,539) podremos ver la exagerada proporción de no titulares (interinos y otros suman 5,426): 63.5%, lo cual es inconveniente educativa, laboral y políticamente. Es decir, 63.5% de los profesores de la Universidad de San Carlos no tiene derecho a voto por no ser titulares. Si a esto le agregamos que sólo pueden ejercer el voto los de las facultades, el porcentaje de los que no pueden votar aumenta a 79.5%. En otras palabras, de cada cinco profesores, sólo uno puede ejercer el voto para elegir rector ¿Cómo se podrá justificar que unos profesores puedan votar y la mayoría no? (Una pequeña digresión: ¿por qué la Universidad no convoca los concursos de oposición para contratar profesores titulares, y que así los interinos normalicen su situación?)

En el caso del estudiantado, de los 215,023 estudiantes sólo pueden votar los 121,971 de Facultades y no los 67,569 de Centros Regionales ni los 25,250 de las Escuelas. O sea, no vota 43% de los alumnos. Aquí también es patente la desigualdad electoral: sólo votan dos de cada cinco estudiantes.

Otro aspecto determinante al que debe prestarse atención es la proporción de los grupos o sectores que participan en las elecciones. Este año se cumplen cien años de la Reforma Universitaria de Córdoba que inspiró a las universidades latinoamericanas, y uno de cuyos principales resultados fue hacer ver la función o la pertinencia social de la universidad y otro, reclamar el gobierno paritario de la misma por estudiantes y profesores. En su Ley Orgánica, que data de 1947, en el gobierno revolucionario de Juan José Arévalo, y que ya merece una revisión, la Usac tiene establecido que cada colegio de profesionales tiene derecho a un cuerpo electoral de cinco integrantes. Inicialmente, había un colegio por cada facultad, pero con el paso del tiempo se fundaron otros y ahora son catorce, en tanto hay sólo diez facultades. Se ha creado, entonces, una desigualdad: los profesores y los estudiantes cuentan con diez cuerpos electorales para cada agrupación, mientras que los colegios tienen catorce, es decir 40% más que cada uno de los conglomerados fundamentales que en esencia constituyen una universidad. (Esta anomalía tiende a ahondarse si continúa la multiplicación de estas gremiales agrupaciones de profesionales.) Nuevamente, ¿cómo se puede explicar esta diferencia? Dejando a un lado las cifras y pasando al ámbito de lo subjetivo, de las apreciaciones, conocimientos y formas de pensar de los individuos, se puede agregar que la mayoría de egresados de la universidad, los miembros de los colegios, en sus años estudiantiles sólo obtuvieron un conocimiento limitado de su Casa de estudios, se han distanciado de ella y no hacen vida académica por lo que no están al tanto de la situación, las necesidades y las aspiraciones del Alma Máter, con lo cual se acentúa la inconveniencia de que los colegios de profesionales tengan un peso tan grande en la elección de rector o de autoridades universitarias como decanos o directores de Escuela o Centros Regionales.

Finalmente, el otro aspecto cuantitativo que voy a mencionar se refiere al método eleccionario por cuerpos electorales, que también está especificado en la legislación de la Usac, y que hace que el voto de los universitarios no sea directo sino que se use para elegir a quienes integrarán dichos cuerpos los que, a su vez, han de reunirse para, entre ellos, elegir al rector. (Aquí podría preguntarse qué conocimiento o sabiduría es exclusiva de estos electores electos para que sean ellos quienes elijan al rector o decanos y no la generalidad de los profesores y de los estudiantes.) Pues bien, el problema numérico consiste en que si hay varios grupos o planillas que compiten en la elección de los electores, la planilla ganadora “se lleva” o se le adjudican todos los electores (cinco) aun cuando la diferencia con los competidores haya sido mínima. Es decir, no hay proporcionalidad, quienes hayan votado por las otras opciones no cuentan, no estarán representados en la elección final, y es como si electoralmente no existieran.

Todo lo anterior es cuestión de números, de cantidades, e influye significativamente en la adecuación o no del sistema electoral de la Usac para elegir su rector, y, en consecuencia, podemos preguntarnos cuán legítimas e incluyentes son estas elecciones. Si se quiere evaluar la legitimidad o representatividad de los directivos electos, a la consideración de los datos anteriores habría que agregar información sobre el grado de participación o abstencionismo de los que sí pueden votar. ¿Podrán dichos directivos conducir la universidad independientemente de la participación del grueso de los profesores y los estudiantes, aduciendo una representatividad de la que carecen?, ¿será que sus disposiciones se basan simplemente en el poder formal que ostentan? Sin embargo, aquí hemos tratado sólo aspectos cuantitativos. Lo político, en el buen sentido de la palabra, lo académico, lo moral, la toma de conciencia de nuestra situación histórica, en una palabra lo subjetivo, acaso tengan una mayor influencia y ameritan nuestra atención y pensamiento, nuestra acción, pero eso es tema de otra discusión más amplia y abarcante. Después de todo, nuestra universidad pública, la San Carlos, se debe a su pueblo y debe responderle, desde su propia esencia universitaria, de la mejor manera posible.

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