El espacio, última frontera de Pekín

Andrea G. Rodríguez

Desde el lanzamiento del Sputnik soviético el 4 de octubre de 1957, las grandes potencias han ansiado controlar el espacio extraterrestre. Lo que a priori fue concebido como una estrategia para conseguir la ventaja en el frío enfrentamiento entre los dos bloques durante el siglo XX y una maniobra de demostración de superioridad tecnológica se ha convertido en vital en el siglo XXI. El espacio hace posible nuestro día a día, desde defensa a telecomunicaciones, pasando por la geolocalización. Un satélite está haciendo posible que leas estas palabras ahora mismo.

Stacey Solomone, analista del Departamento de Defensa de los Estados Unidos, logró resumir los objetivos de la China contemporánea en cinco etapas. La primera de ellas fue redefinir la identidad nacional y el orgullo en torno al neonato Estado comunista que desembocó en corrección política con Mao Zedong. Para Solomone, se trataba de una nación en búsqueda del poderío económico, lo que derivaba en una exaltación de su herencia cultural y el reavivamiento del sentimiento de pertenencia. Por último —y sobre todo desde el año 2012 con Xi—, ha querido configurar una visión de futuro para un país que encuentra su lugar en el mundo y en las relaciones internacionales.

La carrera espacial en la que se encuentra sumergida la República Popular China (RPCh) lleva tatuadas estas cinco fases. En la actualidad, responde a la necesidad de Pekín de ampliar su influencia a escala mundial, vigilar el mundo desde un lugar privilegiado fuera de la atmósfera terrestre.
China y el espacio

La industria aeroespacial es casi tan pretérita como la República Popular y tiene sus inicios en la Revolución Cultural. Nació como respuesta a la necesidad de garantizar la supervivencia del nuevo Estado en el marco de la Guerra Fría y tuvo uno de sus primeros grandes hitos con el programa “Dos bombas, un satélite”, que contribuyó al desarrollo de la capacidad nuclear de la RPCh.

Desde el inicio, el Partido Comunista Chino, en su búsqueda del éxito aeroespacial, tuvo que lidiar con el miedo a los intelectuales. Fue Mao Zedong el autor de la famosa frase “Leer muchos libros es malo” y el responsable de la persecución de los sectores educados de la sociedad china a finales de los años 60. Por ello, todos los programas espaciales fueron de pronto llevados a cabo bajo el paraguas del Ejército Rojo. No sería hasta la llegada de Deng Xiaoping al poder en 1978 cuando China planearía cuatro grandes olas de modernización que también afectarían al mundo aeroespacial al reasegurar, dentro del marco de la ciencia y la tecnología, un espacio en la sociedad para ingenieros e intelectuales bajo el auspicio del Partido Comunista Chino y de acuerdo a la organización social confuciana recogida en las Analectas, por la cual el superior debía proteger al inferior y este, jurar lealtad al otro.
Póster de los años 80 con el que se trataba de conseguir la simpatía de la sociedad china para el desarrollo de la industria aeroespacial. Fuente: Why on White

No obstante, Deng se encontró una China con una infraestructura inadecuada para el florecimiento de una ciencia compleja como es la del espacio. Una sociedad ordenada con una base económica fuerte, una clase intelectual cultivada —que necesitaba de un sistema educativo sólido y avanzado, con garantías— y un Ejército moderno debían preceder esta tercera gran modernización. En parte, el éxito de jefe del Ejecutivo se debió a la capacidad de este para implicar con astucia a toda la sociedad en la carrera espacial convenciéndolos de que la modernización era el único camino para el éxito y para la creación de un futuro en el cual China volviera a recuperar su estatus como el Imperio del Medio.

La organización de la industria aeroespacial china es compleja y en ella juega un rol muy importante la burocracia estatal, impregnada en todas las fases y estructuras, lo que hace muy difícil la distinción de la ciencia del espacio como fin para defensa, investigación dentro del mundo académico o para la mejora de la calidad de vida de la población china. Por supuesto, las instituciones que comprenden este empeño son de carácter público —la Administración Espacial Nacional China, la Corporación Aeroespacial China…—, como sucede con otros sectores de vital importancia para China, como puede ser el petróleo. Desde tiempos de Deng, la modernización se ha visto como una dinámica paralela al desarrollo social, como estabilidad, orgullo y, por supuesto, causa primera del rol que China ha comenzado a jugar en este siglo.

Saltando la Gran Muralla

Con el ritmo de consumo actual, se calcula que nos quedaremos sin petróleo en 2052, sin gas en 2060 y sin carbón —el otro gran combustible fósil, aunque poco utilizado actualmente salvo en contados países— para 2088. Dada nuestra dependencia de su consumo, este dato es sin duda alarmante. La disponibilidad de energía y la supervivencia tienen una relación muy estrecha, tanto como la tienen industria y crecimiento económico. Por ello, no es difícil de imaginar el porqué de la búsqueda de nuevas fuentes de energía o de la reconversión de la plataforma energética como prioridades renovadas en el siglo XXI.

China, contando con las previsiones de crecimiento económico para este año, habrá crecido un 9,75% de media en los últimos 40 años. Pero, a pesar de que el país está ampliando su consumo de energías renovables e incluso ha aprobado un plan para que del 1% actual pasen a representar un 20% de las consumidas para 2030, sigue teniendo una gran dependencia de combustibles fósiles y de las importaciones; pese a su vasto territorio, sus recursos autóctonos no son suficientes para satisfacer el consumo de sus más de 1300 millones de habitantes.
La relación en China entre consumo y producción de crudo conlleva una situación de considerable dependencia energética de otros países exportadores. Fuente: Jennifer Richmond

La dependencia china de las importaciones de productos energéticos es muy alta. Los esfuerzos del Gobierno por terminar esta situación se han reflejado en la creciente implicación de Pekín en países tan lejanos de su órbita de influencia tradicional como son los situados en África o América Latina. No obstante, con unos recursos terrestres finitos, la solución para la deriva china puede estar más allá; en concreto, fuera de nuestro planeta.

De la Luna, nuestro pequeño satélite, se ha tenido conocimiento desde hace siglos. Su existencia ha alimentado mitos y tiene impacto en el funcionamiento de la naturaleza en la Tierra. Ha sido protagonista de la ciencia ficción y de los grandes pasos de la humanidad —como diría Armstrong—. En la actualidad, puede que haya cobrado aún más importancia al ser el cuerpo celeste con el abanico más amplio de posibilidades para nuestra supervivencia y para el avance científico del que tenemos constancia.

Como fuente de energía y de recursos naturales, la explotación de la Luna se ha vuelto una prioridad para los programas espaciales de mayor prestigio. La disponibilidad de agua helada en su superficie en grandes cantidades no solo es vital para la vida humana en un futuro escenario en el cual el agua dulce deje de ser fácilmente accesible; también es un hallazgo que abarataría el combustible de las naves por el oxígeno y el hidrógeno, lo que resultaría en una mayor facilidad de las misiones de exploración espacial. Además, abundan minerales como el magnesio, aluminio, silicio, hierro, titanio o derivados del platino —que actualmente tienen un coste de entre 20.000 y 50.000 dólares el kilo—. En este sentido, la NASA ha empezado a autorizar a empresas privadas, como Shackleton Energy Company, para una futura explotación de los recursos de la superficie lunar.
Aunque con la tecnología actual la explotación de la superficie lunar para ampliar el mercado energético de He-3 sería demasiado costosa, Gobiernos, empresas y comunidad científicas ya están trabajando para encontrar una manera para importarlo de manera segura y eficiente y solucionar así los problemas de escasez. Fuente: Christopher Barnatt

Pero lo que sin duda más ha llamado la atención de la comunidad científica internacional y de los Gobiernos nacionales es la posibilidad de haber encontrado una fuente de energía muy abundante tanto en la Luna como en planetas como Júpiter con un riesgo bajo para la población —casi podría ser considerada una energía limpia— y con unas garantías de funcionalidad altas. La fórmula para la explotación de helio-3 (He-3), un isótopo ligero, es lo que andan buscando las agencias espaciales, en concreto —y con más fervor— la rusa, la china y la india.

El He-3 es resultado de la actividad del viento solar en la superficie de la Luna, no protegida por una atmósfera protectora, como la Tierra. Por su naturaleza, es perfecto para la fisión nuclear y además no dejaría residuos radiactivos, peligrosos para la salud humana y dañinos para el medio ambiente. No obstante, la concentración de este elemento en la Luna, el cuerpo celeste más cercano a nosotros con He-3, no es muy amplia; sería necesario explotar una superficie del tamaño de Washington D. C. para conseguir una cantidad decente. La ciencia debe resolver dos grandes problemas: cómo explotar este recurso de manera rentable —con la tecnología actual, un barril costaría cerca de 10.000 millones de dólares— y cómo llevar a cabo la fisión nuclear con éxito para así poder aprovechar la exuberante energía que el He-3 desprende.

¿El inicio del nuevo Imperio chino?

Robert D. Kaplan discute que la pugna por el control de las fuentes de energía ha terminado en la mayoría de las ocasiones con una inauguración de un nuevo orden mundial regido por una potencia u otra según su clasificación en la carrera. Si la era del carbón y del vapor fue el detonante para el Imperio británico en los siglos XVIII y XIX, la era del petróleo lo fue para EE. UU. desde finales del siglo XIX hasta principios del siglo XXI.

En octubre de 2003, la República Popular China puso en órbita a su primer taikonauta —el equivalente al cosmonauta soviético—, Yang Liwei, y en junio de 2012 volvía a hacerlo con la cápsula Shenzhou 9. A bordo, la primera mujer china en llegar al espacio, Liu Yang, que completaría con éxito la misión tripulada más larga hasta la fecha.

En la última década, China ha publicado dos Libros Blancos sobre desarrollo espacial, en los que subraya sus intereses de promoción de la civilización humana en clave pacífica y de exploración. En el último, publicado en 2016, remarcaba además su oposición a la militarización del espacio, con lo que venía a ratificar su posición en el Tratado del Espacio Exterior de 1967 y las varias comisiones de desarme celebradas internacionalmente.

Sin embargo, la RPCh posee capacidad militar espacial efectiva y defensiva, sobre todo en lo referente a la emisión y captación de misiles balísticos. El espacio se ha convertido en otra dimensión más de la defensa junto con el ciberespacio y los convencionales tierra, mar y aire. Los satélites de navegación y de exploración de la superficie terrestre son la joya de la industria aeroespacial china, que además lanzará su primera sonda a Marte en 2020.

Lo que podemos esperar de la RPCh en el presente y en un futuro muy cercano es un escenario de revolución tecnológica continuado, siempre que la economía lo permita. Con las características propias del régimen, el avance en lo espacial significará el éxito de una estrategia colectiva. La cooperación con otras agencias nacionales en el ámbito científico, en especial la rusa —que ya ha convertido a China en su primer cliente de crudo al superar en 2015 a Países Bajos—, ya se ha convertido en un gran objetivo. Cooperación, pero con objetivos de explotación exclusiva, a poder ser.

La innovación y renovación científico-tecnológica es de vital importancia para una China con un papel cada vez más activo en las relaciones internacionales. De su éxito en el espacio depende su imagen de fuerza, y el precio de no conseguirlo es demasiado alto para Pekín. Por ello, una vez resuelto el dilema del cómo en relación con el He-3, China podría convertirse en pionera en la explotación de un recurso, el oro lunar, lo que mejoraría su situación geoestratégica y disminuiría su dependencia exterior. La explotación del Ártico y la explotación de los recursos lunares son las últimas piedras de la nueva Gran Muralla china.

Fuente: El Orden Mundial
elordenmundial.com

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