El fetichismo de los títulos

Por César Antonio Estrada Mendizábal –

Según el diccionario, fetiche es un objeto de culto al que se le atribuyen poderes mágicos o sobrenaturales, por ejemplo, en la hechicería, un muñeco que supuestamente controla el cuerpo de una persona. En el primer tomo de El Capital, Marx establece la elaborada noción del fetichismo de la mercancía que, simplificándolo bastante, consiste en atribuirle a las mercancías, que son un producto social, vida o actividad propia independiente de sus creadores, los seres humanos.

Pues bien, en Guatemala y en muchas partes, se ha creado lo que podríamos llamar el fetichismo de los títulos, que consiste en la creencia de que un grado académico, un título o un simple diploma le confiere a su feliz poseedor el conocimiento, la pericia (el expertise como dicen los mal hablados que presumen de saber inglés) o, incluso, la sabiduría que se supone debería poseer quien ha ganado tales pergaminos. A la vez, se da por sentado que quien no posee estos títulos tampoco tiene conocimientos y no es digno de confianza, aunque sea muy preparado y de gran experiencia… Vaya, vaya, como que el pensamiento mágico campea por estos rumbos.

En realidad, en la práctica cotidiana, si necesitamos los servicios de un profesional o si un patrono necesita contratar, por ejemplo, a un ingeniero, un veterinario o un administrador de empresas, lo normal es que, de entrada, se le pida que tenga un título universitario que dé fe de que ha cursado unos estudios que lo hayan formado en los principios de su profesión y que lo hayan provisto de las destrezas propias de la misma. Después de todo, debemos cuidarnos de caer en manos de charlatanes o impostores que hagan mal su trabajo y simplemente nos estafen. Claro está que esperamos que las universidades –que ahora han proliferado tanto– sean responsables con la sociedad y no se limiten simplemente a repartir títulos a granel sin asegurarse de que sus graduados tengan las destrezas y actitudes necesarias para desempeñar decentemente una profesión. Empero, de aquí a creer que un graduado universitario es más hábil, más competente o mejor formado que otro simplemente porque tiene una maestría o, ahora que se han hecho tan comunes los títulos, un doctorado hay una gran distancia.

De hecho, de unos años para acá, las universidades, por moda, por no quedarse a la saga o por simple comercialización de la educación, se han enfrascado en una carrera por ver cuál adquiere más notoriedad anunciado títulos que van más allá de las pobres y devaluadas licenciaturas, es decir, cuál ofrece más postgrados, sean estos “diplomados” (acaso no es diplomado un niño que aprueba la primaria), maestrías o doctorados en artes, en ciencias, en filosofía o en lo que les ocurra a los creadores de estos programas –todo sea por atraer alumnos– algunos de cuyos nombres son tan variopintos que recuerdan esos colegios de educación secundaria que, aparte de mantener todo el año lectivo el rótulo de “inscripción abierta” anunciaban carreras tan peregrinas como bachiller en medicina, en aviación o perito en belleza.

Los programas universitarios de postgrado pueden ser buenos o malos, más o menos pertinentes a las necesidades del país o al avance de la investigación y la ciencia, sus currículums pueden ser sólidos y bien planteados o débiles y mal planificados; su nivel académico puede ser alto, mediocre o estar por los suelos, y quienes los cursan pueden tener un buen desempeño, ser buenos estudiantes y realmente aprender y adquirir nuevas destrezas técnicas o científicas, o ser mediocres, medio pasar los cursos e, incluso, plagiar tesis o trabajos de investigación como algunos casos notorios que han sido públicamente conocidos. De todo hay en la viña del Señor, y lo cierto es que no podemos atribuirle a un título de postgrado la garantía de que quien lo posea tenga una preparación o unas cualidades profesionales o intelectuales superiores a las de un buen licenciado que no haya cursado dichos estudios: todos habremos conocido colegas sin maestría que son muy competentes y confiables y doctores cuyo título no corresponde a su preparación.

Todo esto, el ver de esta equivocada manera las maestrías o los doctorados, el hacer de los títulos un fetiche, una cosa que asegurara a quien lo obtenga no importa cómo las bondades académicas propias de alguien que realmente sabe y que ha desarrollado un pensamiento propio y crítico (algo así como aquellas pulseras mágicas que se compran y que atraen la buena suerte) vino a mi mente cuando escuché en un foro reciente a más de algún candidato a la rectoría de la Usac ofrecer con total desparpajo que para “mejorar” la docencia universitaria “capacitaría” a los docentes (¿quiere decir esto que no son capaces o que no pueden buscar ellos mismos la forma de superarse?) ofreciéndoles a todos maestrías o hasta doctorados (“en línea” o presenciales, da igual) de manera que obtuvieran un postgrado, algo así como aquella ingenua idea de que la formación de los maestros de educación primaria mejoraría por el mero hecho de recibirse en las universidades y no en las escuelas normales.

En fin, lo cierto es que, como dicen los dichos, “el que sabe sabe,” y “el hábito no hace al monje”: conviene ver más allá de la formalidad o del oropel de los títulos, no vaya a ser que caigamos víctimas de su embrujo y paremos siguiendo a un fetiche que quién sabe a dónde nos lleve.

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