Rescates

David Brooks
La Jornada

Atletas, inmigrantes jóvenes, hartas mujeres, hartas, periodistas y superhéroes están entre los rescatistas del desastre trumpiano que continúa asaltando a este país, y con ello hay estallidos de ira, resistencia, rebelión enlazadas por solidaridad que ofrecen un poco de esperanza cada día ante la avalancha de crueldad obscena que se ha desatado desde el año anterior.

La semana pasada dos asesores de la Casa Blanca renunciaron después de que fueron acusados por ex esposas y novias de abuso físico y verbal. Trump, como lo ha hecho repetidamente, los defendió después de insistir en que eran alegaciones no comprobadas y que no se deben destruir las carreras y las vidas de las personas a base de acusaciones, olvidando, aparentemente, las innumerables ocasiones en que ha hecho lo mismo. Pero para estrategas políticos, Trump, tal vez sin darse cuenta, se enfrenta con todo al creciente movimiento conocido como #YoTambién (MeToo) que ha derrocado a decenas de hombres poderosos en todos los ámbitos del país, y sigue amenazando al comandante en jefe (por lo menos 19 mujeres públicamente han acusando a Trump de hostigamiento y abuso sexual). Con esto, el presidente está alimentando el movimiento de mujeres que fue el primero en confrontarlo. Una expresión de esto es que un número sin precedente de mujeres –según un cálculo, 26 mil, comparado con 920 durante el ciclo electoral del 2016– ahora están explorando la posibilidad de participar en campañas electorales para puestos locales, estatales y federales.

Varios jugadores de Águilas de Filadelfia, los campeones del Supertazón, no sólo indicaron que no aceptarán la tradicional invitación a la Casa Blanca, sino que están participando dentro y fuera de la cancha en promover la oposición a las políticas de intolerancia y racistas promovidas por este gobierno. Chris Long, jugador blanco quien fue uno de los primeros en abrazar públicamente a sus colegas negros que levantaron el puño o se hincaron durante el himno nacional antes de partidos como parte de las protestas contra la violencia oficial contra minorías, donó su ingreso completo de esta última temporada a caridades y becas para estudiantes en Charlottesville, ciudad donde Trump justificó la marca de neonazi e integrante del Ku Klux Klan.

En otro ámbito, cientos de activistas dreamers –los jóvenes indocumentados que ingresaron al país cuando eran menores de edad– no sólo reprobaron a los legisladores por no lograr un acuerdo para protegerlos de la deportación la semana pasada, sino que advirtieron que intensificarán su confrontación con los políticos que los “traicionaron”. Karina Ruiz, de la Coalición Dream de Arizona, advirtió: “haremos que estos legisladores rindan cuentas” y “seguiremos tomando sus oficinas” en protesta. Kica Matos, otra activista, declaró: “estamos furiosos y nuestro movimiento se asegurará de que ellos (los legisladores) sientan nuestro dolor”. Greisa Martinez, de United We Dream, concluyó: “no tenemos la opción de rendirnos”.

Por otro lado, dos periodistas que fueron clave en el escándalo que logró tumbar a un presidente en este país, Bob Woodward y Carl Bernstein, escribieron esta semana: “estamos aquí de nuevo. Un presidente poderoso y determinado se está enfrentando contra un investigador independiente operando dentro del Departamento de Justicia”. Explican que Trump repetidamente habla de despedir al fiscal independiente Robert Mueller y que la investigación es “una cacería de brujas. Nosotros cubrimos esa misma confrontación siniestramente parecida a la de hoy para el Washington Post hace 45 años”, y recuerdan que cuando Richard Nixon ordenó el despido del fiscal independiente, “las consecuencias fueron terminales”. Concluyen que “la historia Trump-Mueller aún está por escribirse”.

Pero ese episodio de Watergate, junto con el capítulo anterior capturado en la película The Post, que gira en torno a la publicación de los Papeles del Pentágono, producida justo para aparecer en esta coyuntura de la era Trump, muestran tanto la necesidad de periodistas que se atreven a enfrentar al poder en nombre del “público”, como filtradores oficiales preocupados por el daño que políticos poderosos, incluyendo presidentes, pueden hacer a las “instituciones democráticas”(Garganta profunda, la fuente clave para Woodward y Bernstein era el subdirector de la FBI) o que deciden que la única opción moral al enterarse de delitos y hasta de crímenes de lesa humanidad en sus puestos oficiales es dar a conocer la verdad, como el caso de Daniel Ellsberg, quien filtró los Papeles del Pentágono.

Pantera Negra, película que ha generado gran expectación al ser elogiada casi de manera unánime por los críticos, se centra en la historia del superhéroe negro creado por Stan Lee para los Comics Marvel en 1966, y sobre su país Wakanda –un edén africano futurista– que nunca ha sido conquistado. La película, girando sobre este mundo mítico, aborda de manera sofisticada el tema de raza y de género, y con ello, según el New York Times “explora las preocupaciones humanas más amplias sobre el pasado, el presente y los usos y abusos del poder… Su énfasis sobre la imaginación, creación y liberación negra, la película se vuelve un emblema de un pasado que fue negado y un futuro que se siente muy presente”. Con ello, en esta coyuntura donde el racismo, sexismo y la negación del futuro, la película no sólo es un éxito del mundo del espectáculo, sino una respuesta a la era trumpista. “La revolución será en vivo”, declara el corto (https://www.youtube.com/watch?time_continue= 121&v=xjDjIWPwcPU) la ruta sonora fue curada por Kendrick Lamar, tal vez el artista de hip-hop más innovador y comprometido de estos tiempos (una de sus rolas se convirtió en uno de los himnos del movimiento Black Lives Matter) e incluye una canción suya que canta con SZA (https://www.youtube.com/watch?time_continue= 4&v=GfCqMv—ncA).

Estas son sólo algunas de las expresiones de disidencia, ira y hasta rebelión que, todos los días, desde esquinas muy locales a escenarios nacionales, rescatan un poquito a este país. El futuro depende de ellas.
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2018/02/12/opinion/027o1mun

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