La “centuria de oro” del capitalismo en EEUU y su declive. Reseña

Gustavo Buster

Robert J. Gordon

Princeton University Press, 2016

Pocos historiadores económicos tienen actualmente el prestigio de Robert J. Gordon, profesor de Ciencias Sociales de la Northweastern University. Un prestigio fundamentado sobre todo en dos artículos publicados en el 2000: “Interpreting the ‘Big One Wave’ in the US Long-Term Productivity Growth” y “Does the ‘New Economy’ Measure Up to the Great Inventions of the Past?”. Estos y otros muchos artículos fueron recogidos en 2004, en el volumen Productivity Growth, Inflation, and Unemployment and Macroeconomics: The Collected Essays of Robert J. Gordon (Cambridge University Press). El libro publicado en 2016 y que es objeto de esta reseña es una re-elaboración de las tesis de los dos artículos del 2000, en un fresco de casi siglo y medio de la historia económica de Estados Unidos.

En la introducción Gordon remonta su interés a los temas tratados, los impulsores técnológicos y sociales del excepcional crecimiento de la productividad de la economía capitalista de Estados Unidos y su posterior declive, a su colaboración en un trabajo de campo estadístico en el verano de 1965, bajo la influencia de John Kendrick y su libro Productivity Trends in the United States (1961). El trabajo en cuestión consistía en un estudio histórico de como las grandes empresas transfieren a sus clientes, vía aumento de los precios de sus productos, el impuesto de sociedades. Comparando estadísticas de precios y beneficios de los años 1920 y 1950, la conclusión del estudio fue que no se había producido una transferencia lineal, como se suponía, por el salto en la relación entre ventas y capital invertido entre los años 20 y 50. Ese salto en el crecimiento de la productividad se convertiría en el tema de su tesis doctoral y de una larga carrera académica, del que este libro es el mejor exponente.

La metodología de Gordon es un ejemplo de la mejor economía política. A partir de un uso exhaustivo y crítico de las estadísticas existentes desde 1870, Gordon va añadiendo a ese esqueleto el tejido histórico y las redes nerviosas de las decisiones políticas de las distintas administraciones. Las cifras, los índices y las tasas van cobrando vida en el relato de la evolución cotidiana de los seres humanos, en toda su variedad, de las instituciones económicas y sociales y la gestión del estado. Este cúmulo impresionante de erudición e investigación enciclopédica se acaba concretando en descripciones de la evolución del trabajo doméstico, las posibilidades alimenticias en el campo y la ciudad de las distintas clases sociales y el efecto en ellas de la evolución del comercio minorista o al por mayor, las consecuencias para la salud pública de la retirada de la tracción animal de las ciudades, sustituida por el transporte motorizado…En fin, una lista casi infinita sobre todos los aspectos de la vida social en el campo y las ciudades de EE UU.

Para Gordon, los cien años que transcurrieron de 1870 a 1970 constituyen un período único e irrepetible de la historia de la humanidad, porque “muchos de sus logros solo pueden ocurrir una vez”. A lo que hay que sumar la excepcionalidad histórica de EE UU, que se convirtió en ese período en el motor principal del capitalismo global, con una productividad que doblaba a la de Europa o Japón.

El libro está construido a partir de tres grandes tesis:

1-Algunas invenciones son más importantes que otras y la “centuria de oro” fue posible por un conjunto de invenciones simbióticas a finales del siglo XIX, que Gordon llama las “grandes invenciones”, y que corresponden con la segunda gran revolución científico-técnica.

2-Después de 1970, el crecimiento de la productividad y, en general, de la economía ha sido, cuanto menos frustrante. Los avances que han tenido lugar han sido canalizados a un sector relativamente pequeño de la actividad humana como son la información, las comunicaciones y la recogida y tratamiento de datos. Pero el progreso científico-técnico se ha ralentizado en las demás esferas de la actividad humana. La productividad total de los factores (TFP) solo ha sido un tercio de la del período 1920-1970. La tercera gran revolución científico-técnica no ha cumplido -por lo menos aún- el mismo papel de impulsión y transformación económica revolucionaria de su antecedente.

3-La principal causa del freno del progreso y la mejora de la calidad de vida a partir de 1970 ha sido el crecimiento exponencial de la desigualdad, que ha canalizado hacia los estratos más ricos de la población los beneficios del aumento de la productividad. En el caso de EE UU ello se concreta de forma escandalosa en la falta de un sistema de sanidad público y universal, en comparación con el resto de los países capitalistas desarrollados. EE UU tiene el sistema sanitario más caro y la esperanza media de vida más baja.

Y un cuestionamiento metodológico.

El nivel de vida se suele medir a partir del PNB per capita. Pero el PNB contabiliza los bienes y servicios que se intercambian en el mercado y no incluye aquellas actividades cuyo valor queda fuera del mercado, entre otras todas las relativas a la reproducción de la fuerza de trabajo en la “centuria de oro”. Además, el ajuste de los precios históricos a una tasa de inflación constante sobreestima el aumento de los precios. Gordon utiliza, por tanto el concepto de reparto de tiempos de Gary Becker, en el que la funcionalidad productiva de los bienes y servicios de mercado se combina con el aumento marginal de tiempo que proporcionan dedicado a la producción doméstica y el ocio. Y un tercer elemento: la disminución en el bienestar familiar provocado por el trabajo asalariado realizado fuera del hogar necesario para la obtención de dinero para la compra de bienes y servicios en el mercado. Por poner un ejemplo, la introducción de la lavadora-secadora hizo que el tiempo dedicado a las tareas domésticas fuera más corto y más valioso, mientras que el número de horas de trabajo asalariado necesarias para la obtención del dinero necesario para su adquisición ha disminuido sustancialmente.

La distinción entre el progreso incentivado por las innovaciones tecnológicas y el impulsado por el aumento de ingresos es también matizado por el llamado paradigma de la “enfermedad de Baumol”: el precio de los productos de las industrias de innovación intensiva -por ejemplo los ordenadores- tiende a caer con el tiempo, mientras que el de las actividades que no incluyen innovaciones -como una parte importante de los servicios, la artesanía, o la interpretación musical- suelen aumentar su precio con el tiempo, lo que convierte este fenómeno en un multiplicador secundario de la desigualdad.

Con ello, Gordon introduce dos elementos esenciales en la explicación del aumento de la productividad en la “centuria de oro”: la disminución de las horas de trabajo que, como Edward Denison demostró, aumentaron la productividad al disminuir el cansancio físico y permitir una mayor complejidad de las tareas realizadas, y el aumento de los salarios gracias a la actividad sindical, lo que creó un estímulo esencial para la inversión productiva en innovaciones y tecnología.

De hecho algunas de las afirmaciones más chocantes de Gordon en este periodo de hegemonía neoliberal tienen que ver con ello. Gordon atribuye a la tensión social creada por la Gran Depresión de los años 30 el giro político a la izquierda que permitió el New Deal y la Wagner Act, que fueron el punto de partida de la sindicalización en los EE UU y el aumento de los salarios. Mientras que la II Guerra Mundial, con la regulación draconiana del sector privado, la planificación productiva y la inversión masiva del estado en maquinaria productiva (un 50% más de activos fijos que en 1941) e infraestructura permitió un aumento sin precedentes de la productividad que afecto a todos los sectores de la economía.

Dos terceras parte del libro están dedicadas al análisis histórico detallado de la revolución económica de la “centuria de oro”. Pero la parte tercera vuelve a retomar en tres capítulos el balance de sus tres tesis en relación con los hechos empíricos historiados. Quizás el más importante es el capítulo 16 en el que desarrolla una teoría de las causas del crecimiento de la productividad de 1920 a 1950, lo que llama “el gran salto adelante”: un crecimiento del 99% de la productividad en comparación con un crecimiento tendencial del 52% de haber continuado el ritmo de 1870-1928.

En realidad, Gordon precisa, lejos de una evolución continua, ese período comprende la Gran Depresión, con el colapso de la productividad, horas trabajadas y producción de 1929 a 1933, una recuperación parcial y limitada de 1933-1937, una severa recesión en 1938, hasta el auge que supuso la economía de guerra en EEUU, que dobló el PNB de 1939 en 1944, en solo cinco años, fuera de los mecanismos habituales de la economía capitalista. Cuando las inversiones públicas del esfuerzo de guerra se retiraron paulatinamente entre 1945 y 1947, la economía de EEUU, para la sorpresa de muchos economistas, no solo no se hundió en una nueva depresión sino que extendió esa onda larga ascendente a la economía global hasta la recesión de 1968-1972.

La producción per capita se redujo del 39% al 14% por encima de la tendencia entre 1944 y 1950; el número de horas de +18% a -13%; los salarios reales aumentaron del 19.5% al 26.2%. Como consecuencia, los salarios reales crecieron entre 1950 y 1973 por encima de la productividad y la participación del trabajo asalariado en la renta nacional creció. Todos estos fenómenos cambiaron sustancialmente en las tres décadas posteriores como resultado de las políticas neoliberales.

Gordon vuelve a reiterar las tres causas de este crecimiento sin precedentes de la productividad, sobre la base de los desarrollos tecnológicos acumulados desde finales del siglo XIX hasta los años 30 del siglo XX: la subida de salarios, que fue un acicate decisivo de la inversión productiva; la presión de la economía de guerra para aumentar la producción sin límites de realización en el mercado; y el aumento del capital fijo mediante el gasto público y el cambio de las relaciones de producción en el conjunto de la economía.

El libro termina con dos epílogos, escritos en 2016 y 2017, de claro pesimismo. La economía de EEUU se encuentra con cuatro vientos de frente, que la frenan: la creciente desigualdad, como consecuencia de la caída de los salarios; la reducción del ritmo de acceso a la educación, que reduce el crecimiento de la productividad; la caída del número de horas trabajadas por persona, como consecuencia de la jubilación de la generación del baby-boom; y el aumento de la población jubilada en relación con la activa.

A pesar de ello, la economía de EEUU sigue manteniendo la primacía de la investigación y el desarrollo, en términos del PNB, tiene la mejor educación universitaria y la población envejece a ritmos inferiores que Europa y Japón, gracias a una mayor fertilidad y una continua inmigración del resto del mundo. Gordon reconoce que existe poco margen para alentar la inversión productiva, porque el crédito barato y las altas ganancias no se traducen en mayor inversión privada (aunque no señala que la causa es la caída de la rentabilidad, la explicación marxista). Recomienda, por lo tanto una serie de políticas económicas que corresponden a un programa post-keynesiano progresista:

1-La lucha contra la desigualdad, mediante un sistema fiscal progresivo, que igualen, por ejemplo, las tasas de los tramos del impuesto de sociedades con los del IRPF (de manera que Warren Buffett no pague con una tasa inferior que su secretaria); un aumento sustancial del salario mínimo; subvenciones fiscales para las familias para alentar la natividad y la educación de la nueva generación; una reforma del sistema judicial y penal que reduzca la actual tasa de encarcelación en EEUU, diez veces superior a la de Europa y la legalización y fiscalización de las drogas; un impuesto ecológico sobre las emisiones de carbono

2-Un apoyo sustancial al sistema educativo, empezando por la educación preescolar -que se ha demostrado el sistema más eficaz para luchar contra el fracaso escolar-, y una reforma completa del sistema de financiación individual de la educación universitaria, que permita reducir el peso de la deuda privada acumulada (1.2 billones de dólares en 2015), mediante un sistema de créditos público pagable a través del sistema fiscal, de acuerdo con los ingresos.

3-La desregulación de los mecanismos que aseguran “rentas especiales”, tanto en el acceso profesional, como en el sector inmobiliario y agrícola, y especialmente en los monopolios surgidos del sistema de patentes.

4-Una reforma de las leyes inmigratorias, que favorezca tanto el rejuvenecimiento de la población como el nivel de formación medio. Canadá tiene un índice anual del 0.8%, mientras que el de EEUU es del 0.3%.

Con todo, el pesimismo de Gordon se fundamenta en las mismas estadísticas que tan bien conoce. La media del crecimiento anual de la productividad entre 1920 y 1970 fue del 2,8%; entre 1970 y 2006, se redujo al 0,9%; y se desplomó al 0,2% entre 2009 y 2016. Esta es, subraya, la mejor prueba del alcance limitado del efecto impulsor de la revolución científico-técnica de las tecnologías de la información. Sin embargo, añade, más aún que la desaceleración de la productividad, el crecimiento del PNB se ha visto afectado por la reducción del número de horas trabajadas, tanto por la reducción del crecimiento de la población en EE UU como de la participación de las mujeres en la población activa asalariada.

Gordon carece de una explicación más general que la aportada. La falta de una lógica general, como la que proporciona la teoría marxista con la evolución de la tasa de ganancias, hace que al final los análisis históricos se queden limitados a las evoluciones estadísticas, sin establecer relaciones causales convincentes entre las distintas fases señaladas de la “centuria de oro” del capitalismo en EE UU. Gordon no tiene una teoría de las ondas largas ni de los ciclos del capitalismo, a pesar de aportar un minucioso análisis de las causas impulsoras del crecimiento excepcional de la productividad entre 1920 y 1950, en el marco de los cien años que van de 1870 a 1970. Pero aporta un tratamiento erudito, enciclopédico y crítico de la masa de datos imprescindibles para ese proyecto de investigación, reabierto en los años 80 por Ernest Mandel, y en el que han trabajado economistas de la talla de Anwar Shaikh, Francisco Louça o, más recientemente Michael Roberts.

Gustavo Buster
miembro del comité de redacción de Sin Permiso.
Fuente:
www.sinpermiso.info

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