Haciendo un inventario

Jairo Alarcón

Es natural que lloremos, que riamos, que esperemos y construyamos en la vida.

Los años que finalizan, brindan la oportunidad de hacer un balance de lo que nos han dejado, un recuento de lo que hicimos y dejamos por hacer, satisfacciones e insatisfacciones que tuvimos. Por breves instantes nos sumergimos en el pasado y los momentos nostálgicos vuelven con imágenes frescas de los seres que extrañamos, y sin duda, los momentos que con ellos compartimos y mucho más.

La memoria de los seres que ya no están, de los que nos quedan tan solo recuerdos, viven en nuestra mente retenidos por nuestra memoria. Recuerdos que inevitablemente provocan instantes de nostalgia y tristeza. Racionalizar la partida de los que se han ido, de nada nos sirve, ya que, aunque aceptemos que la muerte es la única certeza que tenemos los vivos, que hemos de morir y han de partir para siempre los seres que amamos, su lacerante ausencia mueve por momentos nuestro sentimiento al dolor repetitivamente hasta el fin de nuestros días.

Madres, padres, hermanos, abuelos, amigos, mascotas que ya no están con nosotros y, que con su ausencia constituyen parte esencial del inevitable inventario que realizamos cada año, que recuenta lo bueno, pero también lo malo que nos ha sucedido. El reloj de nuestras vidas funciona así, moviéndose entre el pasado y el presente mirando al futuro. Arrastramos las historias acumuladas en nuestras vidas, de ahí que somos lo que la experiencia existencial nos ha forjado.

Los seres humanos son seres históricos, que durante su existencia acumulan experiencias, en las que se mezclan conocimientos, sentimientos y emociones. Volver la vista atrás, adentrarse en el pasado es característica singular de esta peculiar criatura que requiere de su pasado para existir, que es producto de este y vuelve atrás para reír, llorar, pensar y vivir.

No obstante, la vida continúa y por una persona que fallece en el mundo nacen muchas más vidas irrepetibles e insustituibles para cada uno de nosotros, con las que hemos compartido apetencias, gustos y querencias. Nuevas vidas nos relevarán y con nuestra muerte nos recordarán, al igual que lo hemos hecho nosotros antes de ellos con los que ya partieron. El balance del viejo año que se ha ido y el nuevo que inicia, nos da la pauta para apreciar con mayor valor e intensidad la vida que tenemos, disfrutarla a cada instante y enfrentar con hidalguía las adversidades que se nos presenten, superando las aflicciones, los temores y los miedos. Es natural que lloremos, que riamos, que esperemos y construyamos en la vida, todo es parte del recorrido existencial de cada individuo; pero, sobre todo, lo es que gocemos y seamos felices la mayor parte del tiempo posible, sin entorpecer el
bienestar de los demás. Se inicia un nuevo año con proyectos por realizar, metas por cumplir, deseos e inquietudes que nos permiten seguir vivos.

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