El país que ya no existe

Mario Roberto Morales

Charles Bukowski dice que la “La diferencia entre una democracia y una dictadura consiste en que en la democracia puedes votar antes de obedecer las órdenes”. Y Ambrose Bierce, mucho antes que él, había afirmado que, en una democracia, “El elector goza del sagrado privilegio de votar por un candidato que eligieron otros”. De donde se sigue que votar, en una democracia, es un acto vacío y no vinculante respecto de las decisiones de poder que toman las élites que dirigen y administran el Estado. Lo cual nos lleva a preguntarnos ¿qué sentido tienen entonces las elecciones en una democracia? Y esta pregunta nos lleva a otras dos, más generales y más importantes: ¿qué es al fin y al cabo la política y para qué sirve?

“La política –dice Edmond Thiaudière– es el arte de disfrazar de interés general el interés particular”. Una idea que comparte con Ambrose Bierce, quien la plantea así: “La política es la conducción de los asuntos públicos para el provecho de los particulares”.

Si es que estas definiciones responden a las dos preguntas anteriores, cabe seguir inquiriendo acerca de qué son entonces los políticos. Con pragmática flema, Winston Churchill opina que “Un buen político es aquel que, tras haber sido comprado, sigue siendo comprable”. Es decir que, una vez puesto al servicio del interés particular en un puesto público, el buen político puede cambiar de amo sin necesidad de cambiar de puesto. Una idea que es corroborada nada menos que por el célebre magnate estadounidense del periodismo de principios del siglo XX –e inspirador del El ciudadano Kane, de Orson Welles–, William Randolph Hearst, quien afirmó que “Un político hará cualquier cosa por conservar su puesto. Incluso se convertirá en un patriota”. Lo cual ya es mucho decir en cualquier país, bajo cualquier régimen de poder y en cualquier circunstancia. Quizá por eso fue que Nikita Kruschev llegó a afirmar que “Los políticos son iguales en todas partes. Prometen construir un puente incluso donde no hay río”. Asunto que expresa sin duda el hecho de que el quehacer de estos personajes es más histriónico que práctico, y que ese histrionismo está al servicio propagandístico de los ya mentados intereses particulares.

La democracia y la política constituyen, pues, según los cultores de arriba, un formidable espejismo en el que todos sucumbimos ante la necesidad de que alguien ponga orden en nuestras vidas. Por eso hacemos disciplinada fila para votar y votamos con el entusiasmo de los niños ante los regalos de Navidad, ilusionados con que bajo el papel de colores y con que después de las votaciones hallaremos algo nuevo y distinto de lo que ya tenemos. Esta ilusión, empero, contrasta con la aludida realidad de la política y la democracia, las cuales, según los entendidos citados, son sólo un simulacro detrás del cual yace la mano dura de un poder que se ejerce para la mantención y expansión de intereses particulares disfrazados de intereses públicos.

Pero uno insiste y divaga: ¿cómo saber si un país está bien o mal gobernado, aun aceptando que todo gobierno no es sino la expresión de relaciones particulares de poder? Confucio dejó dicho que “En un país bien gobernado debe inspirar vergüenza la pobreza. En un país mal gobernado debe inspirar vergüenza la riqueza”. ¿Avergüenza a alguien la riqueza –o la pobreza– en Guatemala? Si la respuesta es no, tranquilicémonos. Porque no hay nada que hacer. El país ya no existe.

www.mariorobertomorales.info

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