México: El argumento progre de que el libre mercado acaba con la violencia

Por Javier Hernández Alpizar

El capitalismo y el libre comercio generan la violencia, no la sustituyen ni acaban con ella: son su causa, su origen y su alimento

Apoyar la legalización de las drogas es una consigna y demanda progre muy popular: el argumento es que una vez legalizadas, la violencia desaparecerá e incluso que disminuirá el consumo que alienta la prohibición: el análogo es la prohibición del alcohol en los Estados Unidos, la cual generó una guerra inútil y que todo eso acabó con la legalización del alcohol.

Los propugnadores de este argumento son liberales como Milton Friedman entre el público de habla inglesa o Antonio Escohotado y Fernando Savater entre el público de habla hispana.

El supuesto que sostiene el argumento es el liberalismo económico: Fernando Savater llega a decir que el comercio sustituye a la guerra,

El único problema es que el supuesto en que descansa es falso: el libre comercio no es como lo pintan. No hay ninguna mano invisible que alquímicamente trueque el egoísmo individualista en bien social, el egoísmo no se transforma en bien de todos, sino en capitalismo salvaje, neoliberalismo, despiadada estampida donde los poderosos aplastan a todos los demás.

El narcotráfico no es ilegal porque los mochos lo quieran así: el narcotráfico es un negocio capitalista químicamente puro (una dosis de puro capitalismo) y si es ilegal es porque así es mejor negocio. El alcohol y el tabaco son legales porque así son buenos negocios y son funcionales a la superexplotación. Además, el narcotráfico es apenas el lado filantrópico, el alcahuete de la pachequez ajena, porque la verdadera cara del capitalismo sin bozal del crimen organizado es su negocio con los seres humanos como mercancías.

El argumento de que cada quien su vida y que se meta la sustancia que quiera no llega al fondo de la olla: el fondo de la olla es que el capitalismo no puede existir sin violencia. Por eso aunque Milton Friedman y Friedrich August von Hayek decían que neoliberalismo y democracia iban de la mano, los primeros países en ponerlo en práctica no fueron democráticos sino la dictadura de Augusto Pinochet y las demás dictaduras militares en el Cono Sur, antes que Margaret Tatcher y Ronald Reagan.

La violencia no es originada por la ilegalidad de un próspero negocio: la violencia se origina porque los prósperos negocios se basan no solamente en la explotación, que es ya una violencia estructural y sistémica, sino en el despojo, la represión (disciplinamiento de la mano de obra explotada) y el colonialismo racista, patriarcal.

Por esa razón el libre comercio no sustituye a la violencia y la guerra sino que la acompaña, la sigue o la precede, son dos instrumentos del mismo proceso de colonización y dominio capitalista. Las estrategias de campañas mercantiles y publicitarias están inspiradas en los manuales de campañas militares y usan su lenguaje.

No es casual que cuando Carlos Salinas de Gortari gobernaba llegara a México un embajador de los Estados Unidos que venía de operar en Medio Oriente y Centroamérica la guerra: John Dimitri Negroponte. Para México, la guerra comenzaba con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. El libre comercio es la continuación de la guerra por otros medios y viceversa: la guerra es una prolongación y arma del libre comercio. La consecuencia del libre comercio fue la total subordinación de México a Estados Unidos, ahora incluso militar, como se proponen desde la Iniciativa Mérida o hoy con la Ley de Seguridad Interna.

Más de dos décadas después, México ha firmado 43 tratados de libre comercio con diversas naciones del mundo y el libre comercio no ha traído a México ninguna prosperidad sino mayor pobreza, destrucción del campo, destrucción de una incipiente economía propia y una acrecentada dependencia: sin las importaciones de casi todo lo que consumismos no podríamos comer y nuestro papel en la división internacional del trabajo es la mano de obra más barata del mundo, o casi. Y no sólo en México, sino migrante en Estados Unidos bajo riesgo propio.

Pero lo que más trajo al México el libre comercio fue la violencia, la guerra contra todo el México de abajo, contra toda resistencia, sobre todo si es defensa territorial.

En México hubo, durante tres años y casi sin cobertura de la prensa, un capítulo del Tribunal Permanente de los Pueblos que juzgó al Estado mexicano por la violencia brutal de los sexenios de Calderón y Peña Nieto y el tema central era el libre comercio como generador de esa guerra sucia contra el pueblo mexicano. Antes habían hecho el mismo proceso en Colombia, allá el tema del Tribunal Permanente de los Pueblos no fue el narcotráfico sino el libre comercio, de hecho el capítulo México se inspiró en la experiencia colombiana.

Muchos negocios perfectamente legales como eólicas, presas y represas, minas, fracking, son sumamente violentos: ¿los legalizamos para quitarles lo violentos? No podemos, porque ya son legales, comparados con las empresas mineras canadienses, estadunidenses o mexicanas, los narcotraficantes son meros aprendices y criminales naif.

Y esto no es nuevo, fueron violentísimos y criminales: la industria de la lana en el nacimiento y acumulación originaria en el Reino Unido, así como fueron violentos los sistemas esclavistas coloniales para producir algodón, henequén, café, tabaco y caña de azúcar, como son violentísimos los procesos extractivistas de todo tipo de metales incluso hoy.

El capitalismo y el libre comercio generan la violencia, no la sustituyen ni acaban con ella: son su causa, su origen y su alimento, porque esa violencia es una de las fuentes de la riqueza capitalista.

La ilusión de que la legalización de las drogas es el fin de la violencia nace del deseo de que la violencia acabe (un deseo legítimo y de consenso, o al menos mayoritario), sumado a la sencillez de los argumentos liberales, simpleza reforzada por la hegemonía del pensamiento neoliberal, compartido por todos los partidos políticos con registro, aunque tengan pequeñas diferencias en detalles sin importancia, en este aspecto, son todos liberales.

La ilusión de que la paz es posible de alcanzar con solo un decreto y el voluntarismo de un presidente progre nace de otra ilusión: la de que el capitalismo no necesita cambiarse, que basta con limar sus asperezas. Esa ilusión hace creer que se puede contrarrestar a Donald Trump recibiendo a más mineras canadienses (peor de criminales que el narco) o que el solo hecho de legalizar las drogas y amnistiar a los capos traerá la paz.

Esa clase de ilusiones nacen todas del mismo modo de pensar: ¿cómo podemos mejorar a México dejando intacto el capitalismo? Entonces se suponen demonios exorcizables sin los cuales el capitalismo sería pacífico y próspero: acabar con la corrupción (por una especie de conversión lograda por el buen ejemplo de un presidente), neutralizar a la “mafia del poder” (es decir, a los compadres que no sean compadres y asesores del candidato honesto) o amnistiar a los capos.

El problema es que la raíz de la violencia es el capitalismo: la violencia es su íntima y más propia dinámica. Es como querer exorcizar la lucha de clases y pensar en un mundo neoliberal con ciertos apoyos para la tercera edad y santa paz.

El fondo del asunto es tan simplificador, tan falaz, que por un lado sorprende que sea apoyado por intelectuales presuntamente de izquierda. Sin embargo, no sorprende que lo apoyen gente de derechas como Alfonso Romo y Esteban Moctezuma: es justo su ideología favorita, como la del ex presidente colombiano Álvaro Uribe.

Tampoco sorprende que tenga éxito en las encuestas: su mayor apoyo es la total impresentabilidad electoral de la derecha. Es sintomático que el PRI necesite a un no priista para tratar de aparecer como nuevo.

Por supuesto, digamos claramente que analizar los huecos, la vacuidad, de la propuesta de Morena no implica apoyar a los candidatos de la derecha, incluso parte de la oquedad señalada en este caso es heredada o tomada de las propuestas de la derecha.

Por cierto, algunos acuciosos lectores de periódicos ya notaron que algunas de las propuestas hoy asumidas por el candidato de Morena, las presentó Fox en su momento: También Vicente Fox abogó por la legalización de las drogas. El argumento liberal friedmaniano lo puede entender perfectamente porque casa justo con su ideología, la misma que tiene Alfonso Romo quien, casualmente, apoyó a Fox, y antes lavó dinero de Pinochet.

Incluso con las mejores intenciones, el planteamiento se cae cuando salimos del estrecho marco neoliberal y lo apreciamos en el marco del capitalismo.

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